Bondades de la ciencia

Diario 16 - Opinión - 2001

Ciertas cosas se aprenden despacio o muy despacio, y entre ellas está para los varones el arte de la fornicación. Debutamos con el pie forzado de quienes nos iniciaron —desde las amables y experimentadas a las desagradables y torpes—, y poco a poco vamos procesando la información que nos llega con las enviadas por el destino. Generalmente provistas en mayor medida que nosotros de ciencia infusa, ellas nos enseñan a demorar la sensación y medir los ritmos de movimiento, a abrir mucho los ojos en unas ocasiones tanto como a cerrarlos plácidamente en otros, y —si la vida no nos ha sido demasiado hostil— hacia los cincuenta podemos considerarnos experimentados, capaces de chapotear en las sagradas aguas de Afrodita y Eros.

            Sin embargo, a los enemigos tradicionales del hombre de conocimiento, que son el miedo y la arrogancia derivada de haberlo vencido, se añade pronto o tarde un enemigo tan invencible como la senectud. Cuando al fin somos capaces de fornicar a gusto empieza un desfase creciente entre intención y realización, propósito y prosaicos medios, que profundiza el hoyo de amargura abierto ya por otros achaques de la edad. Así ha sido durante tiempo inmemorial, y así tendería a seguir siéndolo, si no fuese porque la ciencia vino en nuestro socorro recientemente, cuando la religión dejó de imponer su grito en el cielo. Primero fueron medios feroces como inyecciones de algo en la base del falo, que sólo tenían sentido para impotentes radicales. Poco más tarde los laboratorios Pfizer hicieron un hallazgo genial: cierta enzima provoca una dilatación de los vasos arteriales simultánea a una contracción de los vasos venosos, permitiendo que la sangre llegue en mayor cantidad y permanezca durante más tiempo en el veleidoso apéndice.

            ¡Eureka! De un plumazo se resolvieron enigmas antes ventilados, y casi siempre con escasa fortuna, en divanes de psicoanalistas o consultas de sexólogos. Gran parte de los varones, incluyendo algunos jóvenes y simplemente maduros, no tenían más «problema» que simultanear vasoconstricción y vasodilatación. El espíritu reencontraba así su natural acomodo en la carne, unidos consustancialmente lo físico y lo psíquico. El lema de Pfizer podría ser: desee usted con franqueza a otro, y viagra hará el resto. Para redondear su logro, parece que esa combinación de más sangre arterial afluyendo y menos sangre venosa saliendo no sólo afecta al apéndice masculino, sino al más escondido e hipersensible apéndice femenino, completando así a dos bandas el círculo de las dichas. Y como los hallazgos se aceleran los unos a los otros, dicen que ya están inventados nuevos caminos para producir efectos análogos, esta vez operando sobre serotonina y neurotransmisores análogos.

            El inquisidor y el ignorante alegan que estas bienaventuranzas son fruto de artificiales drogas, recurriendo al producto de Pfizer con un sigilo bien distinto del abierto recurso a tónicos o sedantes cardiacos, por ejemplo, aunque el corazón y el falo sean músculos muy parecidos, y todo viviente constituya un prodigioso laboratorio. No se han dado cuenta, quizá, de que nada embellece tanto a los grupos humanos como fornicar satisfactoriamente, y que allí donde ese comercio se persigue –como en zonas presididas por el islam— el porcentaje de tiendas dedicadas a paliar diferentes manifestaciones de la fealdad (muscular, cutánea, del aliento, etc.) duplica o triplica el de zonas bendecidas por lo contrario. De hecho, no parecen conscientes de que descubrir verdaderos afrodisiacos —en vez de camelos o venenos como la yohimbina o el polvo de cantáridas— es la única cura eficaz para masoquistas y sádicos, que anticipan una insensibilidad propia o ajena, y sortean ese obstáculo pidiendo ser heridos o hiriendo. Habilítense fármacos capaces de inducir lujuria a esos individuos, y dejarán de agredir o agredirse para conseguir un sucedáneo de la excitación, o un miserable puente para rozarla.

            De hecho, la química ha empezado a sintetizar psicofármacos que se aproximan a ese ideal, como la 4-acetoxi-DIPT o una fenetilamina conocida como 2C-B, algunos ya incursos en la prohibición y otros todavía lícitos. El segundo de ellos suscita, por ejemplo, una extraordinaria sensibilidad de la piel, que invita a la caricia y desarrolla con ella una rica variedad de fantasías y sensaciones locales. El primero es más bien un potenciador genital específico, que produce coitos inusualmente satisfactorios. A diferencia de la viagra, que no suscita «viaje», los afrodisiacos propiamente dichos no cumplirán lo prometido por su nombre sin cambiar de un modo u otro el estado de ánimo sombrío, y eso les sitúa en el punto de mira del inquisidor farmacológico. El alcohol, por ejemplo, puede considerarse un afrodisíaco para las mujeres (y de ahí que tantas culturas se lo hayan prohibido precisamente a ellas), mientras en los varones sólo induce en altas dosis actitudes desinhibidas, a las que acompaña un grado más o menos agudo de impotencia.

            Tras milenios de oscurantismo, hipocresía y guerra santa contra fornicarios y onanistas, es una gloriosa novedad que la situación haya cambiado tan profundamente. Lo que antes se consideraba no sólo pecado sino patología y crimen irrumpe sin recato en todas partes, haciendo que los anuncios más inocentes rivalicen con aquello excluido por obsceno en un cabaret hace treinta años. El género X —al fin y al cabo, una modalidad de documental gráfico o cinematográfico— es hoy el de más rápido crecimiento, y si las cosas siguen así podría desbancar en el favor público a las truculentas fascistadas llamadas género «de acción». Entre otras cosas, eso ganamos con el tránsito de sociedades clerical/militares a sociedades resueltamente comerciales, donde se interfiere lo menos posible en el hallazgo personal de nuevos fines y nuevos medios.

Pero lo único capaz de unirnos siempre a los humanos, sin perjuicio de las infinitas disparidades entre personas, grupos y culturas, es el laborioso ejercicio de investigación representado por la ciencia en general, que ya no debe humillarse ante la fe como un esclavo ante su amo. Sin ir más lejos, el descubrimiento de la píldora anticonceptiva ha contribuido más a la emancipación femenina que ningún otro acto aislado o particular en todo el siglo, incluyendo las convenciones internacionales y el propio movimiento feminista. A ese hallazgo, que acontece a mediados de siglo, sigue a finales de siglo el de Pfizer y otros laboratorios, que contribuirá a mitigar la paradoja amatoria del senecto —la de no poder, o poder vacilantemente, cuando al fin aprendió a hacerlo bien— más que todos los llamamientos al ascetismo.

Liberados tanto hombres como mujeres de una sumisión a aspectos o consecuencias indeseables de la lujuria, y todo ello gracias a la prosaica química, bien puede ser que esa ciencia nos depare regalos aún más insólitos. Por lo demás, no es extraño que sus dones se derramen en esa vertiente concreta de la vida representada por el fornicio. Afrodita Pandemos («de todo el pueblo») es la patrona de burdeles o otros lugares de esparcimiento. Afrodita Urania («celeste») es sencillamente la patrona de la ciencia en cuanto tal. La irritable Atenea, siempre provista de yelmo, escudo y lanza, sólo apadrina a las artes y oficios. Pero es que sin amor al conocimiento no hay conocimiento, y cuando falta el conocimiento los amores —tanto terrenales como celestes— acaban estrechamente vigilados por algún verdugo.


Sentido común y sentido

Next Project

See More
error: Content is protected !!