Ciencia y cientismo

Claves de razón práctica - Marzo 2001

Defender un dogma más es lo último que quisiera hacer [...] La ciencia y la filosofía sólo me interesan porque desearía saber algo sobre el enigma del mundo en que vivimos, y sobre el enigma adicional del conocimiento humano relativo a este mundo. Según creo, sólo un renacer del interés por esos secretos puede salvar a las ciencias y a la filosofía de una especialización angosta y una fe necia en la destreza singular del especialista, apoyada sobre su personal conocimiento y autoridad.[1]

Desde hace bastante décadas, cuando Snow publicó su ensayo sobre las dos culturas, reina aparente acuerdo sobre la conveniencia de establecer un diálogo entre quienes usan métodos cuantitativos de predicción y quienes usan métodos cualitativos de descripción, cultivadores los unos de ciencias físico-matemáticas y los otros de ciencias humanas o, más humildemente, de «humanidades». Esta invocación al diálogo cobró renovados bríos al aparecer La nueva alianza, el libro de Prigogine y Stengers, que es a la vez una recuperación del aristotelismo y una panorámica sobre desarrollos recientes de las ciencias «duras,» algunos ligados a la termodinámica del desequilibrio que le valió a Prigogine el premio Nobel.

Por otra parte, una cosa es proponer diálogos multidisciplinares y otra ponerlos en marcha, como pudieron constatar de inmediato Prigogine y Stengers. Salvo error, ningún experto extrajo sugestiones útiles del esfuerzo que hicieron por relacionar campos separados, aunque la obra fuese bien acogida por el público general. Salvando las distancias siderales que separan mi pobre trabajo del de un genio como Prigogine, cierto esfuerzo análogo —centrado sobre mutaciones en el concepto de orden[2]— ha producido resultados análogos. Junto a numerosas reseñas de la prensa no especializada, prácticamente todas positivas, un filósofo profesional —mi gremio originario— publicó una críptica recensión[3]; dos sociólogos echaron de menos mucha más teoría sociológica, que citase precedentes nativos y foráneos del trabajo[4]; un caballero que desea mantener secreta su profesión se molestó mucho, hasta el punto de enviar 20 folios al jurado del Premio Espasa 1999, donde les reprochaba decantarse por una obra tildada de «bazofia» y «posmoderna;» un profesor de Bellas Artes se escandalizó por su irreverencia científica[5], un profesor de física fundamental en la Complutense me obsequió con dos extensas críticas[6], y un segundo profesor de física —esta vez de la UNED— acaba de publicar una reseña aún más extensa, pero no menos feroz[7], a la cual se añade una nueva crítica de quien ya consideraba el libro como bazofia[8]. Si se compara con la acogida del público —compuesto por periodistas, empresarios, ingenieros, peritos, arquitectos, juristas, informáticos, estudiantes, etc.—, la recepción del libro por parte de expertos, autonombrados o reconocidos, sugiere hasta qué punto es espinoso el diálogo entre las «dos culturas,» allí donde no procede mediante vaguedades melifluas.

No se me oculta tampoco que el ensayo en cuestión está colmado de imperfecciones y lagunas. Es estimulante que sus cien primeras páginas hayan provocado al menos otras tantas entre quienes las consideran un puro disparate, y tomo buena nota de esta nueva hornada de críticas para mejorar el texto en ulteriores ediciones, caso de haberlas. Mi gratitud sería ya total si no insistieran en tratarlo como una propedéutica fisicomatemática, y se atuviesen a los motivos expresos que me hicieron abordar tangencialmente asuntos como la física newtoniana o la cuántica. El texto entra en dichos campos para rastrear «metamorfosis en el concepto de teoría», y para sugerir una dinámica basada sobre la evolución de formas, en contraste con la mecánica tradicional de fuerzas; de ahí, por lo demás, el relieve conferido a la idea de «masa» —física, social, política— desde la primera página hasta la última. Un hallazgo físico-matemático concreto —el de los «atractores»— presenta la forma como factor dinámico, y eso justamente lleva a exportarlo hasta algunos fenómenos complejos o extra-matemáticos. En vez de debatir dicho contenido, que es filosofía de la historia (y —en los capítulos iniciales— filosofía de la historia científica), las reseñas antes mencionadas se obstinan en ver allí un tratado sobre física o matemáticas, donde el objetivo del autor es hacer gala de una erudición inexistente. La atribución de finalidades ocultas, sumada al desprecio por el contenido concreto de Caos y orden, basta sin duda para archivar una polémica que —a lo sumo— permitiría pulir invectivas[9]. Sin embargo, uno de los críticos más tenaces, el físico Fernández-Rañada, entiende en su última entrega sobre el tema que «esta discusión merece la pena, y es uno de los temas pendientes de la humanidad». Como coincido con él en dicha opinión, voy al asunto sin alusiones.

 

        1. Que la ciencia sea un mito.

 

Al parecer, se niega a la ciencia su valor y significado al decir que es «un mito». Esta pretensión, que pasa por «tesis central, latente y ubicua» del libro, se corresponde —si no estoy equivocado— con un solo pasaje (pág. 122), que reza así: 

Los mitos son formas singularmente densas [...] de ligar algo hasta entonces desligado, usadas por el espíritu de cada cultura para expresar certezas y actitudes. Lejos de ser el antimito, la ciencia es un mito grandioso, hermoso, digno de venerarse como norte supremo, donde se concentra una meta potencialmente común no ya a tales o cuales culturas, sino a nuestra especie, porque custodia un fuego que es luz interior a la vez que atención a la luz exterior, y llama a ser imparcial en el juicio.

Mítico puede ser sinónimo de pretensiones ficticias e infundadas, con el sentido inequívoco que quiso darle el positivismo. Pero el párrafo citado —que ahora, por cierto, me parece un tanto altisonante— menciona «formas [...] usadas por el espíritu de cada época para expresar certezas y actitudes», como depósitos impersonales de saber y verdad (Adán y Eva, por ejemplo, o Edipo), que al describir algo iluminan a la vez otras cosas. Cuando un concepto está maduro anuncia su realidad evocando mitos, que representan también modelos cognitivos. De hecho, los buenos modelos científicos tienen esa transparencia e intensidad, siendo manifiesto que las llamadas ideas metafísicas influyeron e influyen sobre toda suerte de construcciones científicas[10]. Dada su capacidad sintética[11], mito es aquello que damos por supuesto cuando empezamos a reflexionar sobre algo, saltando sobre la heterogeneidad del quién y el qué, el pensador y lo pensado.

Por lo demás, aquello que Caos y orden sugiere diciendo que la ciencia es un mito no son estas sencillas evidencias, sino el carácter interminable de su tarea. Como dicha tarea es explicar de modo imparcial el mundo, su salud y su dignidad dependen de evitar vanaglorias. En 1898, poco antes del terremoto teórico provocado por varios descubrimientos —y, sobre todo, por el de la radiactividad—, Lord Kelvin declaraba que «la física forma hoy un conjunto perfectamente armonioso, ¡un conjunto prácticamente acabado!»[12]. En 1998, cuando nuevos descubrimientos anuncian un terremoto teórico comparable, si no superior, Stephen Hawking declara que «estamos llegando al final en nuestra búsqueda de las leyes últimas de la naturaleza.»[13] Pero en 1898 y 1998, por no decir siempre, la actitud propiamente científica se sentirá más al comienzo que al término de la comprensión perseguida. Decir que la hemos completado armoniosamente, o que estamos a punto de lograrlo[14], hace de la ciencia un mito en el sentido peyorativo de la palabra.

«No puede haber enunciados últimos en la ciencia»[15], porque la sabiduría imparcial es una tarea infinita. Kant sugirió —llamándolo postulado de la razón pura práctica— que el alma humana debía ser eterna, ya que la tarea de la eticidad resulta a todas luces infinita. Sin necesidad de recurrir a postulados, cabe afirmar que la ciencia nunca estará acabada o clausurada, porque la tarea del conocimiento es infinita. Ni siquiera sucumbiendo como especie agotaríamos el universo interior y exterior. Pero lo ingente del contenido no condiciona una inviabilidad, sino lo contrario. Gracias a la disposición científica sabemos con alto grado de certeza muchas cosas, hemos mejorado radicalmente nuestra posición en el mundo, y podemos esperar hallazgos todavía más decisivos para nuestra salud, nuestra libertad y nuestra comprensión de lo real.

Como esto jamás lo puse en duda, deduzco que el equívoco viene de comulgar —o no— con cierta versión de la ciencia, al igual que cuando discutían trinitaristas y antitrinataristas, arrojándose cada lado la acusación de blasfemia y ateísmo. Dios quizá sea uno y trino, quíntuple, doble o hasta ilusorio, pero el censo de los fieles no dependerá del número de personas divinas en las que crea cada cual. Con mucho más motivo tratándose de la ciencia, nadie clausurará hipótesis sobre su estado o desarrollo. 

2. La construcción cientista.

El cientismo arranca con Galileo y Descartes, y obtiene su primera forma acabada algo más tarde, gracias al genio de Newton. Es en principio fiel al puro criterio experimental de Bacon, con su propuesta de centrarse en la inducción, aunque procede mediante geometría y experimentos mentales, orientados a mostrar que la naturaleza es «reductible a leyes matemáticas». Unido al absolutismo metafísico[16], político y religioso, del que toma una rígida separación entre material e inmaterial, el ideario cientista se lanza a una redefinición cosmológica apoyada sobre tres conceptos desconocidos por completo hasta entonces: 1)una materia rigurosamente pasiva («masa inercial»); 2)traída y llevada por vectores inmateriales («fuerzas matemáticas»); 3)cuyo movimiento resulta previsible con exactitud (calculándolo a partir de sus condiciones iniciales). Para moverse dentro de este nuevo marco, el método es omitir suposición alguna que no se encuentre fundada en hechos verificados, y de ahí la hipothesis non fingo newtoniana[17], evitando el investigador todo cuanto no satisfaga las condiciones empíricas de lo investigado.

La principal consecuencia de este punto de vista fue doble, ya que por una parte la realidad se idealizó en grado sumo, hasta concebirse como combinatoria de cosas esencialmente simples, mientras por otra la complejidad física —el mundo real— quedó fuera de foco, como reino de borrosas arbitrariedades o «caos de los paganos». Su esquema sirvió satisfactoriamente para movimientos del sistema solar, mareas y otros fenómenos de traslación, hasta que el desarrollo de la matemática y el progreso técnico abrió nuevos campos de estudio, como la física de altas energías, suscitando una serie de contrariedades para el cientismo. Primero fue la teoría de la relatividad, apoyada sobre una determinación concreta (velocidad de la luz) como factor crucial aunque omitido por la cosmología newtoniana, mostrando que sólo había conseguido un grado aceptable de aproximación debido a las distancias relativamente cortas entre el Sol y sus planetas: a distancias propiamente siderales, y en presencia de campos gravitatorios fuertes, su esquema se derrumba como un castillo de naipes[18]. La segunda contrariedad fue descubrir que la energía no se libera por grados o suavemente —según conviene a una construcción lineal—, sino saltando de una cantidad discreta a otra, hallazgo que suscitó la mecánica cuántica. Con esa mecánica llegaron varias certezas incómodas, como que cada todo desborda a la suma de sus partes, que el concepto de trayectoria resulta insostenible en física de partículas[19], y que la segura demarcación entre material e inmaterial, objeto y sujeto, es sumamente insegura[20]. Algunas décadas después, hacia los años sesenta, el cientismo fue sometido a una última ordalía por el paradigma hoy llamado de la complejidad o de los órdenes caóticos, que recorta las pretensiones de lo único indemne hasta entonces en su edificio —el principio inercial[21]—, captando en lugar de ese dogma epistemológico procesos espontáneos de auto-organización[22]. Como observa Prigogine, es «el fin de las certidumbres» para aquella perspectiva que nace con Galileo y Descartes. Lo antes empírico resulta ser estadístico, entre otras cosas porque fracasa todo intento de vincular el espectro lumínico con una conducta mecánica de los átomos, y a partir del hidrógeno —simplicidad pura— cualquier núcleo desborda el apacible horizonte de dos cuerpos, para internarse en las caóticas soluciones aparejadas a tres o más. Se percibe entonces una «sensibilidad» de cada sistema a sus condiciones iniciales, los cálculos consideran tiempos de predicción fiable para cada uno, y se desdibuja la pretensión newtoniana de «reducir» todos los fenómenos físicos a «leyes matemáticas.» Sin negar lo fecundo de la perspectiva cientista en su tiempo, me esforcé por examinar la relación que hay entre ese absolutismo y el modelo tradicional de control que pretende ejercerse sobre la objetividad[23]. Y como quizá no me expliqué allí lo bastante, abordo ahora la cuestión básica: ¿por qué la dualidad material—inmaterial —sostenida con la misma vehemencia por Descartes y Newton— conduce a pretensiones infundadas sobre la «razón»?

 

        1. Dos tipos de antropocentrismo.

 

La llamada revolución científica[24] parte de un vigoroso ataque al concepto clásico de cosmos[25], que desde los primeros filósofos griegos es un impulso de automovimiento, y que en Aristóteles se articula mediante un paradigma biológico: «natural» (physikós) significa a fin de cuentas «viviente». A este paradigma biológico contrapone el cientismo un paradigma basado sobre un mundo ya no «cósmico» —en el sentido de autoconstituido—, sino demandado constantemente de creación y supervisión, donde la regla es una dualidad inflexible: mente (res pensante) y cuerpo (res extensa), espíritu y materia, leyes matemáticas y masas inertes. De la Naturaleza como obra de arte autónoma pasamos a la Creación como puesta en hora de diversos mecanismos. Para entender el nuevo universo hace falta ignorar la cualidad en general —que supone la existencia de «formas substanciales» (o cualidades objetivas)—, pues lo sometido a inercia se rige por consideraciones de cantidad. Los objetos corpóreos pasan a ser «máquinas naturales», obedeciendo a una analogía con el reloj que vertebra toda esta imaginación.

«Mi objetivo», dirá Kepler en el prólogo al Mysterium cosmographicum, «es mostrar que la máquina del universo no es similar a un ser animado divino, sino a un reloj». Lo mismo asegura Boyle: «Nuestro mundo es, como si dijéramos, un gran reloj. Cada pieza realiza su cometido de acuerdo con el fin para el que fue ideada, tan regular y uniformemente como si lo hiciese de modo deliberado y con la preocupación de cumplir con su deber.»[26]. Malebranche nos aclara por qué: «Cuando veo un reloj tengo razones para suponer que existe un Ser inteligente, ya que es imposible que la casualidad y el azar produzcan, dispongan y sitúen todas sus ruedas»[27]. Remachando la sentencia de Kepler, Newton insiste en que el relojero «no rige las cosas desde dentro, como un alma del mundo, sino como dueño, que debido a esta dominación suele ser llamado señor dios, pantocrator, amo, pues ‘dios’ es palabra relativa, que se refiere a siervos.»[28] Cronológicamente, el primero en darse cuenta de que esta posición constituye el único antídoto eficaz para el veneno vitalista, pagano, es el padre Mersenne[29], amigo y mentor de Descartes, que reclama un mundo-reloj para «separar lo natural de lo sobrenatural»[30], reduciendo lo primero a funcionamiento mecánico[31]. Nada hay de ateo o herético en este criterio. Galileo, Descartes, Kepler, Boyle, Hooke y Newton declaran que la «filosofía natural» interpreta la Creación mejor que el teólogo, y hechos puntuales como el proceso a Galileo[32] no deben velar que el cientismo quiere restituir el dogma bíblico —y el principio político de autoridad— a una fe convenientemente reformada, donde en vez de milagros e infalibilidad del Papa el fiel sea recompensado con fundamentos más sólidos, empezando por la constitución del universo. Lejos de negar la fe judeocristiana, representarse el mundo como máquina natural construye el conocimiento de lo sobrenatural desde un principio aparentemente inatacable, pues las máquinas no pueden concebirse sin una función o designio. Pero ahora el designio ya no remite a alguna vitalidad o automovimiento de los objetos físicos, sino a la existencia de un ingeniero extrafísico que puso en hora todos esos «relojes».

Aunque la tesis heliocéntrica hubiese sido propuesta ya por Hiparco y otros astrónomos antiguos, el cientismo denuncia el paradigma biológico como construcción antropocéntrica o subjetiva apoyándose, ante todo, en su adhesión a la tesis geocéntrica. Y, en efecto, pensar que la Tierra constituye el centro del universo es antropocéntrico, además de erróneo, especialmente si el centro se concibe como algo más noble o esencial que la periferia[33]. Pero el cientismo no denuncia esta idea antropocéntrica sin comprometerse con otra idea antropocéntrica, y concretamente con la de una naturaleza inerte producida por cierta divinidad única y desencarnada. Esto es lo supuesto en el objeto físico como «máquina natural», y de ello pende que la dualidad mente-materia genere un concepto de la razón como entidad suficiente en sí, encargada de reinar sobre todas las cosas. La razón es simple voluntad divina, si bien los humanos están hechos a imagen y semejanza del Todopoderoso —Biblia dixit—, participando por eso de algo que no es sólo independiente de sino superior al mundo: la razón construye o, si se prefiere, legisla..

Sin embargo, la hipótesis de una razón creadora lleva en la práctica a consecuencias de inexagerable alcance. La primera es el determinismo, que andando el tiempo borra el significante «Dios» y pone en su lugar una «necesidad físico-matemática». La segunda es lo edificante o constructivo como germen de una ingeniería social, que comienza con los propósitos reformistas de la Ilustración y desemboca en las revoluciones totalitarias del siglo XX. La tercera es que en nombre de la razón se insten conclusiones irracionales: como querer encerrar a la investigación en la camisa de fuerza representada por un concepto exógeno o exterior del orden, donde es sinónimo de organización y, en consecuencia, de tal o cual designio, también llamado «ley».

 

        1. Órdenes exógenos y órdenes endógenos.

 

Por otra parte, la propia ciencia fue produciendo sucesivas reacciones a dicha camisa de fuerza, a medida que redescubría la complejidad del mundo real. El primer paso clamoroso en esa dirección lo dio Mandeville, treinta años después de aparecer los Principia de Newton, al mostrar hasta qué punto el derecho, la moral, el lenguaje, el mercado, el dinero, la acumulación de conocimiento y otros fenómenos aparentemente derivados de previsiones son fruto de órdenes donde operan procesos evolutivos, abiertos a continua rectificación. Su tesis primaria —«que toda la armazón está formada por aquellos servicios recíprocos que se hacen [casi siempre sin saberlo ni quererlo] los seres humanos»[34]— rompe radicalmente con el constructivismo racionalista, y constituye el punto de partida para una corriente de pensamiento que ya no se hipoteca al principio de organizaciones diseñadas o, si se prefiere, ideales. De allí beben Hume, Smith, Malthus, Herder, Humboldt, Savigny y, algo más tarde, Darwin[35] y Spencer.

Quienes consciente o inconscientemente sostienen el credo cientista admiten que la teoría de la evolución es un monumento científico, pero no parecen darse cuenta de que su núcleo resulta inconciliable con el propio cientismo, pues parte de una actividad ajena a razones legislativas o creadoras. Allí donde hay cierto orden —real o práctico, por contraste con idealizado— topamos con formas, cuyas reglas de juego se inauguran y descartan en función de su respectiva utilidad para el sistema mismo. Esto resulta hoy evidente en muy diferentes campos —desde biología elemental a sociedades animales y humanas—, y llama la atención que haya empezado a captarse también en lo inorgánico con nociones como sinergética, hiperciclos, objetos fractales y estructuras disipativas[36].

A fin de cuentas, lo anacrónico viene a ser el modelo del reloj, que tanto fascinó a los fundadores del cientismo. En vez de relojes puestos en hora por una razón trascendente, ciegos y sordos a cualquier modificación de su entorno, el modelo contemporáneo es un circuito de realimentación como el humilde termostato, que en vez de leyes de funcionamiento otorga sensibilidad a cada forma propiamente real. El prestigio académico del cientismo, y los innegables frutos de atender al aspecto cuantitativo y predictivo de algunos fenómenos, han calado en disciplinas como economía, psicología y sociología, hasta el extremo de que quienes buscan diplomarse en ellas emplean parte considerable de su tiempo lectivo construyendo modelos econométricos o administrando tests y sondeos. Eso no obsta para que cualquier persona instruida realmente en dichos campos reconozca las limitaciones radicales de tales procedimientos, porque lo cuantitativo y predecible entra en colapso cuando debe aplicarse a sistemas mínimamente complejos, faltos de cualquier relación constante o fija, como la gestión de cierta empresa, el carácter de un individuo y las preferencias de tales o cuales electores. La propia ingeniería financiera, que descompone hoy sus riesgos en derivadas parciales de cinco variables —las llamadas «griegas»[37]— utiliza esos datos como código lingüístico para profesionales del ramo, no como fórmula segura de valoración, y sólo crédulos patológicos o desinformados las usarán para decidirse a hacer o no inversiones.

En definitiva, si se entiende por orden cierta relación —probable o inevitable— entre alguna multitud de elementos distintos, gracias a la cual el conocimiento de una parte abona hacer inferencias sobre el resto, constatamos una y otra vez que sólo ciertas cosas muy simples (o simplificadas a tal efecto) podrían nacer de alguna «razón» como la postulada por Descartes y Newton, fiel al principio de lo claro y nítido. Las no simples o simplificadas surgen acumulativamente, al amparo de factores como desequilibrio y disipación energética, donde la racionalidad constituye más un subproducto que un presupuesto. Si se prefiere, cualquier forma compleja remite a procesos donde una selección evolutiva «desempeña el mismo papel que juega la ley física en el análisis de los fenómenos más sencillos.»[38]

Entendidas las leyes físicas en sentido popperiano, como «prohibiciones» de que esto o aquello suceda, la conducta de entidades como neutrinos o fotones admite todas cuantas sean precisas para ilustrar su comportamiento efectivo. Pero orientarnos en dominios como el mundo subatómico, constatando lo excluido en cada situación, no ampara exportar a dominios distintos —y concretamente a realidades hipercomplejas— la idea de que están regidos por fuerzas o leyes físico-matemáticas, y menos aún que deriven de una «razón» anterior a su propia existencia, encargada de construir o legislar sobre su respectivo destino. Semejante contrasentido vicia de raíz el darwinismo social, que se obstina en formular «leyes de la evolución» como un empresario podría obstinarse en descubrir fórmulas para el éxito comercial seguro, o un autócrata político recetas infalibles para su propia preservación[39]. Es ridículo aventurar profecías sobre los más elementales fenómenos de la vida cotidiana (a qué hora lloverá y cuánto, cuál será el precio del algodón o el cacao, qué número de accidentes circulatorios habrá, etcétera), y tanto más ridículo a medida que nos alejamos de lo elemental, pues no sólo se dispara el número de variables sino la sensibilidad de cada una a sus condiciones iniciales.

A diferencia del concepto de trayectoria, que resulta forzosamente lineal y puede explicarse como efecto de una dinámica inaugurada e interrumpida por factores exógenos, el concepto de evolución no sólo descarta resultados lineales sino esa ajenidad entre lo movido y el motor que caracteriza el movimiento de masas inertes. Todo cuanto evoluciona lo hace por sí y desde sí —sin perjuicio de hacerlo para adaptarse mejor a algún medio o entorno—, pero esa actividad propia ni comienza ni termina en virtud de alguna meta distinta de la supervivencia óptima. Así se forman y transmiten las culturas, adoptando y descartando costumbres mediante procesos que nadie en particular decreta. Y gracias a ello surgen instituciones de densidad infinita, incomparablemente superiores en contenido de información —por no decir que en eficacia formativa— al más prolijo conjunto de planes que quepa imaginar[40].

 

        1. Confianza o desconfianza en la razón.

 

Imaginando que sólo es científico el análisis cuantitativo orientado a la predicción, algunos practicantes de ciencias humanas pasan por alto que su metodología debe adecuarse a objetos muchísimo más ricos conceptualmente que los del físico, el químico o el matemático. En efecto, se trata de realidades donde la actividad es inmanente, y respecto de las cuales los dogmas cientistas resultan no ya infundados sino radicalmente absurdos, a despecho de lo que pensaran Marx, Comte y sus herederos hasta el día de hoy. En economía, por ejemplo, el funcionamiento concreto de los procesos mercantiles se contrasta con modelos como el estacionario y el llamado de giro uniforme, cuya utilidad no deriva de reflejar lo que efectivamente sucede sino, al contrario, de ofrecer aquello que sucedería de no mediar la concreta acción humana, innovadora e imprevisible a partes iguales. Sólo esos modelos, presididos por un imaginario estado de equilibrio, pueden describirse con series de ecuaciones diferenciales, ya que en el primero la suma de pérdidas y ganancias equivale forzosamente a cero, mientras en el segundo los precios naturales o estáticos y los de mercado son forzosamente idénticos. Pero la validez alegórica de dichos modelos —a efectos de fijar la relación abstracta entre pérdidas y ganancias, precios y costes— no oculta el carácter arbitrario o convencional de su forzosamente, y mucho menos justifica reducir la economía real a leyes matemáticas[41].

Con no pocas dificultades, como la formidable cantidad de álgebra embutida a quienes pretenden diplomarse en Económicas o Empresariales, este criterio ha recobrado plena vigencia en las últimas décadas. Ya no parece discutible que los procesos mercantiles son de naturaleza evolutiva, en vez de inerciales. Como intervienen seres humanos singularizados, que transitoriamente eligen a en vez de b, requiriendo por eso mismo comprensión o «teoría» en sentido estricto, el campo donde pueden regir sin riesgo las ecuaciones se retrae a sociedades de termitas y otros insectos[42], consolidándose con máxima firmeza en «lo inorgánico,» a pesar de que hasta las estrellas parecen nacer y morir. Sin embargo, incluso un científico tan eminente y tan poco afecto al cientismo como Einstein —a quien debemos la última teoría cosmológica no divorciada de una noción intuitiva, realmente teórica— pone de relieve la sima que separa todavía a la física fundamental de una física evolucionista. Siendo aún relativamente joven le había escrito a su colega Born: «Usted cree en un Dios que juega a los dados, y yo en una ley y un orden completos». Poco antes de morir escribió a un amigo: «Para nosotros, físicos convencidos, la diferencia entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión.»[43]

Difícilmente podrían suscribir ni lo uno ni lo otro un historiador, un sociólogo o un economista, y lo novedoso es que tampoco lo suscriben algunos físicos, químicos y matemáticos contemporáneos, encabezados por Prigogine y Mandelbrot. ¿No estaremos proyectando todavía modelos —como la economía de giro uniforme, cuya esencia es la perfecta identidad de hoy y mañana— sobre realidades que apenas empiezan a perfilarse? Cabe decir que semejante planteamiento representa una «estrategia orientada a la confusión,» que atenta contra la verdad científica y «contribuye a rebajar el nivel de confianza en la razón humana.»[44] Y ya es llamativo que en nombre de la ciencia se insten querellas indiscernibles de las presentadas contra distintos infieles por alguna religión positiva. Pero me confieso satisfecho si mi ensayo logró minar la fe de alguien en una razón que lejos de observar y describir pretende construir y legislar. Como observa un historiador contemporáneo, 

 

Cualquier interpretación que pretenda describir a la ciencia como un producto contingente, diverso y a veces profundamente problemático, que ha sido construido por personas que vivían en un contexto determinado, y que tenían preocupaciones e intereses morales, será probablemente leída como si fuera una crítica de la ciencia. Se puede pensar que cualquiera que proponga este tipo de interpretación debe estar movido por un deseo de denuncia —proclamando que la ciencia no es objetiva, ni verdadera ni fiable—, o que tales interpretaciones erosionarán el respeto que la ciencia merece. A mi modo de ver, esta conclusión sería desafortunada e inexacta [...] pues lo que se critica no es la ciencia sino algunos relatos, ampliamente difundidos, que se cuentan sobre ella. Dudo mucho de que la ciencia necesite una defensa basada sobre chapuzas que se inventan para realzar su valor.»[45]

La censura protege de errores al entendimiento ajeno, pasando por alto que el contrincante idóneo del error es el libre examen de cada asunto. Resulta infundado tomar el examen de ciertas teorías o prácticas por un rechazo de la actitud científica en general. O somos newtonianos incondicionales o somos enemigos del saber científico e, inevitablemente, enemigos del camino que representa comprender de modo ecuánime el mundo, enemigos del ser humano, pues sólo confiando en el conocimiento descartaremos el prejuicio y la violencia como recursos. Aclaremos que la ciencia no ha necesitado nunca uniformidad metódica ni verdades infalibles; al contrario, progresa a despecho de quienes venden una y otra cosa.

La teoría química pudo creer mucho tiempo en el imaginario flogiston, sin perjuicio de que los químicos progresaran vigorosamente en el análisis y la síntesis. La física matemática creyó en el éter como elemento desde la Óptica de Newton (1704) hasta el experimento de Michelson-Morley y su interpretación por Einstein (1905), sin perjuicio de que los físicos progresaran vigorosamente en todos los campos. Nada de paradójico hay aquí, porque la veracidad de la ciencia no reside en ahormarse a un cuerpo de doctrina como un pie a su zapato, ni en reclamar para sus métodos alguna fe incondicional del público, sino en la acción de investigar que brota —por ahora sin pausa— en el ánimo de algunos seres humanos. Es esa actividad concreta lo que no admite duda, menosprecio o cortapisa, entre otros motivos porque al aliarse con las técnicas ha inaugurado dimensiones inauditas no ya de comprensión intelectual, sino de prosperidad y libertad civil para aquellas sociedades donde florece.

En los cimientos del credo cientista está grabado que la «materia» no puede autodeterminarse o «formarse». En vez de ser una naturaleza viviente, como pensaban los antiguos, el universo se descompone en un soporte inanimado y un sistema de designios, que deben contener «una ley y un orden completos.» Además de metafísico, y lastrado por el hecho de ser metafísica no explícita o reconocida, esto funciona como el código de barras que empaqueta académicamente su producto. No es de extrañar que muchos cultivadores de la física fundamental redescubran con gran interés la caricaturizada tradición aristotélica, y que otros simplemente no comulguen con el dogma de un tiempo ilusorio. Lo único manifiesto ahora es que llamábamos caos a cualquier dinámica abierta, y orden a procesos clausurados de antemano, imaginando que sólo lo reversible defendía al mundo de encaminarse a la muerte térmica prevista por el segundo principio de la termodinámica, cuando dicho principio puede interpretarse de otro modo, y casi todas las dinámicas caóticas resultan altamente fructíferas.

El malentendido montado sobre la «razón» refleja el que acosa al determinismo cuando se enfrenta con relaciones de indeterminación. ¿Estamos considerando los límites de una observación que no condicione lo observado? ¿Estamos ante entidades borrosas en sí? El cientista promueve lo primero, fiel a la dualidad mente-materia que preside su fundación como escuela de pensamiento. De ahí que «el racionalismo constructivista conduzca siempre a una rebelión contra la razón,»[46] presentando un resultado evolutivo como si fuese el requisito único y suficiente del acontecer, y viendo en él la «ley» que debe acatar eternamente una realidad inerte. Eso obliga a cerrar los ojos ante todo orden que no sea organización preestablecida, y a tomar por racional aquello que «emancipa de la experiencia y la costumbre,»[47] como si la razón no fuese fruto de experiencias y costumbres.

A mi juicio, este concepto permanece encerrado en la relación autoritaria o mandobediente[48], constituyendo así un sabotaje antes que un apoyo a nuestra inteligencia. Como entendimiento ecuánime, derivado de una amalgama entre empirismo y amor a la verdad, la razón es lo más noble y útil para un individuo. Dicha facultad se envilece cuando deja de ser el resultado —siempre provisional— de una adaptación al cambiante estado de cosas, presentándose como fuente y sentido de lo que hay.

[1] K. R. Popper, La lógica de la investigación científica, Tecnos, Madrid, 1980, pág. 23.

[2] Caos y orden, Espasa, Madrid, 6ª ed. revisada y ampliada, noviembre de 2000.

[3] J. L. Pardo, El País, Babelia, 24/12/1999.

[4] La recensión más pormenorizada en este sentido es la de J. Izquierdo, «Leviatán y el atractor extraño. Escohotado, Sokal y la vida editorial», Empiria. Revista de Metodología de Ciencias Sociales, nº 3, 2000.

[5] M. Martínez Chicharro, «Caos y orden», Claves de razón práctica, octubre 2000.

[6] A. Fernández Rañada, «Caos y orden», Revista de Libros, abril 2000; y «Desorden y caos», Claves de razón práctica, diciembre 2000. En la primera de estas recensiones sociólogo J. Izquierdo detecta «un nivel de incisividad impensable dentro del pacífico y civilizado ethos comunicativo de la investigación científica contemporánea,» y «una desmedida indignación moral, traducida en tinta como brutal descalificación» (ob. cit., pp. 147 y 153).

[7] J. García Sanz, «En el nombre del caos», Claves de razón práctica, 110, marzo 2001.

[8] F. Peregrín Gutiérrez, «Sobre amicus curiae y epistemología libertaria», Claves de razón práctica, 110, marzo 2001.

[9] Ya repliqué punto por punto («Espontaneidad y complejidad», Claves de razón práctica, 106, octubre 2000), y resisto la viva tentación de hacerlo otra vez —ante las nuevas críticas— porque sería doblemente prolijo, limitándose a dilucidar quién resulta más culto, sarcástico o veraz en varias docenas de observaciones, un asunto tan circunscrito a vanidades personales como insufrible para terceros. El comentario de García Sanz y el segundo de Peregrín Gutiérrez muestran su apoyo expreso a los previos de Fernández-Rañada, y coinciden con ellos en el deseo de mostrar que ignoro por completo el abecedario científico. También coinciden en ignorar completamente a Prigogine, Mandelbrot, Smale, Georgescu-Roegen, Haken, Eigen, Feigenbaum, Ford y otros científicos contemporáneos, cuya obra inspira en medida considerable mi libro. La mención menos evasiva a este respecto viene de Peregrín Gutiérrez, a cuyo juicio las obras de Prigogine —¿qué decir sobre el resto?— deben leerse «con el cinturón de seguridad bien apretado.» Quizá por eso llame a Isabelle Stengers, colaboradora suya en un par de libros, «socióloga y filósofa relativista.» Si hubiese hojeado siquiera dichas obras sabría que Stengers se licenció y doctoró en Física.

[10] A efectos científicos se llama metafísico a cualquier aspecto inobservable —e incluso indecidible— de un argumento. Como observa Popper, «la dinámica de Newton surgió históricamente de mitos; pudiendo nosotros mostrar hoy —por medios puramente lógicos— que no es derivable de enunciados observacionales;» cfr. Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1989, p. 236.

[11] Esto es, que unos hechos ilustren sobre otros hechos, que lo subjetivo y lo objetivo se interpenetren, que lo particular revele dimensiones de universalidad, aunque —como diría Hegel— de una forma sólo «inmediata», sin la mediación propiamente científica de cada caso.

[12] Cfr. S. Deligeorges, El mundo cuántico, Alianza Universidad. Madrid, 1996, pág. 25.

[13] Cfr. Caos y orden, págs. 37-46.

[14] Por ejemplo —como postula Peregrín Gutiérrez en su artículo—, que si se reabre el CERN de Ginebra es inminente encontrar el bosón de Higgs, hipotético origen de la masa en el mundo subatómico, buscado con ahínco durante más de cuatro décadas por dicho acelerador y otros más potentes. No es ocioso recordar que ese tipo de amalgama académico/industrial ha alcanzado —a juicio de diversas comisiones— un nivel de gasto excesivo para sus frutos; cfr. Caos y orden, pp. 52-53 y 238-239.

[15] Popper, 1980, pág. 46. «El juego de la ciencia, en principio, no se acaba nunca. Se retira del juego quien decida un día que los enunciados científicos no requieren una contrastación ulterior, y pueden considerarse definitivamente verificados» (pág. 52).

[16] Que lleva en los Principia de Newton a proponer un «tiempo absoluto» y un «espacio absoluto», como recintos donde resuena la «voluntad» del absoluto divino, el pantocrator.

[17] Cuando traduje (en colaboración con Manuel Sáenz de Heredia) los Principia mathematica philosophiae naturalis de Newton, por entonces sin versión castellana, pensé que la frase significaba no «invento», «imagino» o «construyo», pues el verbo latino fingo significa construir además de «fingir». Gracias a la edición facsímil de todas las variantes del texto, debida a A. Koyré e I. B. Cohen, topé con un documento de Newton —el memorándum De Moivre— donde la frase viene en inglés, y dice textualmente: «I do not feign hypothesis». Allí, y en otros varios textos, Newton aclara que argumenta contra sus rivales cartesianos, cuya norma es presentar tantas hipótesis como sea oportuno para mantener un punto de vista. Pero desacreditar a Descartes por «apriorismo» no abonaba el lujo de evitar «hipótesis», que por supuesto aparecen profusamente en los Principia, unas veces reconocidas como tales y otras bajo la apelación de «fenómenos», «reglas», «postulados» y hasta «hechos». La más reprochada en su tiempo fue equiparar por sistema atractio («atracción», un proceso a distancia y esencialmente invisible, debido a alguna causa «oculta») con tractio («tracción», un proceso verificado por contigüidad y esencialmente visible, debido a alguna causa manifiesta). Fiel a este modo de abordar lo hipotético, García Sanz dedica algún párrafo a la antes mencionada versión de los Principia, y a su largo prólogo, postulando que he «editado, pero no leído» el volumen.

[18] Oímos decir todavía que las teorías gravitatorias de Einstein y Newton son «compatibles», a pesar de no serlo ni por su concepto ni por sus resultados, pues los datos que apoyan a una teoría apoyan también a la otra. Sin embargo, quienes así opinan podrían considerar hasta qué punto la inexistencia (por ahora) de perros verdes y azules corrobora que todos los perros son o bien de un color o bien de otro, digamos newtoniano y einsteiniano respectivamente. Aunque la lógica formal no deba considerarse reina absoluta del conocimiento, algo de respeto por sus reglas ayuda a evitar sofismas muy rudos.

[19] Por ser cualquier trayectoria una suma de posición y momento angular, algo inobservable según el principio de indeterminación. Además, queda pendiente decidir si ese principio se interpreta de modo subjetivo (como límite de una observación que no condicione lo observado), o bien —según sugirió el propio Schrödinger— de modo objetivo, porque la carga del electrón resulta «difusa», «inexacta» o «borrosa» en sí, cosa a fin de cuentas más acorde con el programa de Bohr de no atenernos a «imágenes espacio-temporales» para describir fenómenos subatómicos.

[20] La tesis de Heisenberg —en sus Principios físicos de teoría cuántica (1930)— es que «ha dejado de ser posible una física ‘objetiva’, en el sentido de una división neta del mundo en sujeto y objeto».

[21] García Sanz me imputa en su reseña ver la fuerza de inercia en el limitado sentido de Kepler (que le atribuía mantener el estado de reposo en un cuerpo), a pesar de que Caos y orden diga expresamente lo contrario (esto es, que la inercia newtoniana se refiere tanto al reposo como al movimiento), pero dicha observación atropella a Peregrín Gutiérrez en un despiste de su reseña, donde define la inercia como «resistencia de la materia a cambiar su estado de movimiento». Luego García Sanz me aclara que «no hace falta ningún motor [o fuerza] para mantener el movimiento uniforme,» como si semejante cosa la hubiese puesto en duda el libro, y como si hubiese en alguna parte del universo visible algún movimiento uniforme, en vez de acelerado positiva o negativamente en tal o cual momento. Eso lo sabían ya tanto Benedetti como Tartaglia, maestros de Galileo, aunque —y ahí está lo memorable— no les llevó a la conclusión cientista sobre una vis inertiae..

[22] Cfr. Caos y orden, caps. V y VI.

[23] Caos y orden desarrolla esa modalidad como control ingenuo o mandobediente, contraponiéndolo a la relación de ida y vuelta que descubre la cibernética, revelando controles por readaptación o feed-back; cfr. caps. XVII y XVIII.

[24] Esta expresión, propuesta por A. Koyré en 1939, es cada vez más rechazada por los historiadores, que tienden a ver en el desarrollo de las ciencias y las técnicas un proceso más bien gradual, estrechamente unido a la evolución de las ideas sobre religión y política; cfr. por ejemplo J. A. Schuster, «The Scientific Revolution», en R. C. Olby y otros (eds.), Companion to the History of Modern Science, Routledge, Londres, 1990.

[25] «Polvo esparcido al azar, supremamente bello», según la definición de Heráclito.

[26] Boyle compara concretamente la Creación con el famoso reloj de la catedral de Estrasburgo; cfr. S. Shapin, La revolución científica, Paidós, Barcelona, 2000, pág. 57.

[27] Cfr. Shapin, 2000, pág. 181.

[28] Principios matemáticos de la filosofía natural, Tecnos, Madrid, 1987, pág. 618. Por eso Newton insistió allí en escribir «dios» con minúscula, reservando la mayúscula para nombres propios como Jehová o Elohim..

[29] Descubridor de los «números de Mersenne» (generados por la fórmula 2p-1, donde p es un número primo), que fue el más serio competidor de la imprenta en su época, pues «informarle de un hallazgo equivalía a publicarlo por toda Europa»; cfr. R. Lenoble, Mersenne, ou La naissance du mécanisme, Vrin, París, 1943

[30] Cfr. Lenoble, 1943, pág. 15.

[31] De hecho, el mecanismo se exporta a la propia acumulación de conocimiento, que ahora procede formando «expertos» agrupados colectivamente en centros como la Royal Society inglesa, su homónimo francés y la academia florentina, cuyo espíritu refleja el de las Casas de Salomón previstas por Bacon en La nueva Atlántida: la meta será crear institutos organizados burocráticamente, con funcionarios a sueldo, cuya instrucción pueda mecanizarse merced a «reglas metódicas».

[32] Compárese —sin salir del país, la época y las cuestiones filosóficas— con el proceso a Giordano Bruno, que perece achicharrado tras largos y feroces tormentos.

[33] Griegos y judíos, por ejemplo, concebían el centro de la Tierra como sede del infierno (Tártaros griego y Seol hebreo). Para Aristóteles, el espacio comprendido entre la Luna y nuestro planeta es la sede del movimiento menos perfecto y de la corrupción, en contraste con el resto del cosmos, donde resulta mucho más abundante el quinto elemento o éter intelectual (quintaessentia), y donde —por eso mismo— la vitalidad es más perfecta. Fueron consideraciones como que las cosas saldrían volando (caso de moverse la Tierra a la velocidad requerida para orbitar en torno al Sol) —y no una sobrevaloración del ser humano en el concierto cósmico— el motivo de que prosperara en la antigüedad el criterio geocéntrico. Sólo bastante más tarde, cuando la entronización indiscutida del cristianismo en Europa coincide con grandes progresos civilizatorios, el geocentrismo pasa a simbolizar el orgullo de nuestra especie, atendiendo a que «la Creación» constituye un mero escenario para el drama de salvarnos o condenarnos.

[34] The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits, Oxford University Press, Oxford, 1957, vol. II, p. 349.

[35] Según C. S. Peirce, «El origen de las especies se limita a ampliar las ideas desarrolladas en torno al estudio del progreso político-económico [por Smith y sus sucesores] hasta abarcar todo el ámbito de la vida vegetal y animal» (Collected Works, Cambridge University Press, Cambridge-Mass., 1935, vol. 6, p. 293). Pensando más bien en Savigny, Herder y Humboldt, dice F. Pollock: «La doctrina de la evolución no es sino el método histórico aplicado a los hechos de la naturaleza, al igual que el método histórico no es sino la doctrina de la evolución aplicada a las sociedades e instituciones humanas» (Oxford Lectures, Hutchinson, Londres, 1890, p. 41). Lo evidente, en cualquier caso, es el peso de aquello que Smith llama «mano invisible» en la dinámica propuesta por Darwin y Spencer.

[36] Describir esquemáticamente estas orientaciones es lo que pretenden los capítulos V y VI de Caos y orden.

[37] Porque se denotan con letras de dicho alfabeto. Cfr. Caos y orden, págs. 204-208.

[38] F. Hayek, Derecho, legislación y libertad, Unión Editorial, Madrid, 1994, vol. I, p. 69

[39] Otro inconveniente grave del darwinismo social fue «centrarse en el proceso individual de selección, en lugar de atender a la formación de hábitos, y ocuparse de la selección de las capacidades individuales innatas, en lugar a atender a las culturales» (Hayek, 1994., pág. 51).

[40] Sepultada hasta Mandeville por el constructivismo racionalista, esta certeza caracterizaba tanto a los griegos como a romanos. Según Aristófanes, «Una leyenda antigua asegura que todos nuestros planes tontos y engaños vanos son superados en aras del bien público» (Complete Plays, Harvard University Press, Cambridge, Mass., vol. 3, pág. 289). Según Catón, la ventaja del derecho romano era «no basarse en el genio de un hombre, sino de muchos; no se fundó en una generación sino en un proceso de varios siglos y muchas épocas. Jamás ha existido un hombre de ingenio tan grande que nada pudiera escapársele, ni los poderes combinados de todos los hombres vivos en un momento dado podrían tomar todas las provisiones para el futuro sin el auxilio de la experiencia efectiva y la prueba del tiempo» (Cicerón, De re publica, II, 1, 2). La postura de Mandeville fue a su vez anticipada por la última escolástica —los jesuitas españoles del XVII, especialmente Molina—, con su concepto del derecho natural como «resultado de acción humana, pero no de designio humano»; cfr. F. Hayek, Studies in Philosophy, Politics and Economics, Chicago University Press, Chicago, 1967.

[41] En su monumental tratado de economía Mises observa que «Tales hipótesis aluden sólo a un estado de cosas imaginario e irrealizable. Los economistas matemáticos se sirven de símbolos algebraicos, en vez de emplear las expresiones monetarias efectivamente usadas en el cálculo económico, creyendo que así sus razonamientos son más científicos. Impresionan, desde luego, a almas cándidas e imperitas, pero no hacen sino confundir y embrollar temas claros, que los libros de texto de contabilidad y aritmética mercantil abordan perfectamente»; La acción humana, Unión Editorial, Madrid, 1995, pág. 425.

[42] Mientras no venga algún investigador a examinar más de cerca esos colectivos, percibiendo dinámicas adaptativas y selectivas incompatibles con un movimiento inercial. Véase, por ejemplo, la Vida de las abejas de Karl von Fritsz.

[43] Cfr. Caos y orden, págs. 98-100.

[44] Es la concreta conclusión de Fernández-Rañada, en «Desorden y caos. La estrategia de la confusión», Claves de razón práctica, diciembre 2000.

[45] Shapin, 2000, págs. 206-207.

[46] Hayek, 1994, vol. I, p. 64.

[47] H. Reichenbach, The Rise of Scientific Philosophy, Berkeley University Press, Berkeley, 1951, p. 141.

[48] Formulando mecánicas basadas sobre un juego de masas y fuerzas, en detrimento de dinámicas basadas sobre la evolución de formas. Esta cuestión, que sí constituye la «tesis central, latente y ubicua» de Caos y orden, tanto en la primera parte como en la segunda, no recibe una sola mención en los cinco largos artículos que le ha dedicado por ahora el gremio físico-matemático. Pero el culto a la fuerza idealizada o abstracta, que se derrama como vínculo de mando y obediencia en indefinidos órdenes, bien puede considerarse una de las más extendidas quimeras de nuestra especie. Y «es ciertamente lenta la muerte de las quimeras» (Mises, 1995, pág. 833).


El estatuto de la utopía

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