Ciencia y filosofía

Claves de razón práctica - Diciembre de 2010

La enseñanza antigua descansaba sobre tres «artes» verbales (gramá­tica, retórica, lógica) y cuatro nu­méricas[1], impartidas frecuentemente por un solo profesor, cuya principal diferen­cia con respecto a las Letras y Ciencias actuales estaba en añadir la música a sus materias, y no incluir entre ellas a la his­toria. A medida que fuimos creciendo en conocimientos y recursos —cosa ace­lerada vivamente por la Revolución Industrial—, esas artes se ampliaron hasta comprender una veintena de «ciencias» atendidas por Facultades y Escuelas Téc­nicas, cada una distribuida en varias docenas de disciplinas, y la formación universalista convivió con la especializa­da. Esos centenares de nuevos campos empezaron subrayando la frondosidad del árbol único formado por lo real; y una Universidad exultante por la multi­plicación de alumnos, docentes y saberes florece desde finales del siglo XVIII en Alemania y Francia, seguida a poca dis­tancia por Inglaterra. Ciencia y filosofía son términos equiparables, sin perjuicio de que uno apunte más al dominio téc­nico y el otro a una exploración del sen­tido. Newton llama a sus investigaciones natural philosophy, Kant se esfuerza por pensar con rigor newtoniano, y Hegel construye el concepto científico por ex­celencia para lo venidero, que es el de evolución (Entwicklung).

La polémica entre disciplinarios y multidisciplinarios, adaptados y críti­cos, se hace esperar hasta el Sistema de política positiva o tratado de sociología, que instituye la religión de la humanidad (1854), un libro en cuatro volúmenes donde el ingeniero Augusto Comte identifica filosofía con «metafísica», pues divaga sobre el porqué remoto de las cosas en vez estudiar metódicamen­te su cómo. El punto de apoyo para esta afirmación es la disciplina más re­ciente del momento —la filosofía de la historia puesta en circulación por He­gel—, aunque sus respectivas interpre­taciones no pueden ser más dispares[2]. Para Comte, la edad teológica o inicial fructificó en el saludable acuerdo de ideas y costumbres representado por la sociedad teocrática. Su sucesora, la edad metafísica, se sirvió de abstraccio­nes como el concepto de razón y el de causa final para fundar democracias, donde el individualismo impuso lo «quimérico, ocioso, dudoso, vago y destructivo». Por último, la edad posi­tiva o científica interrumpirá esa catás­trofe libertaria con un orden «sociocrático», donde en vez del Dios trascen­dente los pueblos venerarán al Gran Ser formado por ellos mismos, enco­mendándose a un sacerdocio de profe­sores e investigadores, formados para disciplinar al inconformista con una dictadura aligerada de ideología, pura­mente «empírica»[3].

Con el paso del tiempo, hasta algu­nos manuales de bachillerato[4] darán por hecho que filosofía y ciencia son activi­dades heterogéneas; y se nos han olvida­do tanto las grietas de la construcción comtiana[5] como su presentación litúr­gica de la actitud científica, iniciada cada mañana con una forma peculiar de persignarse. Pero sin perjuicio de pasar media vida en el manicomio, Comte vio con admirable claridad que el cultivo del saber se objetivaba rápidamente, y que la scientia estaba llamada a ser una institución tan nuclear como la propie­dad o el propio Estado. Hasta entonces los científicos se habían limitado a am­pliar el dominio humano sobre la natu­raleza con hallazgos técnicos, y en lo sucesivo ampliarían el dominio del ser humano sobre sí mismo, refundando la cohesión social con un cuadro de certe­zas equiparable a los antiguos credos.

En otras palabras, el desafío moral e intelectual de los nuevos tiempos iba a ser convivir apaciblemente con el ateís­mo, evitando regresiones laicas al imagi­nario apocalíptico como las que acaba­rían representando el anarquismo y los totalitarismos. En tiempos de Comte el prototipo de esa regresión laica fue el paraíso derivado de abolir el Tuyo y el Mío[6], que a él le parecía «el corazón más íntimo de la «metafísica». Medio siglo después, cuando el positivismo reaparez­ca como neopositivismo, el movimiento ha cambiado de ideario político hasta el extremo de apoyar la revolución marxista[7], pero mantiene y hasta amplía sus funciones de supervisión intelectual:

El método correcto de filosofar sería no decir nada salvo aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural —al­go que nada tiene que ver con la filosofía—, y siempre que alguien quiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado signifi­cado a ciertos signos en sus proposiciones[8].

En sus conferencias sobre el atomis­mo lógico, dictadas en 1918, Russell definió el «carácter metafísico» como «la filosofía de quienes siguen más o menos a Hegel» e imaginan que las panes re­miten siempre a algún todo, cuando el sentido común nos dice que hay hechos relacionados de modo sólo «externo». Cierto instituto norteamericano —la Fundación Barnes— tuvo la feliz idea de conceder a Russell una beca generosa para que se explicara en detalle, y de ello nació su Historia del pensamiento occi­dental (1945), un texto encantador por amenidad e ironía, llamado a ser el su­pervenías del género, gracias al que no pocos nos sentimos atraídos por la filo­sofía[9]. Sólo quedó descontenta parte de la crítica literaria y el propio patrocinador, cuya indignación llegó al extremo de reclamar formalmente una devolu­ción de su ayuda, pues formaba parte del compromiso evitar un tratamiento caricaturesco y desinformado, que a su juicio resultaba singularmente escanda­loso en el caso de Kant y otros pensado­res modernos[10].

Hoy, a principios del siglo XXI, las horas dedicadas a historia del pensa­miento han desaparecido o están desapareciendo no sólo de la enseñanza secundaria sino de la universitaria (salvo las Facultades dedicadas monográfica­mente al asunto, que a su vez se encuentran amenazadas de cierre por escasez de matrícula), y los planes docentes se dirían nacidos de combinar a Comte con Wittgenstein, aprovechando que la de­mocratización de la enseñanza superior impone acortar el plazo de espera desde el título hasta la primera colocación. Por lo demás, que las aulas hayan sufrido —como los aeropuertos o la carretera— un proceso de masificación y estandariza­ción les viene de no ser ya espacios mi­noritarios o privilegiados, cosa aceptable para el demócrata a despecho de sus as­perezas prácticas, y no tiene la misma justificación reclamar que la enseñanza se someta a tutela ideológica. Que así ocurra, y cuando el positivismo ha perdido gran parte del previo carisma doc­trinal, indica hasta qué punto cumplió su misión de corporativizar la docencia.

En bachillerato, por ejemplo, se entiende que estudiar historia de las re­ligiones será menos imparcial y útil que estudiar educación para la ciudadanía, cuando hay una excepcional literatura sobre lo primero y apenas dos o tres improvisaciones sobre lo segundo, todas ellas rebosantes de partidismo. En ense­ñanza superior, a ese tipo de asignatura bibliográficamente mísera —aunque só­lo sea por reciente— incumbe demostrar que las Letras se han hecho científicas, dejando atrás sus balbuceantes princi­pios[11]. Los pedagogos se forman estu­diando disciplinas como Gestión de Centros Docentes, los politólogos se ilustran con Ciencia de la Administra­ción, y los economistas reducen a un curso la evolución del pensamiento eco­nómico tras pasar por una docena de asignaturas econométricas, aunque más de uno sería ya inconmensurablemente rico si los precios fuesen predecibles con ayuda de ecuaciones[12]. Del asalto positivista al sentido queda un complejo de inferioridad para las Humanidades, abordado con inyecciones disciplinarias que aspiran a asegurar el conocimiento gremializándolo; cuanto más coyuntural sea alguna cuadrícula más tiempo insis­tirá en la asepsia científica de su méto­do, y menos en lo que efectivamente sabe de un asunto.

Por otra parte, la filosofía nunca necesitó patrocinio para existir, y que su historia abandone los planes de estudio no ha acabado con el lector de pensa­miento. Más o menos como de costum­bre en los últimos siglos, aunque soste­nido de modo vigoroso por las posibi­lidades de instrucción gratuita e infini­ta que inaugura Internet, su tipo de pesquisa —y en especial la historia de las ideas— se mantiene como un género a caballo entre lo extravagante y lo exqui­sito, tanto más flexible cuanto que me­nos dependiente de marketing y mono­polio. Hay una nueva generación de crónicas parciales y generales sobre los filósofos ilustres, y templos del prestigio académico como Oxford o el M. I. T. añaden a sus licenciaturas en económi­cas o física nuclear la guinda de un se­mestre sobre idealismo alemán o pensa­miento presocrático.

El papel de la intuición.

Etimológicamente, filosofía y ciencia son disposiciones tan distintas como cierta vocación («amor al saber») y cierto talento («aptitud para anali­zar»)[13], cuya complementariedad lle­vó a reunirlas como cara y cruz de la misma moneda: una ciencia no filo­sófica tampoco sería científica, y una filosofía no científica tampoco sería filosofía, ya que el objeto inalterable de ambas es «entender la naturale­za»[14]. Esto resulta indiscutible lo mis­mo para el racionalista que para el empirista, y no sufre modificación cuando el tránsito de la sociedad cle­rical-militar a la comercial multipli­que espectacularmente los recursos, suscitando por un lado sabios en quí­mica y mecánica, que iban a ser los primeros científicos no filósofos[15], y por otro filósofos hechos a la crecien­te complejidad del orden humano, llamados a ser también sociólogos, antropólogos, economistas y psicólo­gos. El progreso general del saber se manifiesta paradigmáticamente en que aparezca al fin el observador, una proeza ocurrida a finales del XVIII, cuyos ecos llegan hasta la física relati­vista y el principio de incertidumbre.

El responsable inicial de ello es Kant, que con precisión de orfebre, traduciendo uno por uno los modos de ser en modos de pensar, demuestra cómo nuestra mente «legisla» sobre todo cuanto observa. En cualquier momento previo este hallazgo habría dado alas al escepticismo[16], sugirien­do que estamos inmersos en una bur­buja solipsista; pero Kant se aplica a pinchar esa burbuja con el estilete de un nuevo sentido crítico, que al con­vertir en consciente la estructura in­consciente nos despierta del «sueño dogmático». En vez de seguir pontifi­cando sobre la «cosa en sí», la actitud científica consistirá en examinar las cosas como «fenómenos»[17], reuniendo pacientemente las noticias sobre cada una hasta obtener una representación no ingenua o «acrítica», donde la dis­tancia estética permite distinguir cer­tezas a priori y certezas a posteriori, moldes perceptivos y objetividad.

Por otra parte, pasar de ontología dogmática a fenomenología descrip­tiva elevó exponencialmente la com­plejidad del discurso, que ya era den­so antes de Kant y que a partir de sus primeros discípulos —Fichte, Schelling y Hegel— se torna casi críptico, no ya para el lector culto sino para bastantes profesores de filosofía, con­sumando un giro de tuerca compara­ble al que se impone en aritmética cuando pasamos de ecuaciones linea­les a las de grado superior. Comte, por ejemplo, decide en 1850 leer a Kant pero descubre al poco que es incapaz de hacerlo sin desasosiego, pues la perspectiva crítico/epistemo­lógica —le impone examinar todos los asuntos como una amalgama de con­ciencia y conciencia de sí, introdu­ciendo un álgebra conceptual no ex­plicada en los programas de su Escue­la Politécnica Superior. El antídoto para discursos abstrusos y paralizantes será lo «positivo», una actitud donde el arte analítico personal pueda suplirse con la mecánica del método, calcada a su vez sobre la racionalidad que tan eficazmente está revolucio­nando la manufactura del algodón, el acero y otros bienes indiscutibles.

La reforma positivista no prende en el ámbito anglosajón hasta las pri­meras décadas del siglo XX, cuando Inglaterra y Alemania llevan casi un siglo siendo académicamente hegelianas; y la Gran Guerra ofrece argu­mentos adicionales al escandalizado ante la tesis de que «todo lo real es racional y todo lo racional es real». Pero el neopositivismo no la rechaza por motivos sentimentales —como los del romántico y el apocalíptico—, sino considerando que el pensamiento es reductible a sintaxis lingüística, y que la lógica matemática puede depurar (clean up) el habla natural de «hipo­tecas metafísicas»[18]. Tanto la raciona­lidad como la irracionalidad del mun­do son fruto a su juicio de la misma falacia «monista», que ve en el mundo un fenómeno interconectado cuando cabe entenderlo desde el «pluralismo», como un conjunto de hechos independientes en vez de interdependien­tes[19]. El primer Wittgenstein consi­deró que bastaba a tales efectos «re­petir las proposiciones de la ciencia natural» y callar sobre «lo místico», si bien Russell se lanzó a crear un lenguaje «atómico» y acabó enfren­tado al hecho de que expresar lo sim­ple sin metafísica conlleva una extre­ma prolijidad[20].

El atomismo lógico fue a su vez la antesala teórica para la mecánica cuán­tica, una disciplina que enfrentada a la conducta de entidades inauditamente pequeñas y breves, sólo accesibles para instrumentos muy sutiles de observa­ción y cálculo, se decidió a codificar «nociones ajenas a toda idea mental»[21] y puso así en marcha la segunda ciencia no «monista». Dicha orientación acaba­ría haciéndose hegemónica, aunque no sin suscitar antes los encendidos debates del V Congreso Solvay (Bruselas, 1927), sede para la más deslumbrante colección de genios físico-matemáticos jamás reunida. Pauli, Schrödinger, Lorentz y De Broglie se mostraron «decepciona­dos» por algo que, según el primero, desembocaba en «una disolución de la realidad física como concepto», y Einstein rozó la desconsideración espetando al joven Heisenberg que el «embrujo del cálculo matricial es una maquinaria profética a la cual somos incapaces de con­ferir un sentido claro». Años después es­cribirá a Russell diciéndole que no «po­demos arreglárnoslas sin ‘metafísica’»[22], so pena de renunciar también al pensa­miento en sentido fuerte o intuitivo, conformándonos con una idea del objeto físico como suma de mediciones.

Medir es evidentemente crucial en física matemática, pero los sabios reuni­dos por Solvay no discutían tal obviedad sino qué debería entenderse por «teóri­co», un término derivado de divino (tbeos) y concepto (boros), tradicionalmente sinónimo de luz proyectada sobre algo hasta entonces oscuro. Teoría lleva­ba dos milenios siendo un modo lumi­noso de intuir cómo «las cosas partici­pan unas de otras»[23], que invariable­mente valía para el conjunto del mundo y ampliaba su sentido, entendiendo por sentido alguna razón de ser previamen­te omitida. La teoría de la relatividad, por ejemplo, es a despecho de sus com­plejidades y sutilezas una construcción perfectamente intuitiva, que entre otras cosas anticipa una incurvación del espacio/tiempo proporcional a su masa/ energía[24]. En contraste con esa tradi­ción, la mecánica cuántica se permitía ser «local» en vez de universal, y propo­nía un nuevo significado para intuitividad: esquema predictivo «no contradi­cho por los hechos». Pero si bastaba no ser desmentido por las observaciones ¿qué distinguía a esas teorías de la probatio diabólica inaugurada por el inqui­sidor medieval, donde la carga de la prueba se desplaza desde quien afirma a quien niega?

El debate entre intuitivos y neointuitivos inaugurado en 1927 condujo a un triunfo creciente de los segundos, mientras unas pocas eminencias —inicialmente De Broglie y Bohm, más adelante Feynman— mantenían su disconformidad e iban pareciendo con ello cada vez más extravagantes, hasta que medio siglo des­pués la generación de Haken, Mandelbrot, Smale y Prigogine mostró la posibi­lidad de teorizar otra vez en términos clásicos. El trasfondo de la cuestión no era discutir que los datos del dominio subatómico fuesen conocimiento, sino hasta qué punto eran un salto cualitativo en nuestra comprensión del mundo. «La naturaleza ama ocultarse», había dicho Heráclito, y con los neointuitivos renacía la arrogancia del dogmatismo filosófico, tanto más robusta cuanto que emancipa­da de explicarse mediante ideas. Al plan­tear como hallazgo teórico cualquier sis­tema de medidas «no contradicho por las observaciones», el físico de partículas se sentirá llamado a declarar periódicamen­te que la naturaleza dejó de ser esquiva, y los enigmas tienen sus días contados[25].

En el terreno que Hume llamó cien­cias del hombre, esa aspiración a clausu­rar el enigma es bastante anterior y se relaciona con la tesis positivista de que lo social puede reducirse a lo estadístico, lo matemático a lo lógico, lo mental a lo químico, lo jurídico a lo económico, el pensamiento a la gramática y el curso del mundo a «leyes» del desarrollo. No hay duda de que relacionar entidades de tipos distintos amplía el conocimiento, aun­que esto se consigue ahora simplificando drásticamente las entidades y los tipos —como empieza por hacer Comte cuan­do analiza la «metafísica» ciñéndose al pensamiento jacobino—, y resulta así que el programa de llevar las cosas desde su por qué a su cómo permite en la prácti­ca omitir esto último. Los antiguos decían amor ventas, amor rei (amar la ver­dad es amar la cosa concreta), y una ironía objetiva hace que el pormenor le sobre menos a quienes teóricamente se desentendieron de él —los «metafísicos»— que al concentrado en sus «hechos».

El fruto intelectual más destacado de esa reducción en cadena es el historicismo, una reviviscencia del discurso profético que a mediados del XIX se bifurca en los programas de la sociocracia, la so­ciedad sin clases y el darvinismo social, tres modos parejamente simplificadores de plantear nuestro destino. Sus videntes se remiten directa o indirectamente a Hegel, de quien ha partido la revolucio­naria versión del ser como devenir y del movimiento como evolución; pero Hegel planteó una filosofía del a posteriori, don­de lo verdadero llega siempre como resul­tado y entender significa «dejar que las cosas se expongan a sí mismas», mientras sus epígonos se afanan en someter el fu­turo a alguna camisa de fuerza. Saben qué ocurrirá, y en función de qué, sin necesi­dad de esperar a la obra poética de cada tiempo, y sin necesidad tampoco de pro­fundizar en lo ya vivido hasta aprender de ello[26]. Tanto han reducido las «condi­ciones» que interpretan la dialéctica hegeliana del amo y el siervo fantaseando con una evolución detenida, como si de­rogar formalmente la esclavitud, por ejemplo, aboliese la superioridad e infe­rioridad relativa de individuos y grupos, cancelando la lucha ancestral por el reco­nocimiento. Si pusiese en práctica la dic­tadura sociocrática, o la del proletariado, el ser humano dejaría de condicionar su vida al prestigio.

El discurso de la analogía.

¿Qué actualidad conserva la tradición filosófica? A mi juicio, ser el prototipo del pensamiento que analiza los deseos antes de ponerse al servicio de alguno, y que directa e indirectamente amplía un margen de elección reducido en otro caso a 0 o 1. La lógica formal se ahorra parado­jas declarando que «la tautología es in­condicionalmente verdadera, la contra­dicción no es bajo ninguna condición verdadera»[27], aunque con ello deba defi­nir el cambio como contradicción y va­ciar de contenido cualquier enunciado, atribuyendo la misma validez a que tales hombres son rubios y tales otros son es­clavos. Tras inventar ese formalismo, que excluye por principio la obra del tiempo, la tradición filosófica se esforzará por completar la lógica sólo formal con una lógica sustantiva, donde la contradicción funda sentido y la proposición de que algunos hombres son esclavos significa que no son hombres. Lo común a su es­fuerzo será intentar captar la acción coa­gulada en cada hecho, devolviendo al lenguaje su capacidad para trascender la fijeza y el aislamiento de sus términos, cosa en definitiva idéntica a minar los pilares del fanatismo.

Por lo demás, nada se acerca a la dificultad de pensar el movimiento, que impone perfiles borrosos a todo lo mo­vido y se mantiene invisible como im­pulso, sembrando el horizonte de relati­vidad e incertidumbre. De ahí que la idea de naturaleza —algo que «descansa cambiando», como «polvo bellamente esparcido al azar»[28]— fuese y sea una im­piedad para la revelación ancestral de dos mundos, el verídico o fijo y el móvil o ilusorio. Un universo verídico y móvil no hace acto pleno de presencia hasta los físicos presocráticos, que denuncian la contaminación del pensamiento por el deseo y llaman a contemplar el medio desapasionadamente, porque «la verdad clara y cierta nadie la ha visto»[29]. Tam­poco se habían resuelto hasta entonces algunas sociedades a estatuir democracias en el predio de las aristocracias heredita­rias, y para contextualizar el nacimiento de la filosofía nada es tan ilustrativo co­mo recordarlo. Sentirse libre intelectual­mente hizo justicia a serlo políticamente, consolidando al tiempo igualdad jurídica y curiosidad científica[30].

Los físicos griegos se habían resuelto a observar por observar, desunciendo a la inteligencia de funciones edificantes, y al esforzarse por pensar el movimiento to­paron de inmediato con el sentido de la muerte. Génesis contempla la suerte de Adán y Eva como algo no decidido hasta rebelarse, y ver en su condena un hecho contingente acabará permitiendo que cristianos e islámicos conciban la muerte como mera apariencia, contradicha por el ingreso de cada individuo en una eter­nidad celestial o infernal. Ya mucho antes, y en todos los continentes, florecían y florecen altares paganos dedicados a re­poner ofrendas de líquidos y sólidos para los difuntos, cuya existencia fantasmal no les ahorra frugales colaciones. Unir la finitud a la vida individual sin patetismo, como el color con la extensión, no ocurre en realidad hasta que lo divino deje de ser algún amo subjetivo y pase a concebirse como la vida en cuanto tal.

El filósofo se encuentra tan estreme­cido como el resto por el hecho de que nuestro ser sea prácticamente un estar, concluido por lo general entre estertores. Sin embargo, no comulga con quienes ven en la muerte un castigo —y menos aún una mera apariencia—, porque ve en ella a la vida misma renovándose, cuya astucia es empujar sin contemplaciones al mejoramiento o la extinción de cada cepa[31]. Platón, grandioso como mitógrafo y constructor de conceptos, tiene to­davía un pie en el discurso de los dos.— mundos, que le mueve a ver en la corpo­reidad una cárcel para lo anímico, y en la obra del tiempo un predominio abruma­dor de la aniquilación sobre la creación. Aristóteles tiene ya ambos pies en el cul­tivo de la inferencia, y aprovecha los análisis del maestro para ofrecer la pri­mera teoría ni lacrimosa ni maníaca del devenir, que pasa de individuos castiga­dos por la finitud al proceso de una na­turaleza viviente o autoorganizada, cuyos estados pueden y deben captarse como momentos.

Donde reinaba la disyunción entre cuerpos y almas él propone investigar una dinámica de materias y formas, dos no­ciones hoy nucleares para el lenguaje científico que construye aprovechando una pareja de términos hasta entonces sólo coloquiales: una hylé sinónimo de madera (en su acepción de «combusti­ble»), y una morfé sinónima de figura o aspecto. La materia se precisa al recibir forma; la forma se multiplica al recibir materia, y desde los átomos en adelante nos será imposible encontrar otra cosa que materias más o menos informadas, cuya simbiosis con el movimiento les impide ser enteramente «las mismas para sí mismas». El contenido racional de cada entidad es aquello que tiene de existencia determinada, no ya piedra o caballo sino qué tipo de piedra y caballo, y —dentro de esos tipos— qué individuo concreto o actual está siendo considerado.

La identidad de todo lo abstracto parte de guardar proporciones inaltera­bles, como los 180 grados que suman siempre los ángulos de un triángulo. La identidad «hilemórfica» descansa sobre el metabolismo de un universo insondable­mente preciso, donde van apareciendo abortos junto con animales cada vez más aptos para procesar datos y reproducirse, en los cuales la caducidad personal no sólo garantiza la pervivencia sino el desa­rrollo de sus respectivas especies. Para discurrir sobre el reino de lo tautológico —como hacemos al separar almas y cuer­pos, mundo inteligible y mundo sensi­ble—, basta el «o esto o aquello» del juicio excluyente; pero el ámbito físico incluye cosas realmente concretas en vez de sólo aludidas o imaginadas, cuya comprensión desborda los confines del razonar disyuntivo y exige añadirles relaciones de analo­gía, tomando en cuenta «esto, aquello y lo demás»[32].

Al repasar la obra de sus predeceso­res, Aristóteles observa que nuestra pri­mera proeza intelectual fue organizar lo abstracto, presentando el ser y el pensa­miento como conceptos o determinacio­nes puras, y deduciendo de ello que el devenir es una ilusión[33]. Ese discurso se independizó con ello de los tópicos reli­giosos y puso los cimientos de la coheren­cia que es la lógica elemental. Con todo, un saber que dejó de estar dominado por el deseo quedaría a mitad de camino si no aprovechase las relaciones descubiertas en lo abstracto para regresar a lo concreto, pasando del mundo ideal al real, del dog­ma a la historia. Lo notable del caso es que volver desde las esencias puras a las existencias le exige relativizar su propio hallazgo inicial —el principio del tercero excluso (A es A o B, nada más)—, com­prendiendo que guía unas veces y extravía otras, porque cualquier cosa determinada enseña algo no sujeto a las fronteras del sí y el no, donde operan ilimitados ter­ceros o términos medios. Esos terceros mantienen la continuidad en el seno de lo aparentemente discontinuo, permi­tiendo transitar de la lógica binaria a las infinitas posibilidades y graduaciones de lo existente[34].

Más aún, sólo relativizando la regla del tercero excluso estará también la in­teligencia a cubierto de la terca voluntad, que renueva versiones maniqueas del acontecer desde los altares de la súplica y el artículo de fe. De ahí que no haya una ciencia contrapuesta a la mera opi­nión, sino un «sistema de las ciencias» fundado en el rasgo más azaroso y ma­nifiesto del mundo, que es sobrepasar sin pausa al individuo concreto pero descan­sar sobre individuos concretos, humanos o no. Ser lo frágil por excelencia invita a suponer que la individualidad es siempre resultado y nunca principio, pero seres determinados son la «substancia» prima­ria en todos los rincones del universo, y suponer cosa distinta debe atribuirse a nuestras dificultades para percibir el mo­vimiento, cuya consecuencia es una in­clinación a sustantivar lo adjetivo. La fuerza, la verdad y la belleza serían infi­nitamente superiores a cierta roca o un pájaro, aunque ningún epíteto se acerca al contenido implícito en el más evanes­cente y minúsculo de los seres reales, que es una naturaleza desdoblada en subjeti­vidad y objetividad.

Sólo lo redundante es comprimible.

Cuando Hegel actualice el Corpus aris­totélico y lo presente como teoría general de la evolución, todos los círculos cultos empiezan acogiendo con entusiasmo su lógica «especulativa»[35], que invita a in­vestigar el sentido autónomo de la histo­ria natural y la humana, cuando hasta entonces la esencia y la existencia se per­mitían divergir. Sin embargo, la complejidad que acababa de reconquistarse no tardará en despertar las pláticas del pro­feta historicista. El sistema de las ciencias casaba muy mal con el progreso de la especialización, y a lo arduo de pensar el movimiento se añadía el vértigo de ad­mitir que no sólo debemos estar abiertos al cambio en las cosas sino en nuestros esquemas de juicio, imponiendo una autocrítica ajena a la racionalidad del creciente edificio corporativo. Tan arrai­gado estaba aún el criterio de lo verda­dero y lo falso como estaciones distintas que la propia dinámica de materia y for­ma —un expediente para evitar la duali­dad de mundos— acabará suscitando la más dogmática de las disputas: aquella donde debemos elegir entre materialismo y formalismo. Cualquier cosa antes que renunciar a una victoria de la recta vo­luntad sobre la sinuosa inteligencia[36].

Ya en nuestros días, la lógica del ter­cero excluido ofrece la expresión más rotunda de su capacidad y de sus límites gracias al ordenador, que partiendo de la opción 0—1[37] calcula con velocidad in­audita, almacenando y moviendo paque­tes de datos con precisión no menos inaudita. Todos estábamos convencidos de que despejar ecuaciones de cuarto grado, o ser el jugador de ajedrez más fuerte del mundo eran empeños menos sencillos que trasladar el sentido de cual­quier frase desde una lengua natural a otra, y no cambiamos de criterio hasta ver a nuestros colosos electrónicos sumi­dos una y otra vez en errores infantiles al intentar hacerlo. Sin embargo, esa cons­tatación nos devuelve a la diferencia en­tre abstracto y concreto, lo primero accesible al análisis disyuntivo y lo segundo al analógico, pues cualquier cosa real no es sólo una nube infinita de detalles sino una totalidad específica, cuyo significado se evapora cuando lo sujetamos a algún término medio único[38]. Tan humilde parecía el intérprete, y resulta que mane­ja tiempos y espacios dispares, combi­nando complejidades abrumadoras para el más eximio calculista.

Proceder comprendiendo en vez de comprimiendo[39] sitúa al traducir en las antípodas del reducir, y cuando nuestros procesadores empiecen a conseguirlo las lenguas darán un paso sustancial desde la opacidad a la transparencia, ofrecién­dose unas a otras sus hallazgos singulares y multiplicando el intelecto general en una medida comparable a la derivada de generalizar la educación. Con todo, re­conocer la diferencia entre compresión y comprensión resulta más urgente aún en otras esferas para compensar el hecho de que algo tan admirable como institu­cionalizar el conocimiento amenace con ahogarlo de éxito, inspirando en cada disciplina programas de investigación cuya premisa es ella misma como logro definitivo. En tales circunstancias, y para aplazar el óbito por infatuación gremial, lo más estimulante se diría no olvidar que «el único método científico es apren­der por sistema de nuestros errores, en primer lugar atreviéndonos a cometerlos al formular ideas»[40].

Allí donde el método sea algo distin­to de la libertad responsable —una integral de autonomía y esmero— apostamos de modo más o menos consciente por una fosilización del saber, que el crédulo abra­za como verdad absoluta y el avispado como capilla para promoverse, sancionando en ambos casos una empresa pro­gresivamente solipsista[41]. El filósofo, por su parte, ha tratado tradicionalmente de amortiguar ese círculo vicioso con el sólo sé que no sé nada, donde por una parte reconoce que cualquier individuo llega siempre tarde a lo cumplido por el mun­do, y por otra insiste en que el modo óptimo de adquirir y ampliar experien­cia es esa rectificación sistemática que la cibernética acabó llamando bucle ne­gativo de realimentación[42]. Así como ser indulgentes con el error ajeno aten­ta menos contra la ecuanimidad que consentirse el propio, la salud de la ciencia depende más aún de su capaci­dad autocrítica que de la meramente crítica, y todo progreso del conocimien­to es directa o indirectamente tributario del hallazgo socrático: no cerrar nunca nuestras cuentas con lo real.

Los acusadores de aquél ateniense vieron en dicha decisión un desafío a la uniformidad de criterio y procedimiento, que sólo podría desembocar en una grave alteración de los valores. Cuando el pa­ganismo se transforme en monoteísmo, muchos Padres de la Iglesia reivindicarán a Sócrates como un santo casi cristiano, por más que durante milenio y medio toda ciencia quedase atada a la fe como una sierva (ancilla), útil sólo mientras no osara contradecirla. Con la secularización volvieron en principio a abrirse nuestras cuentas con lo real, pero a la decadencia de la ortodoxia teológica siguió un auge progresivo de ortodoxias laicas, no menos exigentes por lo que respecta a uniformi­dad de líneas y métodos. La rama román­tica de la Ilustración, con Rousseau como nuevo Moisés, iba a preparar el terreno para el primer experimento totalitario mientras buscaba un antídoto para la crisis del modelo clerical—militar, erosio­nado por el prosaísmo de las sociedades comerciales. Centrada en las bondades de la vida salvaje, su nostálgica filosofía de la historia universal presentó lo competitivo de la modernidad como extravío, sólo remediable a fin de cuentas con una ex­propiación generalizada.

La enseñanza laica empezaba enton­ces a convertirse en núcleo de una corpo­ración planetaria, y combinar las perspec­tivas del ideólogo-demagogo con las del especialista socavó los cimientos del filó­sofo-científico. Sostenido antes sobre la ambivalencia del sabio y el corruptor, en lo sucesivo iba a cargar' con la etiqueta de personaje anacrónico, heredero de una tradición definible como diálogo de sor­dos y extravagantes, donde nadie había acertado a definir una manera lo bastante unívoca y práctica la felicidad colectiva. Este reproche anima no sólo a los herede­ros de Rousseau sino al inverso sentimen­tal de esa actitud que representa el civili­zado utilitarista, urgidos ambos a encon­trar' recetas de salvación ante la tormenta desatada por la gran industria, cuyo inge­nio dejó atrás las penurias de no producir lo bastante descubriendo las angustias de producir en exceso.

Sin embargo, es también entonces cuando aparecen las primeras historias informadas del pensamiento, que al rela­cionar cada concepción del mundo con su época habilitaron el veneno más sutil para el simplismo, mostrando —para em­pezar— cómo hasta el más ignorante de los iluminados contribuye al progreso de la ilustración[43]. El saber histórico, ampliado muy poco a poco desde la crónica de pa­lacio a otros entornos, transforma la in­mensidad de cada presente en un elemen­to algo menos inabarcable gracias al filtro del olvido, cuyo residuo es una experien­cia no por inactual menos empírica. Aprendemos del pasado lo inaccesible para el amnésico, que es fundamental­mente capacidad analógica, amplitud de juicio, y aunque la historia de las ideas sea sólo una parte de la general no por ello deja de ser aquella donde el recuerdo es experiencia del saber en particular, punto de partida privilegiado para preguntarnos sin ingenuidad qué pudiera tener el mun­do de cosa pensada, y el pensamiento de espíritu concreto. Esa parte de la memoria contiene la «galería de héroes que acumu­laron para nosotros el tesoro supremo del conocimiento racional»[44], e ignorarla equivale a prescindir de lo más próximo a un atlas de la inteligencia discursiva.

La vaciedad del método.

Hace algo más de medio siglo, fue preci­samente la Historia del pensamiento occi­dental de Russell lo que me llevó a este campo de estudio, y en el crepúsculo de la vida constato que abarcar dicha materia ha ocupado gran parte del tiempo y las energías. Quizá predestinado por la tara del daltónico, que debe ver la clorofila y el fuego por sus contornos[45], ir llenando los vados de la ignorancia me obligó a identificar la investigación con la recons­trucción y a componer genealogías sobre asuntos muy diversos, pues no logro en­tender realmente cosa alguna hasta ser capaz de trazar su concepto hacia atrás y hacía delante, en términos cronológicos, añadiendo a cualquier asunto general un cuadro de peripecias particulares, consu­madas en todo caso por personas singula­res. Otros intelectos sacian su curiosidad sobre esto y aquello sin verse obligados a restaurar los paisajes del tiempo, aprove­chando conceptos como estructura y fun­dón para organizar su materia en términos taxonómicos, que ordenan las cosas por clases y subclases.

Comparado con el esfuerzo de re­construir, es diametralmente más sencillo y directo clasificar por tipos ideales. Y a tal punto es así que para el comprometido con lo primero el único consuelo es com­probar la diferencia entre unas y otras conclusiones, porque las ventajas del taxonomista le acercan también a un cultivo sistemático del tópico, haciendo que una película evanescente separe su doctrina de la obviedad. Véase, por ejemplo, cómo Bentham —padre de la taxonomía en sen­tido moderno y fundador del positivismo jurídico—, tuvo «cierto día» la «revelación» de que lo útil es el placer, y el placer es lo deseable (desirable). Nadie dirá lo contra­rio, pero ver en ese lugar común un rapto de profundidad conceptual se hace al pre­cio de sustantivar un adjetivo, velando con lo deseable aquello efectivamente de­seado por la especie humana, un campo donde la abundancia de iniciativas orien­tadas hacia la mortificación (tanto ajena como propia) invita a no banalizar en materia de felicidades.

Una hegemonía pareja de lo deseable sobre el deseo actual se logra conviniendo las disputas teóricas en preferencias me­todológicas. Actitudes como el idealismo o el empirismo se reparten por periodos definidos, y pueden aún estudiarse aten­diendo a sus respectivas genealogías, co­mo hacemos con valles, ríos, nubes e incluso cultos. Cuando examinamos los paquetes de información llamados organicismo, funcionalismo, estructuralismo o estructural-funcionalismo, en cambio, se hace manifiesto que ofrecen pautas para distribuir las cosas antes de encon­trarnos con ellas, y «al sustantivarse e independizarse de los fenómenos confluyen en alguna receta dogmática donde se da ya por sabido lo que se trata de averi­guar»[46]. En otras palabras son sistemas de autorreferencia tanto más absolutos cuanto absueltos de participar en el mo­vimiento[47], que persisten borrando sus determinaciones históricas para presen­tarse como algo más próximo al teorema que a una fenomenología descriptiva. En este terreno «no hace falta decir nada so­bre la naturaleza para propagar un esque­ma merced al cual las personas aprueban exámenes, y enseñan a aprobarlos, sin necesidad de que nadie aprenda o sepa cosa alguna»[48], pues «los problemas se dejan intactos cuando resultan incompa­tibles con los métodos»[49]. Su título de honor profesional es presentar a título anónimo invenciones personales, y en términos cosmopolitas las cábalas de tal o cual territorio, como si deslocalizar el aquí y el ahora fuese el testimonio de una madurez intelectual superior, pedagógi­camente preferible[50].

Si me atrevo a reconsiderar la historia del pensamiento es entendiendo que cada época está llamada a precisar qué le resta de vigencia, y porque nuestro horizonte se ilumina cuando dejamos de escindirlo en una historia de la ciencia y una historia de la filosofía, como hacen hoy nuestros manuales. Intento, pues, poner de relieve lo común a cultivadores del espíritu e in­vestigadores de la naturaleza, y por el ca­mino concreto de precisar sus aportacio­nes al arte analítico. Vengan del espiritualismo, del naturalismo o de variantes in­termedias, los hallazgos de ese saber han venido siendo las patentes admisibles en nuestro registro del sentido, y sin el hilo que proporciona su sucesión quedaríamos librados al enjambre de circunstancias personales unido a cada inventor, o a la uniforme masticación de cada taxono­mía. De ahí que mis Apuntes sobre historia del pensamiento dediquen poco más o menos el mismo espacio a Parménides, Spinoza y Heidegger, por ejemplo, que a Ptolomeo, Newton y la llamada teoría del caos. Su objeto es más bien demostrar que la capacidad para hacer un tonel, trazar un mapa, descubrir un nuevo ar­gumento, aislar un microbio o describir fielmente un clima de opinión son todos ellos modalidades de análisis, y deberían considerarse partiendo de esa unidad pri­maria.

Por otra parte, la historia del análisis ha sido tratada con una amplitud y un rigor documental admirable —sobre todo por sabios y eruditos del XIX y principios del XX—, y si algún sentido tiene añadir una obra a este género es atendiendo a que dichas exposiciones se detienen tiem­po atrás, carecen del formidable instru­mento representado por Internet y suelen sancionar el dualismo filosofía—ciencia. Volver sobre el tema, sin pretensión algu­na de exhaustividad, tiene el estímulo aún más decisivo de ser una ocasión privilegia­da para que la asimilación memorística del tema se vea llamada a la responsabili­dad de cavilar por sí mismo. Nada parece más eficaz para insistir en esa responsabi­lidad que promover desde el principio un contacto de primera mano con cada genio analítico, pues atender a expertos en cada uno dispararía la extensión[51] e incluso entonces sería groseramente infiel a la for­midable cantidad de monografías sobre pensadores y corrientes.

En 1985, cuando redacté el primer esquema de esta investigación, había cier­to equilibrio dentro del profesorado entre multidisciplinarios y unidisciplinarios, y era reciente el último gran brote de pen­samiento fuerte —la llamada teoría del caos—, cuya propuesta de reanudar el diá­logo entre ciencias humanas y naturales fue recibida con un silencio sepulcral por los instalados en el especialismo. Me fal­taban todavía años para sopesar el alcance de aquella revolución epistemológica, pe­ro a medida que fui entendiendo, y reme­diando de paso una crasa ignorancia sobre pensamiento económico, más evidente se hizo una observación de Schumpeter. A saber: que las concepciones del mundo pueden describirse como tránsitos de un paradigma a otro, aunque entre ellas sólo hay saltos o discontinuidad cuando no nos hemos acercado lo bastante a su por­menor, pues ampliar la información sobre un asunto depara invariablemente algo más próximo a procesos que no son li­nealmente graduales, pero tampoco dis­continuos.

A ello se ligaba comprender que toda exactitud predictiva nace de una idealiza­ción previa, pues en otro caso las cosas irán haciéndose a sí mismas y desafiando cualesquiera predicciones. Por lo demás, si no dispusiésemos de la válvula que re­duce las impresiones a modelos cada sin­gularidad nos aturdiría con su torrente de meros datos. De ahí que estandarizar y narrar sean actividades tan dispares como la matemática y la historia, el corolario definitivo y la realidad inconclusa, aunque complementarias también a la hora de arrojar luz sobre un mundo que al ideali­zarse consagra el principio de inercia, y mirado en términos realistas ofrece más bien procesos homeostáticos o autorregu­ladores. Por duro que sea combinar ambas perspectivas, ni hay otro camino ni pro­cede olvidar que lo hemos recorrido ya en brillante medida, hasta construir para el ingenio un medio equivalente a la atmós­fera para el ser vivo.

Gracias a ello, la especie ha podido ampliar no sólo su dieta de proteínas sino el volumen de alimento específicamente intelectual constituido por noticias au­diovisuales, que reparten a manos llenas tanto razón observante como el más pu­ro sucedáneo de tal cosa. Buena parte de la humanidad no puede ya dormirse sin el arrullo del televisor encendido, y en tales circunstancias es trivial lamentar que el pensamiento filosófico se haya hecho preferentemente parnasiano o «débil», en el sentido de Vattimo o Eco, pasando por alto cuántas veces se consideró fuerza conceptual la rudeza bombástica del ig­norante o los oximorones del relamido. Por fortuna, ni lo educadamente débil ni lo enfático tienen preferencia en la red informática, que siendo el hecho decisivo para ampliar los reinos del pasatiempo pone también al alcance de un doble clic el intelecto objetivo llamado nous poieticós por Aristóteles, dejándonos librados a de­cidir qué buscaremos y con qué actitud en la inmensidad recién abierta de par en par. Donde había unos pocos, o incluso un solo libro, florecen gratuitamente de­cenas de millares, y nadie sabe (salvo el futurólogo) qué podría salir de ello a me­dio y largo plazo.

Sociológicamente, lo coetáneo a estas transformaciones es un número jamás visto de profesores liberados, cuyo deber es estudiar sin desmayo para instruir a un nuevo pupilo que ha dejado de ser un diletante y debe asegurarse con los cono­cimientos adquiridos un sostén hasta su último día, arropados ambos por una Uni­versidad convertida en oficina de empleo masivo. La sociedad postindustrial de ma­sas ha jubilado el modelo que se apoyaba fundamentalmente sobre los músculos del inferior por nacimiento, al descubrir un activo mucho más rentable en procesos de innovación asumidos democráticamente que espiritualizan el músculo, ofreciendo entre sus últimos hallazgos una realidad virtual donde trabajan quizá dos de cada tres personas en las áreas más desarrolladas. Por razones inversas a las que impusieron el sacrificio del individuo en periodos de ira irresistible, la individualidad es muy poca cosa comparada con el anónimo mecanismo puesto en marcha para con­seguir que el poder adquisitivo no deje de crecer, sosteniendo así la inaudita movili­zación general.

Un poder adquisitivo sin retrocesos necesita producir sabios en esto y lo otro, por caminos directos o indirectos, o el paro acabará redundando en una victoria de los precios sobre los ingresos, como la que reinó antes de surgir la sociedad in­dustriosa. El satírico capta en ello una creación taylorizada de televidentes estul­tos, pero quienes desde dentro o fuera del sistema se atienen a ese resultado serán ecuánimes no cerrando los ojos a que el antiguo amor por el conocimiento en abs­tracto solo ha entrado en crisis como tó­pico. En efecto, este amor renace objeti­vado en el hecho de que una ciencia más o menos práctica nos permita vivir hoy a casi todos, convirtiendo la institución de enseñar y aprender en lo más universal y sólido. Nunca estuvimos más cerca de ser animales racionales, y sólo la trivialidad opondrá a ello que tampoco hayamos co­nocido una pleamar comparable de apues­tas a la baja y vulgaridad combativa, para­lela al hecho de que la sotana curil haya evolucionado hacia batas blancas y otros uniformes, todos ellos comprometidos con exigir del pensamiento algún peaje consolador para el pobre de espíritu.

Quizá el ser humano no pretendía verse urgido por caminos tan inexorables a la maestría en un oficio, o al puesto al­ternativo de peón, y si las cosas se resol­vieran atendiendo al deseo consciente quizá habría optado por algo menos de confort a cambio de menos agonismo. Pero sería ingenuo imaginar que una co­ordinación de estructuras disipativas como el actual reino físico pueda sujetarse a de­signio singular alguno, a despecho del esfuerzo titánico asumido en ese orden de cosas por los totalitarismos. Dentro de la ingobernable autorregulación, lo alenta­dor a mi juicio es que el peaje maniqueo impuesto al pensamiento, con un pretex­to u otro, ya no encuentra su acostumbra­da subvención cuando el buscador ofrece a nuestra curiosidad un rectángulo en blanco. Se diría que la catequesis clerical y laica tocó techo combinando la activi­dad del experto en malestar social[52] con una ciencia aspirante a la dictadura «em­pírica», dos ramas casi opuestas que al pactar un reparto de la ética y el regla­mento mantuvieron sujeta a reglas la for­mación de criterios y la acumulación de conocimientos. Me gustaría serle de pro­vecho al lector mostrando que la filosofía tiene tanto de técnica como la geometría, aunque otra parte de ella sea puro y sim­ple humanismo, pues esa técnica quizá le haga más capaz de enfrentarse con apro­vechamiento a disciplinas donde los con­ceptos capitales se dan por sabidos, aun­que sólo como cabría entender alguna palabra rodeada de términos ignorados. En cualquier caso, lo pedagógico de una historia del pensamiento analítico es sin duda su evolución, y estas lecciones se centran en investigar lo que tuvo cada idea de secuencia, precedida y seguida por otras con arreglo al orden del tiempo. Vi­cio e intangible, a la vez que colmado de nacimientos, cambios y muertes, el deve­nir empieza planteándole al hombre de hoy a qué se debe que la disipación llama­da entropía no haya acabado ya con la existencia, pues esa irreversible disipación se nos hizo patente hace relativamente poco, gracias a la máquina ideal de Carnot[53], de cuyos rendimientos partió el esfuerzo por calcular cuántos años median entre el hipotético big-bang originario y el bastante más próximo apagón cósmico definitivo.

Siendo manifiesto que el orden se degrada espontáneamente, mis Apuntes intentarán acercarse al presente reservando su último capítulo a la termodinámica del desequilibrio, gracias a la cual dejó de ser discutible su capacidad estructurante, y la creación de orden a partir del desorden. Pero a efectos de empezar esa historia, y conociendo ya su provisional término, es quizá primordial recordar que las explica­ciones más perdurables sobre quiénes somos, y qué hay aparte de nosotros, par­tieron en alta medida de aquello que hi­cimos sin querer, o sin saber, a pesar de lo cual fue provechoso para seguir conocien­do y siendo. Leyes, programas y escuelas instruyen al lego y orientan al desorienta­do, aunque la brújula general de nuestra especie apunta hacia esa parte de incons­ciencia que alberga lo propiamente mis­terioso: ¿cuál es la relación entre nosotros y el pensamiento? ¿Nació acaso la inteli­gencia con el homo sapiens?

[1] El cuadrivium comprendía el estudio del número en sí (aritmética), en el espacio (geome­tría), en el tiempo (teoría musical) y en el espacio y el tiempo (cosmología).

[2] El Sistema parte de que «el perfeccionamiento humano depende de progresar en la sumisión» (Pró­logo, IX). La Filosofía de la historia de Hegel cifra ese perfeccionamiento en «consumar la libertad».

[3] Hegel había presentado cuatro edades: 1) la obediente infancia oriental; 2) la insumisa adolescencia griega; 3) la rendición del individuo al Estado que representa el romano y 4) la demo­cracia germánica.

[4] Por ejemplo, el Filosofía y ciudadanía, R. M. Vegas Bodegón, J. F. González Espejo, T. Valladolid Bueno, Oxford Educación, Madrid, 2009.

[5] Fundamentalmente, que la «edad metafí­sica» —un fenómeno prolongado durante dos mil quinientos años, en marcos culturales muy distin­tos— se reduzca a las décadas de historia francesa que preceden y siguen al fugaz reino del Terror. En el Sistema no hay otra «filosofía metafísica» que la línea conducente de Rousseau a Marat, y de él a Blanqui y la Comuna de 1848. Para su coetáneo Tocqueville esa corriente es liberticida, y para Comte «libertaria».

[6] El ideal de Babeuf y Blanqui, que anima la Comuna parisina de 1848.

[7] La dictadura comtiana se basaba en en­tregar todos los poderes a la banca y el ejército.

[8] Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus  6.53.

[9] Iba a ser determinante para que recibiese el Premio Nobel de Literatura, en 1950. El despar­pajo del libro brilla en frases como que «Aristóteles carece de claridad fundamental y fuego titánico» (página 159 de la edición original), y más aún en el hecho de no precisar qué fuentes le apoyan para sostener afirmaciones como esta; «Aristóteles man­tuvo que las mujeres tienen menos dientes que los hombres, y aunque estuvo casado dos veces nunca se le ocurrió verificar esta afirmación examinando las bocas de sus esposas».

[10] Por ejemplo, dedica más espacio al pen­samiento de lord Byron que a exponer la analítica kantiana, un tema despachado desde finales de la pá­gina 646 a mediados de la 648. Sin decir una palabra sobre qué enriende Kant por «cosa en sí», termina el comentario a la Crítica de la razón pura con la si­guiente ocurrencia: «¿Por qué veo siempre que los ojos de las personas están encima y no debajo de sus bocas? Según Kant, ojos y boca existen como cosas en sí, y causan mis percepciones separadas» (pág. 648). A Hegel le imputará «tergiversar los hechos y ser considerablemente ignorante» (pág. 672).

             [11] El estudiante de periodismo parecería llama­do a concentrarse en las artes del trivium —gramática, retórica y lógica—, complementadas con antropología e historia. Pero su diploma es Ciencias de la Infor­mación, lo cual se traduce en un predominio de ma­terias como Teoría de la Comunicación, Estructura de la Comunicación, Estructura de la Información, Teoría de la Publicidad, Semiótica de la Comunica­ción de Masas...

[12] Singularmente llamativo resulta, quizá, la omisión de uno o varios cursos sobre sociología eco­nómica, como sugirieron Schumpeter y Hayek.

             [13] El infinitivo latino scire, «saber», suele re­mitirse al indoeuropeo skei, «dividir».

[14] Feynman, R., Surely you're joking, Mr. Feynman!, Vintage, Londres, 1992, p. 215.

[15] A priori, la única diferencia entre ingenie­ros y científicos es la inclinación de los primeros al funcionamiento de sus ingenios, que podría restar­les imparcialidad.

[16] Los escépticos grecorromanos, por ejem­plo, cifraban la virtud en una independencia perso­nal de criterio, fundada a su vez en la independen­cia infinita del pensamiento (mus).

[17] De faino, «aparecer».

          [18] La principal falacia sería una relación entre pensamiento y ser que el neopositivista plantea como relación entre lenguaje y realidad. Por lo demás, para Hegel la unidad de ser y pensamiento no es algo «dado», sino el motor de un mundo donde «el des­tino de todo lo inmediato es ir siendo abolido». De ahí que la historia sea el «altar de sacrificios» donde la barbarie va negando por sistema la libertad, la virtud y la belleza, sin por ello lograr imponerse a la «ne­gación de su negación» que son grados crecientes de libertad y civismo.

[19] Russell parte en su Philosophy of Logical Atomism (1918) de que «los complejos (completes) presu­ponen a los simples (simples), aunque los simples no presuponen a los complejos». Pronto se verá obligado a admitir que esa idea de los simples carece de apoyo «empírico», y a hacer acrobacias para defenderse de quienes le preguntan qué hay de «conjunto» en un aglomerado de elementos ajenos entre sí, salvo identi­ficando la objetividad con el lugar hacia el cual mira­mos en cada momento.

[20] En el pionero artículo de Russell, Sobre la denotación (1905), por ejemplo, la proposición «el rey de Francia es calvo» se dice «sin monismo lógico» como «(x)(x es rey de Francia & (y) (y es rey de Francia x=y) & x es calvo».

[21]  Si no estoy equivocado, la expresión alien to any mental idea aparece inicialmente en la Mecánica cuántica (1930) de Dirac, que sistematiza la nueva perspectiva. «Idea mental» es un pleonasmo como nieve blanca o plomo pesado, pero esa licencia poéti­ca moderaba la aspereza de decir escuetamente «idea».

      [22] El entrecomillado del término es de Einstein.

[23] Anaxágoras, frag. 6. Desde el «¡eureka!» de Arquímedes hasta la manzana de Newton, el marco de leyenda que envuelve la iluminación teórica subra­ya su componente de evidencia oculta por la rutina. Un súbito golpe de suerte premia la tenacidad del in­vestigador, rasgando las tinieblas con su haz de luz.

[24] «El gran descubrimiento se interpretó como un paso más en el camino del subjetivismo», cuando había demostrado más bien la objetividad de la perspectiva, poniendo de relieve que lo sub­jetivo no es el observador sino la pretensión de un tiempo, un espacio o cualquier otra entidad «ab­soluta» (Ortega, El tema de nuestro tiempo, Tecnos, Madrid, 2002, pp. 186-187).

            [25] Ya lord Kelvin, que fue el primero en in­vestigar el átomo, declaraba en 1898: «La física es hoy un conjunto perfectamente armonioso, ¡un conjunto prácticamente acabado!». En nuestros días el más vehemente defensor de ese punto de vista es Hawking, a cuyo juicio «estamos llegan­do al final en la búsqueda de las leyes últimas de la naturaleza». El más genial de los disconformes, Prigogine, insiste en que «lejos de estar llegando al final de la ciencia, como Hawking sugiere, sólo es­tamos empezando a producir una visión coherente de! universo».

          [26] Si se prefiere, el historicismo es un determinismo, aunque lo bastante comprometido con una tesis voluntarista como para ignorar que toda voluntad implica libertad. Por una parce ha com­prendido que lo real es proceso, historia, pero por otra no logra asumir «que la voluntad es libre como la materia es grave», según aclara Hegel inmediata­mente después de ver en lo real una «vida».

[27] Wittgenstein, Tractatus 4.461.

[28] Heráclito, frag. 84 y 124.

[29] Jenófanes frag. 34. A Jenófanes corresponde también el comentario de que «los dioses nacen, se visten y hablan» (frag. 14).

[30] Según Aristóteles» «asombrarse es reconocer la propia ignorancia, y los primeros filósofos lo apro­vecharon para escapar de ella» (Metafísica, A 982b, 15-20). No nos extraña leer en las Confesiones de san Agustín que «la ciencia es una curiosidad malsana»; pero vale la pena constatar que el Diccionario de la Real Academia Española sanciona esto segundo, al definir asombro como «susto, espanto», y curiosidad como «deseo de saber o averiguar alguien lo que no le concierne». Bien por surgir del pánico, o de la in­discreción, los ánimos conducentes al saber profano serían siempre abyectos.

[31] Las escuelas socráticas, y sobre todo los es­toicos, denunciaron el trueque de salvoconductos para el más allá a cambio de obediencia ciega en el más acá. Negaron que pudiese haber dolor sin con­ciencia, exaltaron el denuedo como mejor actitud ante lo desconocido, y vieron en el suicidio (mors tempestiva) la última garantía de dignidad, enten­diendo que en otro caso estaríamos a merced no sólo del dolor insufrible sino del tirano dispuesto a infligirlo. Comprensiblemente, su propuesta de cul­tivar la fortaleza de ánimo, con Hércules como santo patrono, nunca reclutó tantos adeptos como la de sacralizar una fe en milagros.

[32] El argumento disyuntivo se apoya —como el resto de los silogismos— en conectar dos determi­naciones a través de algún término medio único. El analógico tiene siempre más de un mediador, y su conclusión es por ello el nexo entre elementos antes ajenos entre sí. Platón ofrece un ejemplo precoz de este argumento cuando presenta el Sol como ima­gen del Bien: «Precisamente aquello que el Bien es para el reino de las ideas, lo es el Sol para el reino de lo visible [...] pues saber y realidad son análogos a luz y visión» (República 508 c - 509 a). El dominico Bochénski, un renovador contemporáneo de la lógica aristotélica, ofrece una definición menos poética aunque orientada en la misma dirección: a significa en el lenguaje l el contenido c del objeto x; b podría significar —en / o en otro código— el conte­nido c de y o cualquier otra cosa, etc. los términos relacionados por analogía tienen como condición ser ya naturalezas precisadas por alguna historia par­ticular, que al articularse con otras no menos pre­cisas subrayan la condición de unidad superior hoy aludida como consilience. Un amplio estudio sobre lógica conmutativa y disyuntiva en la antigua Gre­cia ofrece G. E. R. Lloyd en su Polaridad y analogía (Taurus, Madrid, 1987).

[33] Eso proponen las aportas de Zenón, que desarrollan a su vez lo propuesto por el Poema de Parménides; «Lo mismo es ser y aquello por lo cual hay pensamiento [...] porque el sino encadenó al ser a ser entero y sin movimiento, y es mera opi­nión todo cuanto los mortales llaman nacer y pe­recer, ser y no ser, cambiar de lugar y de brillo» (8).

          [34] A esto llama B. Kosko lógica o pensamiento «borroso», vigente para «sombreados grises que osci­lan entre el 0 por 100 y el 100 por 100» (El futuro bo­rroso o el cielo en un chip, Drakontos, Madrid, 2000, pág. 13). Brillante en no pocos sentidos, su adapta­ción de la teoría del caos a la tecnología digital tiene como pero el de imaginar que refuta «la vieja lógica aristotélica centrada en la disyuntiva blanco-negro» (ibíd., pág. 310), cuando fue precisamente Aristóte­les el principal defensor del pensamiento no binario.

[35] Del latín speculor, «mirar a vista de águila».

[36] A mediados del XIX, coincidiendo con la segunda ola de la revolución industrial, la ceguera para lo analógico brilla singularmente en el modo de entender las relaciones entre capitalismo, comu­nismo y socialismo. Percibiendo allí una «astucia de la codicia», Saint-Simon ha pensado el socia­lismo como fruto del desarrollo capitalista, pero está prácticamente solo. El historicista, así como el nostálgico del Viejo Régimen, ignoran lo fractal de la inteligencia en beneficio de la recta voluntad, y funden socialismo con comunismo. Acabará siendo manifiesta la incompatibilidad de este último con la práctica de elecciones libres, por ejemplo, aunque no antes de que plantear el juicio disyuntivo (el «o Amigo o Enemigo» de C. Schmitt) en detrimento del conmutativo justifique siglo y medio de luchas fratricidas, y al menos cien millones de muertos.

[37] Un valor de bit considerado 1 corresponde a un voltaje de entrada superior a tres voltios, y un valor considerado 0 corresponde a menos de dos. Si se trata de fibra óptica, la asignación 1 o 0 corresponde a luz encendida o apagada respectivamente. Cf. Kosko 2000, pág. 14.

[38] El traductor de Google, por ejemplo, viértela frase castellana «lo real es siempre posterior» como reality is always back («la realidad vuelve siempre»), una desviación semántica llamativa para apenas cinco pa­labras. La gentileza de este buscador ofrece al navegan­te una ventana para corregir cualquier frase, pero sólo el futuro sabe si quedaremos librados a un expediente casi tan laborioso como esperar que un chimpancé te­clee un soneto, o si la aceleración del genio inventivo encontrará modo de dotar a los procesadores con una sensibilidad más próxima a «ese ser que es uno aunque se dice de muchas maneras» (Aristóteles).

[39] Vale la pena recordar que la posibilidad de comprimir un mensaje es directamente proporcional a su contenido en redundancia o ruido, e inversamen­te proporcional a su grado de información.

[40] K. Popper, Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1983, p. 89.

[41] Su prototipo es el plan de reducir las cua­tro fuerzas a una sola ecuación cosmológica, que explicaría «absolutamente todo» con media docena de guarismos. Dicha línea ha logrado que fuesen renovándose presupuestos formidables para encon­trar el bosón de Higgs, una partícula postulada en 1964 como donante de la masa física, de cuyo des­cubrimiento pende la teoría llamada estándar, una quintaesencia de la física no intuitiva que ha acabado presentándose como «evidencia empírica». Comte fundó la «metodología empírica» en descartar los porqués metafísicos, empezando por el origen de la materia, y es curioso que dicho origen concentre hoy a la elite del estamento científico subvencionado. La teoría estándar sólo se revisará si en algún indetermi­nado plazo ni siquiera las ciclópeas instalaciones del CERN (herederas de grandes superaceleradores pre­vios) lograsen detectar a esa hipotética partícula. El lector quizá me perdone el atrevimiento de sugerir que del complejo montado cerca de Ginebra se deri­varán resultados seguramente sensacionales, pero no tanto por confirmar lo previsto sino gracias al tipo de hallazgo que llega sin ser buscado directamente o por serendipia (serendipity), como buscando la India se descubrió América.

[42] El bucle es negativo o autoequilibrador cuando procede mediante correcciones propia­mente dichas, que van en dirección contraria al primer cambio del sistema, y positivo o autorreforzador cuando persiste en la misma dirección. Más adelante, al describir la herencia de Wiener, veremos cómo el primero de estos bucles ayuda no sólo a entender la conducta del set vivo sino a construir tanto pilotos automáticos como fractales. Estos últimos, como dijo su descubridor, Mandelbrot, permiten medir la Tierra, «dando por fin contenido a la promesa que encierra la palabra geometría», pues por primera vez «no es­cinden conjuntos matemáticos (teoría) y objetos naturales (realidad)»; cfr. Los objetos fractales, Tusquets, Barcelona, 1987, pág. 17 y 168.

[43] Desde la filosofía de la historia que ofrece la historia de la filosofía, por ejemplo, positivismo y neopositivismo son monumentos a la desinforma­ción, no menos que saludables reacciones al idea­lismo desaforado, el pesimismo, el irracionalismo y toda suerte de vanguardias épatantes florecidas desde mediados del XIX.

[44] Hegel, Lecciones sobre historia de la filosofía, FCE, México, 1955, vol. I, pág. 8.

[45] El test de Rorschach enseña láminas con manchas casuales de tinta, y va preguntando qué su­gieren. Limitadas al blanco y al negro, las primeras seis o siete producen respuestas básicamente adapta­das a los perfiles, como líneas de costa o radiografías Las últimas incorporan colores, y provocan respues­tas de «shock cromático» como serenidad o fierra. Cuando el entrevistado es daltónico ese salto de imá­genes a emociones se reduce radicalmente, pues hasta la pincelada más invisible en términos de color puede captarse por sus contornos, y el sujeto compensa su insensibilidad intensificando la atención puesta en lo que tiene de dibujo. En esta evidencia, poco con­cluyente sin duda, me apoyo para sospechar que ser ciego para el rojo y el verde ha podido robustecer al­gunas vocaciones analíticas, y promover también una orientación narrativa en vez de clasificatoria

[46] Ortega, Kant, Hegel Dilthey, Revista de Occidente, Madrid, 1958, pág. 80. Unas líneas más adelante añade que «los métodos son pensar meca­nizado».

          [47] No debe olvidarse que absolutas es el partici­pio simple de absolvere, y que lo perdonado en gene­ral a todo tipo de absoluto es la carga de relatividad aparejada a un devenir concreto.

[48] Feynman, 1992, págs. 217-218.

[49] Ortega 2002, pág. 191.

[50] Curiosamente, el más profundo estudio so­bre el asunto —las Investigaciones sobre el método de ¡a ciencias sociales y el de la economía política— fue publi­cado por Karl Menger en 1883, y sigue siendo igno­rado olímpicamente en 2010 por un gremio acogido a los clichés de Comte para reunir conocimiento sin necesidad de recurrir al arte analítico. Concentrándo­se en el contenido, Menger propuso al cultivador de las ciencias humanas que no se considerase retrasado porque su campo desbordara un sistema de ecuacio­nes como el que gobierna el campo electromagnéti­co, y que retuviese lo esencial de su tema. Primero, que los asuntos humanos son lo propiamente infini­to, en contraste con las simplicidades más o menos prolijas de cualquier otra materia. Segundo, que la incumbencia del científico social es examinar esa zona decisiva formada por «fenómenos no surgidos de acuerdo ni de legislación positiva, sino resultados no pretendidos del desarrollo histórico» (2, III).

[51] Pienso, por ejemplo, en el estudio de Gigon sobre Heráclito, y en el de Beaufret sobre Parménides, por mencionar a dos de los notables, donde las referencias de unos comentaristas a otros cuadrupli­can o quintuplican el espacio dedicado a exponer el pensamiento de Heráclito y Parménides.

[52] En Capitalismo, socialismo y democracia (1945), Schumpeter reconstruye la genealogía de estos actores sociales en seis etapas; 1) clérigos inde­pendientes durante el medievo; 2) humanistas del Renacimiento; 3) ilustrados al estilo ruossoniano; 4) tribunos revolucionarios; 5) comisarios del pueblo; 6) «profesionales del no profesionalismo» o estamen­to intelectual propiamente dicho, que suple su defec­to de formación especializada con su capacidad para abanderar el descontento.

[53] Por lo demás, la dinámica emanativa —aque­lla según la cual lo Uno o absoluto va degradándose energéticamente tras cada reproducción— que la divisa del espiritualismo antiguo, y en particular la del mo­vimiento neoplatónico y el gnóstico.


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