Conjeturas y Experiencias

Cáñamo - Enero de 2000

Hoy en día, cuando la prohi­bición de ciertas drogas ha pasado de dogma Indiscu­tible a cuestión debatida, suele subyacer a la polé­mica algo que podría llamarse «el riesgo de lo desconocido». A Juicio de muchos, no sabemos si se dis­pararía repetidamente el consumo. Por otra parte, ese no sabemos contrasta con la suposición oficial, que considera absolutamente seguro un caótico aumento en la demanda. Sin embargo, la historia de nuestra civilización —y la de otras civiliza­ciones— ilumina con abundantes ejemplos las repercusiones de penalizar, despenalizar o mantener fuera del derecho el consumo de una u otra droga, por lo cual el pro­pio asunto no depende tanto de conjeturas como de buena fe y cul­tura.

A pesar de los embustes que rode­an este tema, la legalización del opio en China redujo del 160% al 5% la tasa de incremento en las Importaciones. El consumo siguió creciendo para alimentar la tole­rancia creciente de los habituados antiguos, pero no en la proporción necesaria para reclutar nuevos adeptos, o siquiera para conservar a todos los previos; con la legalidad desapareció la fascinación del paraíso prohibido, tanto como el acicate comercial para la promo­ción, y los individuos recobraron un sentido crítico enturbiado por tute­las incapacitantes. El informe del Gobierno chino en 1906, cuando el opio lleva legalizado treinta años, calcula que hay unos 2.700.000 usuarios cotidianos del fármaco, lo cual equivale al 0,3% de la pobla­ción total de entonces. Esta cifra es curiosa, porque desde los años treinta hasta los setenta (cuando los opiáceos se encuentran ya pro­hibidos en Norteamérica) un 0,3% de los americanos usa regularmen­te un análogo más tosco, los barbitúricos; esa cifra —multiplicada por veinte— consume hoy Valium y otros tranquilizantes patentados allí.

Preguntémonos entonces lo con­trario, esto es: ¿qué efectos produjo la ilegalización de una droga antes legal? El pri­mer ejemplo oportuno es el opio mismo en China, pues cuando los manchúes deci­dieron prohibirlo llevaba al menos un milenio de tran­quilo arraigo en esas latitu­des, y se usaba hasta en pastelería, cosa nunca vista antes ni después en el mundo; las consecuencias de la ¡legalización fueron el mayor genocidio conocido en la historia de China, al que siguió la desmembración del país por unas potencias coloniales que primero lo inundaron de opio y luego se insta­laron allí con la excusa de ayudar a su lucha contra esa droga. Siendo mejor conocido el fenóme­no, parece innecesario recordar por qué se abolió en Estados Uni­dos la ley seca. Según el Congreso norteamericano, «había causado corrupción, injusticia, hipocresía y enormes cantidades de nuevos delincuentes, así como la funda­ción del crimen organizado, todo ello sin reducir substancialmente el consumo». Pero hay más ejemplos:

  1. Cuando el mate fue prohibido en Paraguay, por razones teológicas, su consumo en la población nativa y entre españoles alcanzó propor­ciones jamás vistas antes o después.
  2. Cuando ciertos untos y decoc­ciones pasaron a ser prueba de tra­tos con Satán, medio millón de europeos acabaron sentenciados a la hoguera por hechicería, sin que tres siglos de inquisición produje­ran enmienda.
  3. Cuando los sultanes Murod III y Murod IV —y el sha Abbas II— decre­taron penas de desmembramiento para quien se relacionara con el tabaco, el comercio de este bien en Asia Menor no desapareció; al con­trario, experimentó un vigoroso impulso.
  4. Cuando los zares castigaron con mutilación el consumo de café, no eran infrecuentes los usuarios capaces de beber litros por hora, y sus trances de hiperexcitación con­firmaban a la policía en su certeza de que ese líquido era «un néctar mórbido e incontrolable».
  5. Cuando se ilegalizaron los opiá­ceos naturales y la cocaína, su con­sumo se mantuvo bajo mínimos mientras hubo una oferta de dro­gas equivalentes en farmacia (opiá­ceos sintéticos y anfetaminas), pero estalló al restringirse la dispo­nibilidad de esos análogos, y ali­menta un negocio de tráfico supe­rior al de las diez primeras multi­nacionales juntas.

Por último, podemos preguntarnos; ¿qué aconteció con las drogas dejadas tanto al margen de una promoción publicitaria como de una prohibición? No faltan tampo­co ejemplos en este terreno.

  1. Aunque justificaron quemar vivas a tantas brujas, la belladona, la mandrágora, el beleño y las datu­ras no forman parte hoy de los estupefacientes en sentido legal y no generan ni incidencias crimina­les ni el más mínimo interés colec­tivo. Sin embargo, son plantas alucinógenas, creadoras también de estupefacción en grado eminente, que crecen por todas partes.
  2. Mientras en China el consumo ilegal de opio minó las institucio­nes y provocó pavorosas catástro­fes, en la India —que era su provee­dor— un consumo legal de opio diez veces más alto (medido por habi­tante y año) no provocó usos abu­sivos en detrimento de los modera­dos, y fue compatible con las bue­nas costumbres hasta hace muy poco. Digo hasta hace muy poco, porque India se ha visto obligada a cumplir tratados internacionales que la condenan a sufrir una «heroinización». Tributo a fenóme­nos producidos en Norteamérica varias décadas antes, esta «heroinización» surge al prohibir usos ancestrales y culturalmente bien integrados del opio, tal como en Jerez una prohibición de sus cal­dos produciría un súbito interés por los aguardientes. El mismo fenómeno se observa en Pakistán, Afganistán, Birmania, Malasia, Indonesia, Laos, Tailandia, Camboya, Persia, Turquía, Irán, Líbano y Egipto.
  3. En España la venta libre de anfetaminas —y su empleo con el asen­timiento del médico familiar y los progenitores— no causó abusos en la inmensa mayoría de 106 casos, por más que la incidencia de uso superara en 1964 el 65% de los estudiantes universitarios. Por esas mismas fechas, leyes severas contra el consumo de dichas dro­gas produjeron ejércitos de adictos delirantes (speed freaks) en Esta­dos Unidos, Japón y Escandinavia, que se inyectaban botes enteros cada pocas horas.
  4. El éter y el cloroformo causaron sensación desde finales del siglo pasado y son los narcóticos por excelencia, con intensas propieda­des adictivas. Pero los usos recrea­tivos —que cubrieron toda Europa y parte de América— declinaron de modo espontáneo, sin necesidad de prohibición. Hoy puede obtener­los por litros quien ponga algo de interés en ello. Aunque no se observa nada parecido a semejante interés.
  5. Los barbitúricos —substancias tan adictivas como la heroína— fue­ron mercancías vendidas libremen­te durante décadas para inducir al sueño en todo el mundo y fueron recetados como cajón de sastre (solos o combinados con anfetamina) por infinidad de médicos para infinidad de molestias, pues abre­viaban de modo drástico el tiempo requerido para examinar y diagnosticar. Pero, a pesar de ello, el número de barbiturómanos nunca sobrepasó una íntima parte de la población.
  6. La cultura egipcia y la mesopotámica —continuadas por la greco­rromana— consumieron opio con extraordinaria generosidad. De hecho, esta droga es un descubri­miento mediterráneo, pues en un triángulo que tiene sus vértices en Argelia, Chipre y Cádiz se produce la transformación de la Papaver setigerum, o adormidera silvestre, en Papaver somnífera. Un inventa­rio del palacio imperial en tiempos de Caracalla muestra que había 17 toneladas de opio tebaico (el más apreciado por entonces) en las des­pensas, y el edicto de Diocleciano sobre precios aclara que había en Roma casi 900 tiendas dedicadas a la venta de opio —análogas por completo a nuestros estancos—, de las cuales el erario público obtenía el 15% de la recaudación global. También sabemos que el opio era —con la harina de cereales— la única mercancía subvencionada por el Estado romano, a fin de que la especulación no afectara la dispo­nibilidad popular de un bien consi­derado esencial. Sin embargo, dos milenios de cultura mediterránea no produjeron un solo caso de opio­manía registrado en sus anales. Bastó, en cambio, que se produjera el triunfo del monoteísmo cristiano para que el opio —junto con el cáña­mo, la belladona, la mandràgora, el beleño, los hongos alucinógenos y otras drogas características de la cultura pagana— se cargaran con el estigma de substancias diabólicas, al mismo tiempo que ardían biblio­tecas enteras de farmacología para potenciar remedios como velas consagradas o agua bendita. Fue el islam quien conservó las tradicio­nes antiguas, que retornan a Euro­pa a partir del renacimiento.

He expuesto algunas razones para juzgar qué sucede cuando se lega­liza una droga antes ilegal, cuando se ilegaliza una legal y cuando las drogas quedan fuera de la prohibi­ción y la promoción simultánea­mente. A mi juicio, la historia ense­ña básicamente dos cosas: a) nin­guna droga desapareció o dejó de consumirse debido a su prohibi­ción; b) mientras subsista una nor­mativa prohibicionista, hay mucha más propensión a consumos irra­cionales, corrupción pública y envenenamiento con sucedáneos incomparablemente más tóxicos que los originales prohibidos, como prueban las actuales drogas de diseño o designer drugs.

Añadiré que, a la luz de lo vivido en distintas épocas y países, se ins­taura un autocontrol —con éxito ya a medio plazo— tan pronto como cesa el sistema de heterocontrol o tutela oficial. No es por eso, acorde con la expe­riencia vivida, que la libre disponi­bilidad de una droga (incluso promocionada con mentiras, como ha sucedido con casi todas en su lan­zamiento) cree conflictos sociales e Individuales comparables con los que provocó y provoca su prohibición.

No es siquiera sostenible, históri­camente, que la disponibilidad de una droga aumente el número de adictos a ella; la ley seca puso en claro que los alcohólicos no dismi­nuyeron y que sólo dejaron de beber —o redujeron su consumo— parte de los bebedores moderados, esto es, quienes no necesitaban un régimen de abstinencia forzosa para controlarse. Con una parábola grandiosa, que anticipa el psicoa­nálisis, Eurípides analizó en Las bacantes el contrasentido de legis­lar sobre aquello ajeno por natura­leza a cualquier legislación.

Cuando relacionamos estos datos, llegamos a una conclusión espe­ranzados para nuestra dignidad individual: los seres humanos tie­nen poderes de discernimiento y son capaces de gobernarse a sí mismos. Por otra parte, los datos históricos sugieren también que las personas se dejan obnubilar por etiquetas adheridas a las cosas, velándose lo que ellas y ellos res­pectivamente son. De ahí que una droga no sea sólo cierto cuerpo químico, sino algo muy determina­do por clichés ideológicos y condi­ciones de acceso a su consumo. Hacia 1910, los heroinómanos nor­teamericanos —como los españo­les, los franceses, los alemanes, los ingleses y, en general, los del mundo entero— eran personas de segunda y tercera edad, casi todas bien integradas en el aspecto fami­liar y profesional, ajenas a inciden­cias delictivas; desde la prohibición son en buena parte adolescentes, que incumplen todas las expectati­vas familiares y profesionales, cuyo hábito justifica un porcentaje muy alto de los delitos cometidos al año. ¿Habrá cambiado el DNA de la adormidera, matriz de los opiáce­os, o más bien han cambiado los sistemas de acceso a esas substan­cias? ¿Cuántos usuarios de heroína o cocaína murieron por intoxica­ción accidental mientras el fárma­co fue de venta libre y cuántos han perecido desde su ilegalidad? La respuesta es muy simple: no murió ni uno solo de sobredosis acciden­tal, mientras hoy todos sucumben por esa causa, aunque el agente responsable de su muerte sean dis­tintos adulterantes.

A estas alturas, es razonable pre­guntar si puede uno drogarse «razonablemente». A mi entender, eso depende ante todo de que los estados defiendan la Ilustración o el oscurantismo, la cultura o la bar­barie farmacológica. Libres de mitos, adulteración y embustes contraproducentes, algunas subs­tancias psicoactivas pueden pro­porcionar paz, estimulación y aper­tura espiritual a individuos y gru­pos; cargadas de mitos, adultera­ción y embustes pueden proporcio­nar desasosiego, apatía y cerrazón mental a individuos y grupos.

El prohibicionismo parece no com­prender que está peleándose con­tra algo todavía más eterno y fértil que el telescopio, como cuando se negaba a mirar por el visor ofrecido por Galileo a los inquisidores. Se está peleando ahora con la química y, cuanto más extreme el conflicto, más subvencionará sus progresos incontrolados y más convertirá a los ciudadanos en indefensas coba­yas de laboratorios clandestinos. Con los actuales avances no sólo han surgido cinco derivados por cada droga ilegal sino quinientos, pues las posibilidades de modificar la conciencia intercambiando radi­cales atómicos son sencillamente infinitas.

Podemos echarnos las manos a la cabeza y pedir al cielo que nos defienda de este nuevo apocalipsis. Sin embargo, el apocalipsis lo decretamos nosotros mismos, al prohibir —por motivos sectarios, racistas, etnocéntricos o de prove­cho mercantil— ciertos tipos de ebriedad mientras fomentábamos otros, consciente o inconsciente­mente. Modificar el estado de ánimo es un impulso tan básico —y tan extendido entre los animales en general— como comer, beber o aparearse.

Si decidimos que ciertas formas de ebriedad son malignas y luego —cuando las leyes se han puesto al servido de esa pretensión— busca­mos pruebas de que lo eran efecti­vamente, estamos poniendo en marcha un mecanismo de profecía autocumplida. Difundidas por la propaganda, y sostenidas por la represión, esas pretensiones se convierten pronto en realidades sociales. Si ahora les propongo que el café y tabaco llevan a una pros­titución de la adolescencia, se me reirán en la cara con toda razón. Pero si logro ilegalizar el tabaco y el café, elevando salvajemente su precio, entregando el comercio a organizaciones criminales y crean­do en torno a ellas la mitología que hoy rodea a la heroína o la cocaína, en poco tiempo encontraremos a la juventud que haga la calle para pagarse ese vicio. He ahí una típica profecía autocumplida.

Es hora de que comprendamos la libertad individual como algo esen­cialmente ligado a la responsabili­dad. Quien pretenda ser libre sin asumir responsabilidad por sus actos no sabe lo que dice. Al mismo tiempo, tengamos en cuenta que el negocio de todo poder político de tipo piramidal es vender protec­ción, y hacerlo de modo coactivo, como las noblezas y las realezas clásicas, como los bandoleros y gángsteres de cualquier época —y como casi todos los estados con­temporáneos, a excepción de Suiza y pocos más. Las mafias —institu­cionales o no— están técnicamente especializadas para producir los problemas que ellas mismas se ofrecen a solucionar o, cuando menos, amortiguar.

En el caso de las drogas, la cruzada o guerra mundial contra algunas sólo sirve para hacer crónico un problema inventado por la propia prohibición. Que el problema sea crónico resulta superlativamente rentable para unos cuantos, desde luego, y colabora además en otras dos finalidades. La primera es ofre­cer a hombres y mujeres de la calle un real demonio, ante cuyas por­tentosas acciones sólo caben exor­cismos apoyados sobre la viejísima y arraigadísima ceremonia de inmolar un chivo expiatorio; como ustedes saben perfectamente, es una ceremonia honrada por vícti­mas que abarcan desde Adán y Eva hasta Sócrates o Cristo. La segun­da finalidad es que la fuerza públi­ca y el Estado aparezcan como pro­videnciales remedios para una catástrofe súbita y ajena por com­pleto a sus propios actos, que justi­fica seguir prestándoles tributo y obediencia de modo incondicional. En definitiva, son exactamente las mismas razones que justificaron cruzadas previas contra herejes, brujas o librepensadores, empre­sas todas ellas muy lucrativas para inquisidores y oficios subalternos, que en su momento se considera­ron absolutamente inevitables y luego profundamente lamentables. Esta precisa cruzada rezuma por todas partes imperialismo. Occi­dente exige al mundo que renuncie a sus tradicionales medicinas y acepte —por las buenas o por la fuerza del chantaje político— las patentes y royalties de su industria farmacéutica. En justa correspon­dencia, un estamento terapéutico que ocupa el lugar antes atendido por el eclesiástico declara la gue­rra a la automedicación, a una tra­dición milenaria de remedios domésticos, a cualesquiera practi­cantes que no hayan sufrido el con­dicionamiento y no hayan pagado las tasas inexcusables para obte­ner un diploma.

Muy razonablemente, alguien ale­gará que la historia no es infalible y que, dentro de una misma civiliza­ción, estímulos idénticos pueden asumirse de modo distinto en épo­cas diversas; lo acontecido no necesita repetirse punto por punto y haremos bien preparándonos para novedades, pues cualquier reforma depara imprevistos. Pero, ¿imaginan a los próceres prohibi­cionistas defendiendo el relativis­mo histórico si la crónica de sus iniciativas no fuese una sucesión de inútiles catástrofes? ¿Apelaría uno solo de ellos al relativismo si la experiencia vivida en distintos tiempos y lugares mostrase que la sobriedad puede establecerse muy eficazmente a golpes de decreto? La contradicción que recorre de parte a parte la cruzada contra las drogas se fija indeleblemente en la ambivalencia que hay entre querer ayudar a ciertas personas (en este caso, las que no usan con aprove­chamiento ciertas substancias) y el deseo de exterminar a personas distintas de lo que el legislador for­mula como saludable y digno, aun­que su crimen sea un crimen sin víctima, o al menos sin víctima dis­tinta del Individuo mismo —mien­tras no se instaure una prohibi­ción—, También las brujas eran que­madas por su bien, para que el achicharramiento en vida les abrie­se una posibilidad de ir al purgato­rio en vez de al infierno. Pero esa monstruosa farsa no puede seguir calando en gente de buena volun­tad, en los umbrales del siglo XXI. Guardemos como indiscutible cer­teza que el experimento no es des­penalizar o legalizar: que el experi­mento ha sido prohibir. Quien no sea un analfabeto o un Cínico sabe que hubo milenios de pacífica auto medicación, en los cinco continen­tes, apenas turbados por algún breve periodo conflictivo. Sabe, en fin, que jamás la farmacología deparó una suma de destructivi­dad, embuste y miseria parecida a la de nuestro tiempo.

Pero así se distribuyen las compe­tencias, y así va el negocio de la cruzada. Comparados con los cua­tro mil millones de dólares que pro­duce aproximadamente al año el mercado negro, con los bastantes más que produce el mercado blan­co gracias a la existencia del negro y con la rentable pervivencia de un verdadero demonio para los inge­nuos —esa ilusión que legitima al Estado como ángel de la guarda—, los centenares de muertos físicos y tullidos para la vida civil que a dia­rio suscita esta empresa en el mundo resultan muy poca cosa.


Ilustración o reino de las tinieblas

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