El estatuto de la utopía

Claves de la razón práctica - 1995

Nos ha tocado una rara combi­nación de buenas y malas nue­vas. Hace 50 años al europeo en edad militar no le reclutan para matar a semejantes vestidos con un uniforme distinto y hace otros tan­tos años que mujeres, niños y vie­jos no son masacrados en retaguar­dias como parte de la estrategia vic­toriosa. El pavor inmediato y las indelebles heridas morales de una guerra, los conocemos asomándo­nos a la televisión o al periódico. Hay la excepción de los ingleses (durante su breve carnicería en las Malvinas) y el feroz conflicto de la antigua Yugoslavia, pero la inmen­sa mayoría del Viejo Mundo senci­llamente ha de imaginarse algo que sus padres, abuelos y bisabuelos vi­vieron como víctimas inmediatas.

Consolidando este cambio, la paz precaria de la guerra fría tam­bién ha concluido. En buena medi­da, a la bomba atómica y a la de hi­drógeno hemos de agradecer que los llamamientos al exterminio —para mayor gloria de un dios, una patria o un soberano— no hayan prosperado como otrora. Aunque el ocaso de civilizaciones como la is­lámica o la cristiana tradicional asegura llamamientos a una guerra santa contra variados tipos de infie­les, los tanques apenas se utilizan ya para cosa distinta de sostener a un equipo u otro de gobierno, ame­nazado por algún estallido de cóle­ra popular, y la expansión territorial usando medios abiertamente béli­cos parece cosa del pasado. Si a esto se añaden, en tantos campos, los prodigiosos frutos del ingenio técnico, la situación global puede considerarse el mejor de los mun­dos conocidos.

Por otra parte, tampoco tiene precedentes el grado de devasta­ción ambiental. Como un apicultor que, para maximizar beneficios, to­mase la miel de una colmena sin devolver a cambio melaza u otro azúcar —y aniquilara así a cada en­jambre—, nunca se nos olvidó tanto velar por nuestras propias fuentes de abastecimiento y júbilo. El an­verso del mejor de los mundos co­nocidos es un planeta insalubre, donde los desiertos crecen a un ritmo vertiginoso mientras el reino botánico y el zoológico se marchi­tan al paso en que el agua potable se encarece o falta.

El reflejo de explotar a fondo los recursos se percibe también en una situación económica ambigua, do­minada por un capitalismo de cash flow, ajeno a metas productivas, cuyo funcionamiento prescinde por sistema de consecuencias a medio y largo plazo. La alianza de este nuevo capital con la clase política de cada país —a quien sostiene en periodos electorales o críticos y a quien cobra durante el resto del tiempo— promueve un creciente dé­ficit del sector público, que erosio­na la moneda y recorta el poder ad­quisitivo real, aunque todo esté or­denado a comprar y comprar. Sucede así que grandes capas de población usan coches y electrodo­mésticos incomparablemente supe­riores a los de hace 30 años, pero vivir a crédito se va haciendo más angustioso; tras adaptarse de modo incondicional al consumismo, ocho de cada diez familias sufren serias privaciones para no ser embargadas cada fin de mes, soportan la carga adicional de tener hijos parados y constatan que vivir de su pensión es imposible para quien se jubila. El reino de una oferta opulenta es también el de una demanda endeudada hasta las cejas, que contempla el futuro con invariable desconfianza.

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Añadida al desastre medioambiental tal, esta crónica crisis alimenta un sentimiento de inermidad hasta cierto punto paralelo al evocado desde finales de los años cincuenta hasta finales de los ochenta por el chantaje nuclear de americanos y soviéticos.

En un sistema estrechamente interconectado —como la biosfera— todo crecimiento es también su contraria reducción, y algo tan manifiesto sólo lo vela una tendencia sistemática huir hacia adelante. Trasladada a la esfera política, esa fusión de lo mejor y lo peor brilla con fuerza en el estatuto actual de la utopía, que parece un capítulo cerrado y a la vez abierto.

Veamos esto algo más despacio. Sólo parece haber historia allí donde un espíritu —«ese nosotros que es un yo, y ese yo que es un nosotros»— se esfuerza por transmutar sus condiciones de existencia, tropezando a cada paso con la finitud y la muerte; historia por definición es la suerte de Sócrates o Jesús, perseguidos y luego venerados para cumplir un cambio en los valores que la inercia de cada tiempo manda pagar con sangre. Históricos son, en general todos aquellos sacrificios que dieron fruto porque constituyen hitos en la crónica de un altar donde lo más sublime va siendo inmolado en nombre de lo más abyecto pero resurge fortalecido de la prueba. De esa índole parecía el conflicto entre comunistas y conservadores, escenificado como batalla de la libertad, la igualdad y la fraternidad contra la coacción, el privilegio y el odio. Tras larga lucha, uno de los adversarios ha sucumbido por implosión o autoenvenenamiento, sin producir el honroso tipo  de cadáver que resucita, dejando invertebrado el drama del presente. Si de los dos grandes actores uno ha desertado, ¿dónde hallar la diferencia de potencial, ese desequilibrio entre sublimidad y abyección que nutrió hasta ahora nuestras transformaciones espirituales? Por el escenario del mundo sólo se mueve el no-comunista; y cabe pensar que su crónica ya no es archivo del ara sacrificial, pues dentro de la infinita diver­sidad vigente aún entre humanos pa­rece faltar la contraposición básica, aquella donde alguien es a la vez enemigo y salvador del pueblo. Si­guiendo esa línea, se añadirá que la utopía —el cambio en profundidad— ha concluido.

Sin embargo, las democracias parlamentarias generan también una insatisfacción creciente, mani­fiesta en actitudes hoy distintas pero avocadas a futuras convergencias. La primera es puro y simple pesimis­mo,. forma contemporánea del con­formismo, que ante el latrocinio en cadena vestido de gestión guberna­mental trata de reducir el daño ba­rriendo para casa, sin otra esperanza que estar ya muerto cuando la huida hacia delante haga realmente insu­frible el estado de cosas. La segunda actitud posee tintes milenaristas, combina discurso paranoico con di­sociación esquizofrénica y anda siempre en busca del gran líder, en­carnación mesiánica de una grande­za nacional, racial o ideológica que tiene por raíz última el cultivo de un domesticado resentimiento; desde los cabezas rapadas urbanos a gru­pos paramilitares como la Brigada Michigan, pasando por Gingrich, Zhirinovski, Le Pen y Berlusconi, con mayor o menor carga de provincia­lismo resurge la solución del fascio y la esvástica, tan similar en la prácti­ca al esquema de la hoz y el martillo. No en vano prosperaron tales vías durante el primer tercio de este siglo, cuando las ilusiones depositadas en una democracia formal die­ron paso al primer desencanto masi­vo ante una situación de miseria ati­zada por corrupción en el seno de todos los partidos mayoritarios.

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Tales tensiones impiden —a mi jui­cio— considerar la utopía como un capítulo cerrado, porque es el propio orden político quien ahora se en­cuentra a la zaga del mundo real. Fo­tocopias, televisión, ordenadores, correo electrónico, aviones, trenes ultrarrápidos y demás medios —capa­ces de acelerar la comunicación y el transporte hasta niveles inauditos— coexisten con una estructura de go­bernantes y legisladores calcada de la que se estableció para un mundo donde el mar sólo lo cruzaban bar­cos, la comunicación a cierta distan­cia se hacía mediante silbidos o campanadas y los caminos eran sur­cados por caminantes o diligencias. Ahora el más complejo conjunto de señales viaja a 300.000 kilómetros por segundo entre estación y esta­ción con un costo energético inferior al necesario para mover una pluma. Con todo, las prerrogativas del políti­co en funciones —así como la dura­ción de su mandato— se adaptan a mandatarios que están a días, sema­nas o meses de sus mandantes y deben por eso mismo decidir con total autonomía durante cuatro o hasta seis años seguidos.

Desprovisto de justificación en la realidad inmediata, el monolito partitocrático-parlamentario arrastra un conjunto de condiciones (voto cerra­do, leyes electorales amañadas, con­trol de los media, falta de cauces participativos no corruptos, inmovilismo, etcétera) que rodea los cole­gios electorales con un malestar en aumento, movido cada votante a la abstención o a participar en algún tipo de mal menor, jamás un bien, llamado voto útil y voto de castigo. Ejecutores y legisladores dicen ser meros instrumentos de la voluntad popular, siervos desinteresados del pueblo, pueblo en definitiva, aunque ninguno repara en que pasaron los tiempos de Buffalo Bill y el Pony Ex­press y. la celeridad adquirida por co­municaciones y transportes —combi­nada con el progreso informático— insta a pasar de la vieja democracia indirecta a una directa, del derecho a votar al derecho de convocar tantos plebiscitos como le parezca oportu­no al cuerpo social, de obedecer fas leyes a intervenir en su elaboración.

A favor del tránsito hada formas autogubernativas está también la guerra civil —más o menos incipien­te— entre administración central y local, cuyo origen no es sino un sola­pamiento de la primera sobre la se­gunda. Presentada como asunto de abolir la esclavitud, la guerra de se­cesión americana representa un con­flicto todavía irresuelto en su funda­mento último, que fue y sigue siendo la progresiva anulación de los Esta­dos por el Gobierno federal, con el consiguiente fraude al articulado de la Constitución. No hacen falta ojos de lince para constatar que el mismo conflicto —bastante más enconado— se observa en buena parte del mundo, y singularmente en Europa. Naciones en sentido metafórico como España, Francia, Inglaterra, Bélgica o Italia son el resultado de deglutir algunas o muchas naciones en sentido literal, una deglución ha­bitualmente consumada a tiros, en nombre de grandes glorias imperia­les; y cuanto más cunden esquemas de supranación más anacrónicas re­sultan esas naciones metafóricas, llamadas a entrar en esquemas con­federales como el helvético o a esta­llar en masacres como las de la anti­gua Yugoslavia —cuando no a nutrir reivindicaciones armadas al estilo vasco, irlandés o corso.

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Ante la realidad de un Estado plane­tario, fundado primariamente en la formidable red de comunicaciones, cabe decir que lo anacrónico es el nacionalismo en sentido literal. Pero esas patrias chicas son compatibles con el cosmopolitismo de una patria mundial en mucha mayor medida que el Estado-nación tradicional, construido sobre el concepto de una soberanía excluyente por infinita, cuyo trasfondo suele ser alguna su­posición de superioridad étnica. La Europa unida de los tecnócratas con­trasta, así, con la Europa de los pue­blos —que fue su banderín de enganche inicial— como una casa construida de arriba a abajo o de abajo arriba, aunque quizá un símil mitológico lo exponga con mayor claridad.

Cuentan que Saturno desterró su incauto padre, tras castrarlo, y que para evitar esa misma suerte fue devorando a cada hijo de la esposa hasta que ella le presentó un engaño como si fuera su sexto vástago: en vez de engullir a Júpiter tragó una piedra envuelta en pañales; y cuando ese hijo creció hizo con su padre lo que éste hiciera con su abuelo, cuidando de que vomitase a sus hermanos antes de partir hacia el destierro. Casi todos los Estados contemporáneos se parecen al estómago del Saturno reinante, mientras bullían allí unos seres tan sempiternos como privados de ventilación. Pero es evidente el afán de los engullidos por reaparecer; los últimos cinco años han presenciado tantas secesiones como anexiones se produjeron en los últimos 50, desandando uno por  uno los acuerdos firmados en Yalta y hasta fenómenos de aspecto inverso como la reunificación alemana, perfilan la bancarrota del Estado metafóricamente nacional.

Aunque esta tendencia pase por simple oscilación pasajera, e incluso por algo obsoleto, ligado a talantes provinciano-fundamentalistas y opuesto a la modernidad en general, lo cierto es que se sincroniza con aquello verdaderamente obsoleto hoy —la democracia indirecta— y plantea otra vez el tema económico y político de fondo, que es la descentralización. Mientras cada Gobierno no evolucione hacia su dilución en sucesivos autogobiernos, finalmente anclados en la comunidad municipal, toda estructura autonómica o federalista está abocada a multiplicar los centros de poder coactivo, con el consiguiente incremento en derroche y arbitrariedad. Mientras las comunidades municipales no recobren lo más inexcusable —su soberanía fis­cal—, serán presa fácil para unidades como la autonomía o Estado a quien correspondan; y éstos reproducirán la lógica de los reinos de Taifas —taifa significa secta—, obrando como miniaturas del monolito metafóricamente nacional que antaño logró engullir tales regiones y orientándose a devorar libertades y derechos de los ayuntamientos con la misma avidez. Como muestra de modo inequívoco nuestro país, por ejemplo, la pseudodescentralización conduce de inmediato a 13 burocracias donde había una; pero no por división de la primera en 13, sino manteniendo aquella intacta y añadiendo otras 12. Traspuesto al símil previo, sería el curioso caso de que los renacidos hijos de Saturno no quisiesen reproducirse, sino ir engullendo a la prole como sistemáticamente hiciera su caníbal y ya desterrado padre.

En definitiva, el retorno de los nacionalismos —tan puntualmente simultáneo a la consolidación de un Estado mundial— puede concebirse como brote de irracionalidad, cargado de rencor y anclado a horizontes ya superados de la vida humana. Su larvada violencia y su énfasis en el particularismo pueden entenderse como un freno a la administración planetaria de problemas ya planetarios, empezando por el moribundo medio ambiente. No obstante, ese retorno tiene también, y quizá ante todo, el sentido de hacer real lo posible, actualizando las formas vigentes de administrar lo común y acelerando la transición del Gobierno representativo a la autoorganización. Cuando el progreso informático no sólo hace posible que un número creciente de personas trabaje en sus casas sino que desde allí cada uno sea legislador en vez de mera cosa legislada, el sentido de los viejos fueros resurge como potencial aliado para adentrarse en el mundo nuevo.

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Lo común a estas cuestiones es su nexo con una utopía tan irremisiblemente cerrada como abierta. De ahí que en ambos casos topemos con caos: para la utopía cerrada es amenaza y para la utopía abierta es regeneración  de un falso orden. Anclada a procesos de equilibrio, casi siempre —por no decir siempre— imaginarios, la ciencia clásica entendió orden y caos como condiciones antitéticas, sinónimos de un ahorro y un despilfarro que se conocen como entropía negativa y positiva respectivamente.

Pero ese criterio dista mucho de ade­cuarse a los hechos, pues esponta­neidades caóticas por definición —los flujos de caudales turbulentos— reve­lan ser fuente de un orden más prác­tico y seguro que la versión del uni­verso acuñada por Newton, cuya (su­puesta) estabilidad dependía al principio de una providencia divina[1] aunque poco después se arropara bajo un mecanicismo determinista[2].

Determinismo, leyes, certidum­bre. Hace apenas nueve años, como presidente de la Conferencia Mun­dial Sobre Mecánica Teórica y Apli­cada, sir John Üghthill —un matemá­tico que dicta cursos en la cátedra Lucasian de Cambridge, la misma donde Newton disertara— pidió dis­culpas, en nombre propio y en el de todos sus colegas, por defender una mecánica newtoniana «cuyos resul­tados se revelaron inexactos ya desde I960». No nos engañemos no­sotros: es la certidumbre lo que está en crisis; y no porque haya dejado de respetarse la certeza, sino porque lo disponible resulta ser mera pro­babilidad.

Cuando Copérnico publicó su tra­tado de astronomía, defendiendo la tesis heliocéntrica, algunos autores de almanaques y calendarios —princi­pales afectados directos— se ocupa­ron de aclarar que les parecía más adecuado a «la naturaleza de los as­tros», aunque el viejo texto de Ptolomeo, basado sobre la hipótesis geo­céntrica, poseía una eficacia predictiva comparable y resultaba más sencillo de manejar. Sin embargo, en ese momento la religión estaba pa­sando el testigo de su poder a la ciencia, y ni la una ni la otra podían aspirar al monopolio de lo veraz. Hoy es la ciencia quien monopoliza los argumentos; y quien quisiera servirse de Copérnico y Ptolomeo a su gusto —para unas cosas el uno y para otras el otro, como hizo Tycho Brahe— pa­recería un tránsfuga de la veracidad. A nivel genérico, nadie discute el principio de indeterminación, pero a nivel profesional pocos admiten que su oficio sea un ejercicio de humil­dad; y para castigar su arrogancia irrumpen afrentas sin limite, empe­zando por la dolorosa realidad de que las evoluciones macroeconómicas son pronosticadas mejor por ba­rrenderos que por agentes de cam­bio y bolsa o altos responsables de la política financiera como acaba de mostrar —sin sombra de duda— una encuesta de The Economist.

Eso invita a preguntarse por qué, justamente ahora, se plantea la enormidad de una ciencia del caos cuando semejante fin fue desterrado del terreno «inteligible» por los pa­dres del científico moderno y exclui­do ya antes por voluntad de Yahvé, celoso amo de todas las cosas. ¿Cómo admitir que lo caótico haya recobrado una existencia real? La respuesta inmediata es que matemá­ticos y físicos ya no necesitan simpli­ficar tanto el acontecer, aunque se diría ligado también a la decadencia de cierto modelo político-religioso. A principios del siglo XIX, la obra más cargada de genialidad proponía «exi­gir tanto menos del individuo cuanto que él mismo no puede esperar mucho de si ni reclamarlo»[3]. A fina­les del XX, propuestas semejantes sugieren una demagogia comparable a pedir desde el Gobierno austeridad salarial mientras ese mismo Gobier­no aumenta el precio de los servicios mínimos, porque los únicos univer­sales dignos de consideración son cosas inmanentes a cada singulari­dad, a las que no llegamos por abs­tracción del individuo común —como al Dios único, al soberano o al pater familias—, sino por profundización en ese individuo concreto.

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El cambio de paradigma se observa en el diferente sentido que cobra la palabra azar. Según los padres del ra­cionalismo, sólo hablamos de azar por ignorancia de las cadenas causa­les implicadas en cada evento. Pero cuanta más atención prestamos a algo más grados de libertad le descu­brimos y sólo osamos llamarlo «nece­sario» omitiendo el detalle de su con­ducta. Si la gota que cae de un grifo mal cerrado está sometida a pura ne­cesidad, ¿por qué resulta tan endia­bladamente irregular? ¿No podría su­ceder que su necesidad fuese una in­vención azarosa en cada instante? Lejos de negar la determinación —el carácter intocable del pasado—, lo que se descarta es su predeterminación. Del mismo modo que nada cambiará el ayer, nada determina el mañana, fuera de lo que cada existencia va in­ventando.

La proposición inversa —que cuan­to más atención prestamos a algo más grados de necesidad le descubri­mos— no queda invalidada por ello. Ha sido divisa del conocimiento cien­tífico y contiene sin duda un elemen­to de verdad. Pero al reinar de modo excluyente hizo que su otra cara se plantease como algo falso, velando así el conjunto del proceso. El mo­mento de lo verdadero que ahora vol­vemos a percibir —la fertilidad del caos— repone aquello excluido duran­te siglos por un reduccionismo de raí­ces gremiales, pensado para hacer con mínimo desgarramiento la susti­tución del dogma religioso por un dogma cientificista.

Aunque siga sosteniendo al cientí­fico profesional, la era calculística, avocada a profetizar, parece en retirada ante una visión menos con o uniformadora, descriptiva en vez de predictiva, que vuelva a aceptar las singularida­des y, con ello, la agilidad del mundo real. De la mecánica de sólidos pasa­mos a una dinámica de fluidos, de imaginarios estados de equilibrio a una comprensión del desequilibrio y su poder cosmogónico; de lo regular, continuo y gradual a lo irregular, abrupto y quebrado que se despliega en la armonía de los objetos fractales; de las vaciedades tautológicas que son los axiomas a la hondura descon­certante de cada complejidad; de es­quemáticas trayectorias lineales a la riqueza infinita de cualquier torbelli­no; de la pseudoexactitud a lo anexacto del cauce seco y delimitado con antelación al caudal imprevisible.

Navegar el caos, consciente de ello, supone aplicarse a demoler el círculo de violencia que articula los sacrificios religiosos y el periclitado aparato de gobierno, prestando al misticismo y a la inevitable gestión de lo común un elemento de humanitas maniatado por siglos de hegemonía puritana. En los albores del pensamiento discursivo, hacia el siglo V a. de C., Pitágoras definía al filósofo como quien no acude a las Olimpiadas para competir, ni para comprar o vender cosas, sino para observar desapasionadamente. Casi tres siglos más tarde, el sofista Alcidamas de Elea completaba el concepto, presentando la actividad de filosofar como una máquina de asedio permanente contra la tiranía y la mera costumbre. El mundo ha cambiado en enorme medida, pero el destino del filósofo no se ha movido un ápice.

Como comentaba un pensador actual[4][5], el nuevo paradigma científico anuncia el tránsito desde un física erigida en torno a Marte hacia un física erigida en torno a Venus; desde una ciencia volcada sobre el afán de control a una ciencia venérea, observadora de flujos y caudales. Su adversario no es la independencia naturaleza, sino el miedo —miedo a la muerte, miedo a la vida— gran señor de este mundo hasta ahora. Desgastada la ilusión monoteísta de omnipotencia y su bastardo vástago —el determinismo mecánico—, nos vemos devueltos a un universo a la deriva y sin retorno, fiel imagen de nuestras personas, donde es el propio concepto de ley natural lo que cede su puesto a una espontaneidad autoconstituida, rebosante de poder cosmogónico.

  • Como escribió el propio Newton, «los movimientos de los planetas no podrían pro­venir sólo de una causa natural (...), sino que requieren ser impresos por un agente inteli­gente»; c/r. B. Cohén, Newton's Papers and Letters on Natural Philosophy, Harvard Univ. Press, Cambridge (Mass.), 1958, p. 284.
  • [2] Son las «leyes de la materia», según Laplace, gracias a las cuales las aberraciones (lo irregular en general) nunca excederán de cier­to máximo.

[3] G. W. F. Hegel: Fenomenología del espíritu, trad. W. Roces. FCE, México, 1966, pág. 48.

[4] M. Serres: El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio. Pre-textos, Madrid, 1994.


Nicotina, alquitrán y agoreros

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