El precio de la gloria

EL PAÍS  -  Opinión - 06-03-1985

Víctor Palomo fue el mejor esquiador sobre agua del mundo, y recibió dos medallas de oro por ello; rozó el récord mundial de salto, y antes de superarlo se dislocó ambos meniscos. Cogió entonces una moto -ya había sido olímpico en bobsleigh- y se proclamó nuevamente campeón del mundo en 750 cc, cuando ésa era la categoría reina y competía con los mejores de su tiempo. Para nadie constituye un secreto que a 100 kilómetros por hora el agua es dura como la piedra, y que a 300 rozar el asfalto es como tocar acero fundido. Remendado, no menos que curtido, Víctor venció y siguió venciendo hasta un antepenúltimo accidente. Apenas había rebasado los 30 años, y tras el largo reposo (con una pierna más corta que la otra con un cuerpo que al cruzar los controles del aeropuerto accionaba frenéticamente el detector de metales) no logró recobrar una máquina y unas facultades que le permitieran volver a guiar el pelotón de cabeza.Hace unos días, tras cumplir tan ampliamente lo prometido en su nombre, Víctor usó las alas de su apellido para irse con un portazo de este perro mundo. Él era de naturaleza poco sedentaria, amigo de ir y venir cada rato, y aunque siempre respetara el conocimiento no encontró tiempo para leer demasiado; le gustaba Krishnamurti, y en las últimas épocas oía casetes de Bagwan Rajneesh sentado en el porche de una vieja casa payesa. Desde allí se divisan frutales, una llanura de molinos y, más a lo lejos, un paisaje sin tiempo de acantilados y mar azul. Cortando lo próximo y lo distante tenía las pistas del aeropuerto de Ibiza, cuyas luces nocturnas semejaban una cuadrícula de 2001 rodeada por campo intacto, inmediato.

Compañeras envidiables le conocí en ocho años de trato. Me parece estar viendo a una u otra, con sus largos trajes de algodón blanco o tan sólo una refulgente piel, danzando en alguna fiesta de plenilunio estival, mientras corderos abiertos en cruz sudaban su sebo al calor de las brasas. Acogido por la penumbra de quinqués, que la brisa apagaba de cuando en cuando, el campeón se unía al estruendo por momentos inspirado de la banda palmeando alguna percusión con disimulada timidez. Un lucky man fue Víctor.

A un alto precio, sin embargo, incluso tiempo atrás. Creo que en 1980 le vi una mañana de febrero delante de su casa tomando el sol del invierno, solo y escuálido hasta lo irreconocible. Me arrepentí de sorprenderle así, y él, leyendo en mis ojos, aclaró que quizá perdería la pierna derecha, herida meses antes. Pero no dijo eso con tanta emoción como que no se lo contase a nadie, "porque era aún dudoso". Me di cuenta entonces que la lástima ajena le inquietaba tanto como la amputación, y me admiró su talante. Ahora el episodio me trae a la cabeza algo que atribuyen a Alejandro cuando -ya en la India- una noche de tormenta decidió atacar con la caballería cruzando un crecido río; a medio camino, dándose cuenta de que no sabía nadar y viéndose a la deriva en las aguas fangosas, se cuenta que gritó:

_ ¡Compañeros! ¿Podríais creer a qué peligros me expongo para merecer vuestras alabanzas?

El héroe es siempre cierto acróbata cruzando por una cuerda floja. El público obtiene con ello un entretenimiento; los organizadores, una bolsa, y él -si tiene éxito-, una merecida alabanza. Algunos acróbatas usan red, otros no, y en la emoción adicional que evoca su riesgo se alimenta un aplauso más cálido. Sólo estos segundos prefieren merecer la gloria a vivir vegetando, pirañeando o temiendo; para ellos, ir al peligro es lo mismo que mérito, y se dice que donde crece el peligro crece también lo que salva. Los pieles rojas americanos miden a un guerrero por la talla de sus adversarios, y si usamos ese rasero ninguno será tan digno como el que toma por oponente asiduo a la propia muerte.

Pero la muerte de Víctor duele más porque no fue en competición y, sobre todo, porque no es en modo alguno un problema personal suyo, sino el de un número creciente de hombres y mujeres. Se diría que el aguamiel de las medallas y la ocupación prolongada del candelero compensan entregar la vida desde la infancia a la madurez en arañar unas centésimas de segundo o unos centímetros a la marca. Luego -siempre tan pronto- llega aquel sobrar. Una muchedumbre más joven empuja y rebasa, mientras el público ávido de novedades practica (muy comprensiblemente) una idolatría seguida de iconoclastia en renovado ciclo. El campeón descubre que arrancar ovaciones no le ha acercado necesariamente a la amistad consigo mismo o, si se prefiere, que hay algo en él herido por la atención incompartida a un distrito minúsculo del acontecer, pendiente para todo de un cronómetro o una cinta métrica cuando los envuelve algún clamor aprobatorio.

En tiempos de Franco parecía claro -sin serlo- que el fútbol y los toros eran el opio de un pueblo. últimamente se diría que el deporte intensivo, reclutado ya en las escuelas de párvulos y canalizado hacia algún específico récord, constituye una formación suficiente para los humanos y les asegura un halagüeño futuro. No lo creo; y sugiero que es tan espléndido jugar, ejercitar a fondo el cuerpo, competir deportivamente, como no recomendable exprimirse hasta la deformidad física y mental en lucha por una específica marca. A pesar de sus múltiples ramificaciones, los modelos de gerontocracia plutocrática que son el Comité Olímpico, la FIFA y sus afines no van a salvar duraderamente a nuestros hijos del paro o la falta de destino. En Olimpia no había cronómetros, y los Juegos celebraban ante todo la belleza de cuerpos versátiles, mientras ahora la rigurosa especialización y un masivo doping producen monstruos físicos, condenados a sufrir la amargura de coronas inalcanzables o efímeras.

Se me dirá que en el premio llevan tales coronas su penitencia, y que más cornadas da el hambre. Con todo, este sacrificio nunca hasta hoy ha sido promovido, ensalzado, difundido y financiado con recursos públicos en medida remotamente comparable. El hedonismo oficial (con sus renovados ribetes puritanos) cristaliza individualmente en narcisismo, una pasión de la infancia, y el generalizado narcisismo descubre accesos imprevistos a una gloria indiscernible de la notoriedad pura y simple. Los media han multiplicado por millones el cuánto tradicional de fama, que actualmente dura tanto como la suma de sus horas de programación por canal añadida a los metros de publicidad adheridos a ella. De repente caben muchísimos más protagonistas, y Warhol vaticinó que en breve todos los terráqueos serán muy famosos, por algunos segundos cuando menos.

Es en un momento semejante donde convendría recordar a nuestros hijos que la fama o gloria vale infinitamente más por su causa que por su grado. Esto es, que viajar, conocer las estrellas, cultivar verdaderos amigos, buscarse a través de algún arte, y muchísimas otras actividades, tienen quizá menos gloria que un cuarto puesto en descenso o marcha atlética, aunque mucho menos usurera. El fetichismo de la marca (nutriente principal de la gerontocracia plutocrática instalada en el deporte) llevó de los segundos a las décimas de segundo, de los metros a los centímetros; si las cosas se mantienen como están, será difícilmente evitable bajar de las décimas a las milésimas, de los centímetros a los milímetros, mientras un tropel en aumento de aspirantes a la felicidad olímpica va labrándose una olímpica desdicha desde la infancia.

Víctor Palomo tenía 36 años. No le verán los que le envidiaron de empleado ni de empresario, ni de disminuido profesor de esquí en algún lago o una costa; no recogerá limosnas después de los laureles. Se ha ido dejando intacto un ejemplo de nobleza y fuerza para sus amigos. Se ha ido, también, dando un ejemplo del usurero precio de la gloria cuando se busca a todo precio.


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