Ilustración o reino de las tinieblas

Cambio 16 - Mayo de 1990

Empecemos por un caso concreto, entre muchos posibles. A mediados del siglo XIX, China tiene prohibidos tanto la producción como el consumo de opio con pena de muerte, tras considerar durante un milenio largo lícitas ambas cosas. Sin embargo, quien alimenta un contrabando inglés en vertiginoso aumento es la India. ¿Tienen los indios problemas debido a la gigantesca producción propia? A través de sus miles de páginas, los sucesivos informes de la Royal Commission on Opium despejan dudas. En India hay aproximadamente diez veces más usuarios regulares de esta droga que en China, pero no se observan problemas sanitarios, sociales o criminales. Los usos moderados son regla, y los médicos encargados de llevar a cabo la investigación, tanto nativos como británicos, acaban concluyendo que el consumo «carece de inconveniente para la salud y el bienestar, pues el opio en la India se parece más a los licores occidentales que a una sustancia aborrecible».

Ilegalizada rigurosamente, la misma droga —durante el mismo período— está minando la sociedad y las instituciones chinas hasta extremos impensables. Sus últimas secuelas son el absoluto control del país por sociedades secretas, las más sangrientas guerras civiles conocidas y, algo después, el desmembramiento del país en beneficio de otras naciones. Derrotada militar y éticamente, la corte imperial decide hacer un giro en redondo y rehabilita las grandes extensiones antes dedicadas al cultivo de adormidera. ¿Qué consecuencias produce la legalización? En 1906, cuando el opio lleva treinta años de licitud, la declaración oficial del Gobierno chino calcula que hay unos dos millones y medio de usuarios regulares, lo cual equivale al 0,3 por ciento de la población. La fuga de capitales, la desmoralización y la delincuencia ligada a esta droga han desaparecido, mientras el número de consumidores resulta igual, o incluso levemente inferior, al que había 60 años antes; pero ahora su conducta es la acorde con quien dispone de un fármaco puro, barato y legal.

El contraste entre China e India durante el siglo pasado no proviene de una inexplicable anomalía. Durante el siglo XVIII, cuando arraiga en Europa el uso del café, la tolerancia y la intolerancia producen los efectos respectivamente previsibles. En Francia, donde se inauguran los primeros establecimientos públicos ligados a la droga, Montesquieu comenta que tiene fama de ser un «fármaco espiritual». En Rusia, donde el consumo se encuentra castigado con mutilación de las orejas (y hasta de la nariz), no son infrecuentes los usuarios capaces de beber litros por hora; sus trances de hiperexcitación confirmaban a la policía zarista en su certeza de habérselas con «un fármaco mórbido e incontrolable».

Mediante reiterados ejemplos, la historia humana enseña que cualquier normativa prohibicionista multiplica consumos irracionales, corrupción institucional y envenenamiento con sucedáneos mucho más tóxicos que los originales prohibidos. En otras palabras, la alternativa no es un mundo con drogas y un mundo sin drogas, sino la actual hipocresía o alguna alternativa que proteja menos desastrosamente la salud pública.

Intentar prevenir el abuso de drogas con prohibición es tan endeble lógicamente como querer prevenir el embarazo premarital apaleando a la hija que llegue a casa después de las 10. Tal como la cópula puede muy bien realizarse antes de esa hora, lo prohibido puede muy bien obtenerse cuando se quiera. Dispensarios de drogas ilícitas florecen en todas partes, y para acceder a ellas basta disponer de efectivo o estar dispuesto a revenderlas; la ley del dinero convierte a los humildes en eficaces viajantes de comercio.

Distintas épocas y países prueban que un autocontrol aparece tan pronto como cesa el sistema de heterocontrol o tutela oficial, cosa previsible considerando que la dieta de drogas (con fines terapéuticos, recreativos y religiosos) ha sido siempre un complemento de la dieta nutritiva, no ya en todas las culturas sino en todos los animales de sangre caliente investigados hasta el día de hoy. Cambiar el estado de ánimo por medios químicos es un impulso tan básico como comer, beber o aparearse.
Al mismo tiempo, los humanos se dejan obnubilar por etiquetas adheridas a las cosas, velándose lo que ellas y ellos respectivamente son. De ahí que una droga no sea sólo cierto cuerpo químico, sino algo determinado esencialmente por clichés ideológicos y condiciones de acceso a su consumo. Hasta 1935, por ejemplo, los heroinómanos eran personas de segunda y tercera edad, casi todas bien integradas familiar y profesionalmente, ajenas a incidencias delictivas; no necesito aclarar quiénes son actualmente, y cómo se desempeñan.

A estas alturas, cabe preguntar si puede uno drogarse razonablemente. Pero eso depende de que los estados defiendan la ilustración o el oscurantismo, la cultura o la barbarie farmacológica. La cuerda que sirve al alpinista para conquistar una cumbre sirve al suicida para ahorcarse y al marino para sostener sus velas al viento. Libres de mitos, adulteración y embustes, las drogas hoy ilegales pueden proporcionar paz, estimulación y apertura espiritual a individuos y grupos; cargadas de mitos, adulteración y embustes pueden proporcionar desasosiego, apatía y cerrazón mental a individuos y grupos.

Como el prohibicionismo está peleándose finalmente con la química, cuanto más se extreme más subvencionará sus progresos incontrolados, y más convertirá a los ciudadanos en cobayas para laboratorios clandestinos. Con los actuales avances no sólo han surgido cinco derivados por cada droga antigua ilegal sino 500, pues las posibilidades de modificar la conciencia intercambiando radicales atómicos son sencillamente infinitas.

Podemos echarnos las manos a la cabeza, y pedir al cielo que nos defienda de este nuevo apocalipsis. Sin embargo, el apocalipsis fue decretado al prohibir —por motivos sectarios, racistas, etnocéntricos y mercantiles— ciertos tipos de ebriedad mientras, inevitablemente, se fomentaban otros. Si decidimos que ciertas formas de ebriedad son malignas, y después —cuando las leyes se han puesto al servicio de esa moralina— buscamos pruebas de que lo eran efectivamente, estamos poniendo en marcha un mecanismo de profecía autocumplida.

Difundidas por la propaganda, y sostenidas por la represión, esas pretensiones se convierten pronto en realidades sociales. Se reirán de mí si digo que café y tabaco llevan a una prostitución de las jóvenes. Pero si logro ilegalizar café y tabaco, elevando salvajemente su precio, entregando el comercio a organizaciones criminales y creando en torno a ellas la mitología que hoy rodea a la heroína o la cocaína, en poco tiempo encontraremos jovencitas que hagan la calle para pagarse ese vicio o pagárselo a su prometido. He ahí una profecía autocumplida.

Tengamos en cuenta que el más antiguo negocio es vender coactivamente protección. Gracias a su rentable profecía, el vendedor coactivo de seguridad puede presentarse como santo guía, exigiendo tributo y acatamiento incondicional a los supuestos protegidos. Así se justificaron cruzadas previas contra herejes o brujas, empresas muy lucrativas para inquisidores y oficios conexos, que al convocarse parecieron absolutamente benéficas y ahora nos parecen absolutamente criminales.
Tras bastantes años de pesquisas en distintas bibliotecas, doy testimonio de que hubo pacífica y sana automedicación durante milenios, en los cinco continentes. Reparar las ingentes miserias producidas por la narcoinquisición no será sencillo, y requerirá pasos graduales. Pero tampoco constituye un problema técnico, sino algo que depende ante todo de buena fe. Para empezar, debemos sacudirnos el fantasma que legitima el Estado como ángel de la guarda. Nuestros ángeles de la guarda son la libertad y el cultivo de la razón.


Rectificar es de sabios

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