Las reglas del juego

EL PAÍS  -  Opinión - 28-01-1985

Recorre el mundo la noticia de que Edwin Moses, plusmarquista mundial casi vitalicio en 400 metros vallas, ha sido no sólo arrestado, sino procesado por hacer proposiciones a una buscona callejera, en realidad agente de la brigada de costumbres en una fiscalía de Los Ángeles. La información añade que se encontró en su coche una ínfima cantidad de marihuana -el fiscal la considera "insuficiente para liar un porro"-, y que un destrozado Moses ha comparecido con su esposa en una conferencia de prensa para declarar que las escasas trazas de droga no son suyas y nunca ha recurrido a meretrices. Las secciones deportivas de los periódicos han publicado algunos comentarios sobre los previsibles herederos del velocísta en su distancia. He ahí materia para abrir 1985 con resonancias del 1984 orwelliano.

El Estado contemporáneo nació renunciando a la persecución de brujas, endemoniados, lujuriosos, herejes y liberales en general, sacrificados durante siglos con serena pompa. Bien es verdad que por entonces algunos especialistas de nuevo cuño repararon en una amplia gama de desviaciones, antes unánimemente consideradas vicios; expertos en psique y soma avanzaron la posibilidad de abordarlas desde principios humanitarios, sin oscurantismos teológicos. Y tan pronto como los poderes públicos se convencieron de que, en efecto, ciertos vicios eran enfermedades curables, comenzó a perfilarse el complejo que algunos juristas actuales llaman de los "delitos sin víctimas".

Allí, por la propia naturaleza de la acción, el daño a otro o no existe o no necesita rebasar el nivel del riesgo inconcreto. Sin embargo, se trata de conductas muy reprobadas y varias. La tentativa de suicidio, la eutanasia, el adulterio, la ociosidad, la pornografia, la objeción de conciencia, el, proxenetismo consentido, la prostitución, el juego y las apuestas, la toxicomanía habitual, la homosexualidad, el exhibicionismo y un inagotable etcétera, con peculiaridades regionales como en Suráfrica el ayuntamiento entre personas de diferente color.

Los esfuerzos por curar estas enfermedades con cosa distinta del tradicional varapalo produjeron sus remedios. Se ensayaron la lobotomía, el electroshock, la terapia del reflejo condicionado, el psicoanálisis, la narcoterapia, la reclusión forzosa y otros procedimientos de vanguardia. Hacia mediados de nuestro siglo estaban legalizadas en todas partes las intervenciones psiquiátricas involuntarias. Ante un exhibicionista muy pacífico y buen artesano, pero contumaz, los jueces se sintieron aliviados en conciencia al poder sustituir una reclusión entre verdaderos delincuentes por el internamiento en centros rehabilitadores durante el período de tratamiento. Szasz cuenta el caso de un anciano que reclamó recientemente -ante un tribunal de Pensilvania- ser curado de su afán exhibitorio o ser puesto en libertad, tras 26 años de terapia forzosa; el reclamante logró lo segundo, demostrando que nadie le había administrado tratamiento específico alguno durante ese tiempo.
Los delitos sin víctima están ligados a metamorfosis de una proteica censura, y tienen exactamente los mismos enemigos que ésta. Jefferson, por ejemplo, creía que las leyes están hechas para protegernos de otros, no de nosotros mismos. Si impedimos que la virtud se defienda por sí sola, los castigos o premios externos se encargarán de convertirla rápidamente en hipocresía. Para Stuart Mill, medio siglo después, ninguna autoridad dotada de jurisdicción podía intervenir coactivamente sobre alguien amparándose en el bien de ese alguien (otra cosa es la beneficencia), porque lo inalienable del ciudadano adulto es decidir por sí acerca de semejante cosa. Hacia aquellos años, Spencer veía peligroso pedir del Estado lo sublime -que erradique los vicios-, porque además de no cumplir habrá crecido atróficamente durante el frustrado intento.

El antipaternalismo de estos anglosajones roza lo chocante, como el de su contemporáneo Tocqueville, cuando distinguía entre la paternidad familiar (preparatoria de la edad viril) y la paternidad estatal (fijatoria en una permanente infancia). En realidad, desde los griegos, algunos hombres temen que la ley se acarree el desprecio si saca los pies de su específico tiesto para convertirse en vehículo de una particular concepción moral. Pero esto tiene hoy en día algo de imposible; una inmensa cantidad de personas vende, compra y defiende salud moral, como siglos antes acontecía con la salvación del alma. Algunos delitos sin víctima son vicios realmente tristes, y ¿cuántos padres renunciarían a una atmósfera de buen ejemplo para sus hijos? Aunque los buenos ejemplos cambien -pienso en las solteras encintas, ayer y hoy-, ser ecuánimes obliga a comprender que el derecho colabore con la simple opinión. La principal víctima de los delitos sin víctima es el escándalo, ese estremecimiento ante la transgresión del decoro, y toda comunidad cultural tiene sus pautas de escándalo. Como lo decoroso guarda relación directa con el qué dirán, deja de ser indecoroso todo cuanto no trascienda. Eso transforma la apuesta ética en maniobras de discreta astucia; pero la discreta astucia -sigamos siendo ecuánimes- tiene numerosos e inteligentes partidarios.

Tarea de gran política sería lograr que -sin escándalo- fuera haciéndose decoroso lo bello y bueno por sí. Indecoroso, digamos, lapidar a bañistas desvestidos, y decoroso quitarse de en medio sin miserias para los seres queridos cuando llegue la oportuna hora. Valdría casi la pena distinguir entre decoros obscenos y decoros dignos. Puesto que cada sector social se escandaliza con distintas cosas, es inquietante que la jurisdicción (algo en principio de y para todos) se mezcle en tales asuntos. Al mismo tiempo, parece inevitable. Los delitos sin víctima están defendidos por una bien remunerada falange y sostenidos por un número de personas quizá en aumento. Resulta evidente que el paternalismo está incluso de moda, otra vez, cuando un ídolo como el atleta americano es procesado por "solicitar un acto de prostitución", incluido en el marco de una figura penal llamada conducta inadecuada".

En agudo contraste, la Prensa española nos cuenta estos días que el primer teniente de alcalde de Madrid, Juan Barranco, ha propuesto "una plena legalización en el ejercicio" de la profesión más antigua del mundo. Se trata de dos decoros distintos, y la pregunta es cuál gobernará el inmediato futuro. La ironía de los delitos sin víctima es que acaben requiriendo su propia e impune inducción. Nadie osaría preferir la detención de un homicida a la perpetración de un crimen, o coger a un ladrón antes que evitar un robo. Sin embargo, hay funcionarios disfrazados de Irma la Dulce -y otros papeles más escabrosos para provocar aquellos delitos donde el autor y la víctima coinciden. En California, vanguardia del mundo, redescubren ahora al doctor Francia, aquel presidente vitalicio de Paraguay que fingió morir -y se hizo funerales- a fin de poder espiar las caras de los asistentes.

Fue una medida de discreta astucia, para no cargar con turiferarios insinceros.


Nación y república

Next Project

See More
error: Content is protected !!