Lo libre y lo seguro

Claves de razón práctica - Diciembre de 2010

Debería mover a sorpresa que, precisamente en política, la liber­tad y la seguridad puedan guar­dar una proporción inversa, donde el aumento de una implica reducción en otra. Desde una perspectiva puramente lógica, esa relación inversa resulta tan capri­chosa como una relación inversa entre goce y deseo, luz y foco, contenido y recipiente. Ser libres es una seguridad, y estar seguros, una libertad.

Sin embargo, ver recortada la li­bertad (propia, ajena o ambas cosas) constituye para algunos una garantía de seguridad, quizá general y desde luego particular. Para otros, en cambio, premisa y fin de toda seguridad es el reco­nocimiento de una autopropiedad o soberanía personal por la que vale la pena luchar y hasta morir si necesario fuese. Como conse­cuencia de ello, se plantea el dile­ma de elegir entre valores poten­cial aunque no actualmente com­plementarios.

Se diría que la soberanía perso­nal es un invento histórico, y que coincide con aceptar la historici­dad como específica casa del hombre, frente a conceptos atem­porales o cíclicos de gran residen­cia. Culturas muy estratificadas —la China tradicional o el antiguo Egipto, por ejemplo— se canali­zan hacia una constante anulación del tiempo como vehículo de cambio, confiando para ello en la estabilidad de algún guía infalible. Pero hay también culturas volca­das a impedir la formación de pi­rámides jerárquicas, que cultivan un ideal de autosuficiencia opues­to al de interdependencia encar­nado por feudos, reinos e impe­rios.

Sea como fuere, una entroniza­ción explícita de la libertad políti­ca no alcanza el registro escrito, en una sociedad demográfica­mente densa, hasta la constitu­ción ateniense de Clístenes (508 a.C.). Tras un breve florecimiento en las polis helénicas y en la Roma republicana (donde nunca logró desarticular del todo el es­quema oligárquico), esta concien­cia desaparece del mapamundi hasta el Renaci-miento, para ser allí ahogada otra vez por una ac­ción conjunta de Reforma y Contrarreforma que desemboca en las monarquías absolutas. Su semilla sólo pervive en algunos fi­lósofos y en el pensamiento de la Ilustración, aunque sea instructivo observar algo más de cerca la postura ilustrada.

i.

Un sector propone actualizar el mando, limando sus asperezas y sustituyendo a la casta nobiliaria- sacerdotal en funciones por otra de científicos-pedagogos, sin poner en cuestión la majestas tra­dicional y su merum imperium, el derecho de vida y muerte sobre los súbditos por gracia divina o delegación patriótica.

Voltaire es el más encantador de estos ilustrados, si bien la orien­tación es más clara aún en D'Hol- bach y Helvecio, olvidados pre­cursores del conductismo moder­no. Para el primero, el tránsito del pecado original a la ética materia­lista es un problema de "legisla­ción", resoluble cuando los pode­res temporales "presten" a la moral la ayuda de los premios y castigos de que son deposita­rios", convirtiendo la previa tutela de almas en una eficaz manufac­tura de súbditos. Helvecio —que en esto coincide con el programa escolar de La Salle— presenta el espíritu como algo pasivo, a fabri­car por la educación mediante el oportuno sistema de refuerzos, que finalmente equivalen a técni­cas para establecer reflejos condi­cionados. La educación de los niños se basa desde luego en tro­quelar buenas costumbres y por eso mismo "legisla"; con todo, ahora se propone que dichas téc­nicas sean aplicables también a los adultos.

En el otro sector ilustrado hay disidentes. Montesquieu —que le parecía a Voltaire torpe de cabeza y frívolamente antimonárquico- tuvo la insolencia de diseccionar los fundamentos del poder políti­co, sacando en conclusión que un ordenamiento legal es por natura­leza un sistema tendente a produ­cir el "máximo de libertad" com­patible con la paz pública. Rous­seau —llamado por Voltaire "som­brío energúmeno", "retrasado gó­tico" y "enemigo del hombre"— tuvo la insolencia adicional de afirmar que al pueblo le sobraba pedagogía y le faltaba autonomía, y que estaba donde estaba —en la más abyecta miseria material y espiritual— gracias a ser tomado como menor de edad por sucesi­vos usurpadores Lo que emerge de una y otra obra, complementadas por las previas de Spinoza y Locke, es un

concepto abisal de la libertad. La condición humana queda vincula- da a ser libre como "derecho y deber”, que si en un sentido su­giere el asalto a las fortalezas del poder fáctico, en otro trae consi­go una exigencia de responsabili­dad no menos absoluta. Alige­rada de incoherencias añadidas por el propio Rousseau (ante todo, el corte entre "voluntad de todos" y "voluntad general”), será esta línea —libertad=pensamien­to = naturaleza humana— el fulmi­nante de los posteriores procesos americanos y europeos, así como el último núcleo de la filosofía kantiana, fichteana y hegeliana.

Pero en ninguna manifestación histórica ha alcanzado, a mi jui­cio, tanta nitidez el radicalismo li­beral como en el pensamiento de Thomas Jefferson, cuyas tesis podrían considerarse idealistas si no hubieran cristalizado en la más duradera constitución conocida. Redactor de la Declaración de Independencia, embajador en París desdé 1787 a 1790, ministro
de Exteriores con Washington, vi­cepresidente con Adams, presi­dente durante dos mandatos, ma­estro indiscutible para Madison y Monroe, los dos presidentes ulte­riores, Jefferson es sin duda el Solón americano, y podemos re­currir a él para redondear el con­cepto de un radical práctico.

2.

En 1776 el Parlamento de París hizo una declaración que expone la cordura del viejo régimen:

“Las obligaciones del clero son la enseñanza y el culto, y contri­buir al alivio de los desgraciados con sus limosnas. El noble consagra su sangre a la defensa del Estado y presta asistencia al soberano con sus consejos. La úl­tima clase de la nación, que no puede prestar al Estado servicios tan eminentes, paga su deuda hacia él con impuestos, industria y trabajos corporales”.

Ese mismo año Jefferson redacta la célebre Declaración, donde se
dice: "Sostenemos como evidente en sí que todos los hombres fue­ron creados iguales, que están dotados con derechos inaliena­bles, y que entre éstos se encuen­tran la vida, la libertad y la bús­queda de la felicidad". Antes de acceder a la presidencia america­na ha sacado adelante tres pre­ceptos que liquidan puntualmente las recién mencionadas pretensio­nes del Parlamento parisino: la ley aconfesional de Virginia, la in­compatibilidad de la ciudadanía americana con cualquier detenta­ción de títulos nobiliarios y el fin de los mayorazgos. La meta de estos preceptos, y los siguientes, es que los ciudadanos tengan "un completo control sobre los asun­tos públicos".

En el discurso que inaugura su mandato como presidente prome­te "un gobierno que impida a los hombres herirse unos a otros, pero que en lo demás les deje re­gular libremente sus propios pro­yectos de industria y mejora, y que no le quite de la boca al tra­bajador el pan ganado". Haciendo realidad eso último, reduce la burocracia a lo impres­cindible, suprime toda clase de impuestos federales, sostiene los gastos del gobierno con ingresos provenientes de aranceles, paga la deuda pública a un ritmo varias veces superior al de Washington y Adams, y durante ocho años liqui­da el presupuesto con superávit, iniciando la política de invertir re­cursos públicos en instrucción su­perior y ciencia. Para explicar lo nunca visto antes o después en Estados Unidos —por no decir que en ningún otro Estado— utili­za una sencilla alternativa: “O economía y libertad, o profusión y servidumbre".

En términos administrativos, su tesis fue que cualquier república sabotea su propia base si no fo­menta la descentralización de fun­ciones. Propuso por eso añadir a la división por condados una divi­sión por distritos, aligerando al gobierno general de asuntos aje­nos a su incumbencia. Sólo tras­cendiendo el voto periódico, desde lo que él llamaba "peque­ñas repúblicas", podría cada hom­bre convertirse en "un miembro

activo del gobierno común, ejer­ciendo personalmente gran parte de sus derechos y deberes". Desde luego, halló una eficaz oposición en el legislativo federal, en los legislativos de cada Estado y, sobre todo, en el Tribunal Su­premo. Pero nadie concreto osó entonces discutir el principio sub­yacente: los aparatos estatales no ostentan sus facultades para do­mesticar a personas y territorios, sino para promover el autogobier­no de personas y territorios.

3.

Jefferson veta en el Estado tradi­cional un terrorista sistemático. El negocio del sacerdocio y la reale­za sagradas, como el de sus an­cestros bandoleros, fue vender protección coactivamente, bajo amenaza de catástrofe para quien no pagase el canon estipulado. De ahí, según él, que los hombres deban distinguir muy cuidadosa­mente las amenazas que se si­guen de ser insolidarios unos con otros, y las que esgrime el clan in­vestido como escudo de todos. En otro caso seguirán pagando estipendios para no ser saquea­dos por sus propios protectores Como refinamiento del saqueo se inventó la ortodoxia, suponien­do que la verdad y la razón se concentran necesariamente en el soberano y sus delegados. Tras definir la verdad como realidad de las cosas, y la razón como saber transmisible acerca de esa realidad, el proyecto virginiano de ley sobre libertad religiosa, re­dactado por Jefferson 10 años antes de caer la Bastilla, afirma:

"Las opiniones de los hombres dependen de su propia voluntad, pero siguen involuntariamente la evidencia propuesta a sus mentes (...). Todos los intentos de influir sobre el entendimiento mediante castigos temporales, cargas o in­capacitaciones sólo tienden a en­gendrar hábitos de hipocresía y perversidad (...). Bastante es para los legítimos propósitos del gobier­no que sus funcionarios interfie­ran cuando se produzcan actos abiertamente contrarios a la paz y el buen orden. La verdad es grande, y prevalecerá si queda li­
brada a sí misma (...). Nada tiene que temer en el conflicto con el error si no es despojada por interposición humana de sus armas naturales, que son la libre argumentación y el debate ”1[1] [2]).

Dos años más tarde, en las Notas sobre Virginia, reitera:

“Sólo el error necesita apoyo del gobierno. La verdad se vale por sí misma”

En 1787, siendo embajador ame­ricano en París, reprocha a J. Madison que admita duras medi­das represivas contra la revuelta de Massachussets: "Un poco de rebelión es cosa buena, y tan ne­cesaria en el mundo político como las tormentas en el físico (...). Los gobernantes republicanos hones­tos han de ser indulgentes en el castigo de las rebeliones, a fin de no desalentarlas en demasía, pues constituyen una medicina necesa­ria para la buena salud del gobier­no" I[3] [4] [5]). Al fin y al cabo, su país es el único que ha cambiado su forma de gobierno "bajo la única autoridad de la razón, sin derra­mamiento de sangre" W. En 1800 —año previo a su elección como presidente— jura "hostilidad eter­na a toda forma de tiranía sobre la mente del hombre" (5). Informado sobre una iniciativa del Congreso para prohibir cierto libro por blas­femia, comenta:

“¿De quién habrá de ser el pie a cuya medida tendrán que cortar­se o estirarse los nuestros? (...) Es un insulto para nuestros ciudada­nos poner en cuestión si son seres racionales o no (...). Si el libro fue-seperseguido, todo ame­ricano se considerará en el deber de adquirir un ejemplar” ([6] [7] [8]).

4.

Casi dos siglos después, hoy, vemos que los ciudadanos acep­tan sin la menor protesta ser tra­
tados como seres irracionales, que necesitan una tutela ubicua del Estado. Finalmente idéntico en el Este y en el Oeste, el Welfare State se alza como pro­mesa de dicha y reconciliación.

No faltan tampoco algunos, para los cuales ese Estado es un com­promiso inestable, que perpetúa las viejas pautas de dominio con simples cambios de fachada: se otorgan a un estamento médico- policial las facultades del viejo es­tamento eclesiástico, a la propa­ganda las del legislativo y al de­porte las de la cultura. Otros reto­ques ornamentales trasladan los centros de decisión —en materias de interés universal— a consor­cios guiados por intereses reco­nocidamente particulares (em­presas multinacionales), la discre- cionalidad del elector a una op­ción entre partidos ilusoriamente distintos (hay más diferencias dentro de cada formación política dominante que entre los planes explícitos e implícitos de unas y otras), y la plenitud vital al consu­mo de productos evanescentes

impuestos al gusto con técnicas de lavado cerebral.

Curiosamente, los disconformes con esas modificaciones en la forma se han venido denominan­do neoconservadores, y progresis­tas los conformes con ellas. Es progresista creer que "el sistema político-administrativo debe asu­mir, programáticamente, la tarea de regular y guiar la vida de la po­blación” O). Y que el Estado del bienestar "manifiesta el deseo ge­neral de apoyar la supervivencia de>algunos" (8^, aunque sea con­tra la voluntad de éstos. Debe sal­var a los no integrados, recondu­ciéndoles a un consenso sobre cosas deseables. Para ser exac­tos, su tarea es una nivelación es­pecífica, que —respetando las co­ordenadas capitalistas— se man­tenga como nivelación psíquica, compatible con cualesquiera desi­gualdades materiales. Este tras­fondo de rigurosa semejanza mental y no menos rigurosa dis­paridad económica es —como premisa de/gobernabilidad"— lo que finalmente significa "integra­ción social".

¿Estamos ante la última etapa de una jornada o ante la primera de otra? Cabe ver en el movimien­to de los siglos un incontenible despliegue de la igualdad, que lleva de la teocracia a la aristo­cracia y de ella a la democracia; tras innumerables mediaciones y retrocesos, el gobierno de uno se convierte en gobierno de va­rios y, por último, en gobierno de todos. Esto justifica la histo­ria misma, "como altar donde se han sacrificado la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los Estados y la virtud de los indivi­duos" [9] [10] [11]. El pueblo, demos, es al fin reconocido duraderamente en todo el planeta como única fuen­te de poder legítimo, y los gobier­nos de la tierra no se atreven a negarlo.

Aceptaremos como provisional desdicha que el pueblo sea su­plantado por facciones orientadas a perpetuar las desigualdades de rango, oportunidades y decisión, al mismo tiempo que estimulan una homogeneización del gusto y el criterio. Pero ya a mediados del siglo XIX el conde Alexis de Tocqueville cerraba su investiga­ción sobre la democracia en América con una profecía:

“No es la anarquía el mal prin­cipal que amenaza a la era de­mocrática, sino más bien el menor de ella. La igualdad susci­ta, en efecto, dos tendencias; una impulsa directamente a los hom­bres a la independencia y puede llevarles a la anarquía, y otra los conduce por un camino más largo y más oculto pero más se­guro a la servidumbre. Los pue­blos perciben fácilmente la pri­mera y se resisten, pero se dejan arrastrar por la otra sin darse cuenta.

Por lo que a mí respecta, lejos de reprochar a la igualdad la rebel­día que inspira, la alabo princi­palmente por ella. La admiro por­que deposita en el fondo del espí­ritu y del corazón del hombre esa noción oscura y esa tendencia instintiva de la independencia política, y prepara así el remedio al mal que ella misma origi­na”(io)_

Para Tocqueville, los regímenes democráticos abrían hermosa­mente el entendimiento popular; sustituían la enseñanza de alguna fe sectaria por una introducción a las ciencias; preparaban a los hombres para un acceso igualita­rio al arte. Sin embargo, alejaban el recuerdo de la razón encarnada por el ciudadano, nacido sobre las ruinas del señor y el siervo como voluntad de autogobierno y custodia de la diferencia, una di­ferencia donde descansa la rique­za y espontaneidad de la natura­leza humana. “La mayoría", añade, "estima que el gobierno

(10) A. de Tocqueville, La democracia en América, Alianza, Madrid. 1980, vol. 11. p. 244.

obra sin acierto, pero todos pien­san que el gobierno debe obrar sin cesar e intervenir en todo" í[12]). Eso resulta imposible sin que las pasiones políticas se reduzcan a un amor por la tranquilidad, cuyo resultado es un culto al inestable presente, con la consiguiente y automática donación de nuevos poderes y derechos individuales al poder central. Su merum impe rium aumenta sin cesar, aunque los investidos por él se sucedan cada poco tiempo; ello refleja, a su vez, que —llevados a la atomi­zación— cada uno de nosotros sea tan independiente como débil.

“No sólo el poder soberano se ha extendido a toda la esfera de los antiguos poderes, sino quein­suficiente ya ésta para contener­ledesborda todos sus límites y se derrama sobre el dominio re­servado a la independencia indi­vidual. Nuestros príncipes ya no se conforman sólo con dirigir al pueblo; han emprendido la tarea de conducir y aconsejar a cada uno en los diversos actos de su vida y, si llegara el caso, querrí­an hacerle feliz a pesar suyo. Jamás existió nunca un soberano que haya intentado someter in­distintamente a todos sus súbditos hasta en los detalles a una regla uniforme (...). Se esfuerza con gusto en hacerles felices, pero en esa tarea exige ser el único agen­te y el juez exclusivo ” ([13]).

6.

Tocqueville sentía la nostalgia de un estamento nobiliario en rápida descomposición. Clístenes y Jefferson fueron patricios en so­ciedades donde una masa de es­clavos aseguraba mano de obra a precio de coste. En principio, la democracia contemporánea se establece a costa de todos, y eso la hace más gravosa para bastan­tes. Sin embargo, algo nuclear falla si el gravamen se acerca re­motamente al tributo pagado a los antiguos señores. La promesa de Jefferson fue que "no llegará a

la milésima parte del que se pa­garía a reyes, sacerdotes y no­bles” l13).

Ahora bien, no es en absoluto claro que este gravamen sea hoy inferior a los diezmos, cánones, corveas e impuestos del viejo ré­gimen. Los Estados tutelares se asemejan progresivamente al ab­domen desproporcionado de la hormiga reina, cuya fertilidad im­pone una movilización frenética de todos y de todo para un pro­yecto que galopa sobre tinieblas. Rompiendo la comparación, el abdomen de las reinas tiene en los termiteros límites fisiológicos y ecológicos claros, mientras el aparato estatal contemporáneo descubre ampliaciones cada día; día a día también se agrava su cri­sis "fiscal", pues el precio de la tu­tela crece con un ritmo superior al acopio de rentas, degradando progresivamente lo prometido.

En cualquier caso, brilla por su ausencia el proyecto político como proyecto de emancipación individual, favorecida en vez de coartada por el desarrollo de la técnica. Lo reemplaza entretener, orientar, curar y controlar a masas aburridas, desorientadas, neuróti­cas e irracionalmente explosivas, cuya existencia en insalubres me- gápolis no sugiere al tutor robus­tecimiento del sentido crítico y profundización en el ánimo. Inmersas en la impersonalidad, como propuso Heidegger, estas masas tienen en propio la avidez de novedades y la falta de para­dero.

7.

Una oleada de conformismo emergió desde principios de los 70, en respuesta al esfuerzo de algunos por tomar las riendas del autogobierno y, sobre todo, por intervenir sin prejuicios en las de­cisiones futuras del poder central ya existente. Lo que resta de aquella contestación es una acti­tud ecologista, comprensible­mente preocupada por la devas­tación del orbe, aunque incapaz de asumir en términos globales la

  • Jefferson, 1987, p. 416.

CLAVES

 

defensa del individuo y su digni­dad.

Acosada por la presión demo­gráfica, y como preparándose para alguna empresa colectiva no factible sin una rigurosa uniformi- zación, que supone al mismo tiempo una infantilización de los deseos, la especie humana es ahora un rebaño dócil. A cambio del pasatiempo, basado en un consumo de sucedáneos cada vez más alejados de los origina­les previos, se ofrece como mate­ria ^receptiva a cualesquiera con­signas, distribuidas por los cau­ces cada vez más sofisticados del mando. Hay inmensos adelantos precisamente allí, en las técnicas manipulatorias de la conciencia, en el teledirigido condiciona­miento del gusto y el juicio.

Ciertas zonas apenas exhiben ya sicarios del poder soberano, al estilo antiguo, con solemnes eje­cuciones públicas para réprobos. El miedo del ciudadano subsiste intacto —con males creados o fo­mentados ppr.ios propios gobier­nos (guerra fría o caliente, terro­rismo, drogas, inflación y rece­sión económica, nuevas formas de marginalidad asocial, etc.)—, pero está replegado en lo más in­terior y se vincula a pequeños detalles; la sumisión a instancias tácticas, ajenas por completo a los negociadores legítimos en el juego de la democracia parla­mentaria, apenas se experimenta ya como sumisión a la fuerza.

Es este conjunto de cosas lo que replantea una alternativa ra­dical, colosalmente anacrónica a la vez, encaminada a una mejora no engañosa en la calidad de vida. La estrategia dista de ser ní­tida, y menos aún sencilla; de­pende, para empezar, de un aná­lisis que actualice la crítica hecha hace décadas al sistema vigente por acumular "posibilidades in­cumplidas" y, en consecuencia, por traicionar las oportunidades que ofrece el estado de la técnica para hacer más serena y justa la existencia, en vez de más aliena­da. El concepto de alienación, tan común ayer en la teoría y tan inhabitual hoy, sigue prestando sentido a procesos que —vistos desde otra perspectiva— se cobi­jan cómodamente en'lo arbitra­rio.

8.

Pero si la estrategia resulta discuti­ble, y pide diseccionar previamen­te los nuevos resortes de control social, a nivel de principios cabría enunciar los más tópicos, siquiera sea porque no parecen haber va­riado desde hace milenios, y por­que su aplicación supondría —to­davía hoy— drásticas modificacio­nes en la ley vigente. Sin salir de Jefferson, esta propuesta de razón práctica defiende que:

  1. La mente humana debe reco­nocerse libre e irreprimible por naturaleza, siendo criminal cual­quier intento de influir sobre ella mediante intimidación.
  2. Fundamento de todos los de­rechos humanos, libertad y res­ponsabilidad son indisociables. Quien trate de disociar una y otra miente interesadamente: a) para hacer que otro asuma sin libertad una responsabilidad; b) para pre­sentar la libertad de otro como irresponsabilidad.
  3. El deber supremo del ciuda­dano es alzarse contra cualquier forma de tiranía, individual o co­legiada, velada o abierta.
  4. La virtud cívica consiste en desconfiar de todo poder coacti­vo, contribuyendo así a que éste se ciña a lo imprescindible; el vicio gregario consiste en adherir­se sumisamente él, contribuyen­do a que crezca más allá de lo im­prescindible.
  5. La libertad de acción sólo puede limitarse como consecuen­cia de actos que lesionen concre­tamente a otros, y la coacción no puede emplearse para defender a nadie de sí mismo. Las corpora­ciones que desempeñan este tipo de defensa son ilegítimas.
  6. La tiranía contemporánea posee formas recurrentes, entre las cuales destacan:
  7. a) La desvirtuación de la demo­cracia, que consiste en no orien­tar permanentemente el gobierno a la promoción del autogobierno, frustrando la descentralización de funciones y manipulando la inge­nuidad popular.
  8. La corrupción del mandato electoral, que consiste en defen­der privilegios no previstos por el elector e incluye el mantenimien­to de castas, los secretos oficia­les, la impunidad para gobernan­tes y otros abusos contrarios a la premisa de que la ley rige para todos sin excepción, pero muy es­pecialmente para quienes osten­tan funciones públicas.
  9. El expolio burocrático, que consiste en el reparto no equitati­vo de la carga tributaria entre los ciudadanos, con una u otra ex­cusa.
  10. El bandolerismo, que consis­te en la venta de seguridad para peligros creados mediata o inme­diatamente por el propio protec­tor.
  11. El sectarismo, que consiste en exigir uniformidad de opinión y costumbres en nombre de algo que se apoya sobre una u otra forma de censura y, por tanto, sobre la suplantación del entendi­miento subjetivo. La consecuen­cia inmediata del sectarismo es una pérdida de fronteras entre eticidad y derecho que pudre ambas esferas; una eticidad apo­yada sobre premios o castigos ex­ternos es mera hipocresía, y un derecho al servicio de cierta etici­dad es perversa injusticia.
  12. El fraude, que consiste en huir

hacia adelante, hipotecando ge­neraciones venideras a proble­mas que el tiempo agrava en vez de aliviar. Esto significa que "nin­guna generación puede contraer deudas superiores a las paga­deras durante su propia existen­cia" y que "ninguna sociedad puede hacer una constitución per­petua, o siquiera una ley perpe­tua" H4) lo contrario supondría entregar a los muertos el reino de los vivos.

[1]  T. Jefferson, Autobiografía y otros es­critos, Tecnos, Madrid, 1987, pp. 321-322.

[2]   Ibid., pp. 282-283.

[3]   Ibid., p. 436.

[4]   Ibid., p. 474.

[5]   Ibid., p. 594.

[6]      The Complete Jefferson, S. K. Padover

(ed.), Libraries Press, Freeport (N.Y.), 1969,

  1. 889.

[9] C. Offe, Contradictions of the Welfare State, Hutchinson. Londres, 1987. p. 60.

[10]        R. Titmuss, Essays on the Welfare State, Allen & Unwin, Londres. 1963, p. 39.

[11] Hegel, Leçons sur la philosophie de l'histoire, Vrin, Paris, 1967, p. 30.

[12]  Ibid., p. 246.

[13]   Ibid., p. 256 y 263.


La estrategia del delator

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