Norteamérica y el comunismo

Claves de razón práctica - Febrero de 2012

La explicación principal del carácter extrañamente pacífico del trabajador norteamericano obedece al hecho de que —a condición de ser fuerte— prácticamente cualquiera, teniendo o no patrimonio, podía independizarse[1].

Vimos fugazmente la Revolución francesa desde dos Padres Fundadores de Norteamérica como Jefferson y Paine, que vivieron sus comienzos y su final subyugados por una mezcla de lealtad y horror. Ambos sabían por experiencia que no trampear con las reglas del juego democrático había evitado la guerra civil al otro lado del Océano, haciendo que tras su derrota los monárquicos del país fueran gentilmente invitados a mudarse al Canadá o volver a la metrópoli. Norteamérica ni había conocido ni conocería el proyecto de abolir por decreto el Tuyo y el Mío, pero al mirarlo algo más de cerca comprobamos que la comunidad de bienes fue un asunto crucial para los primeros pobladores de Nueva Inglaterra, y que el espíritu del capitalismo norteamericano se entrelaza con una secuencia de sectas comunistas, que fueron llegando o formándose allí desde finales del XVIII. Ellas iban a ser los ensayos colectivistas más duraderos y prósperos del planeta, y que esto sea un asunto habitualmente ignorado lo hace aún más instructivo para nuestra historia moral de la propiedad.

  1. Las resoluciones de los pilgrims.
  2. Bradford (1590-1657) fue reelegido treinta veces gobernador por el grupo que desembarcó en la actual Massachussetts, a principios de noviembre de 1620, y su extensa crónica Sobre la plantación de Plymouth —redactada unos treinta años después— le convierte en el primer historiador y literato de la futura nación. También debemos considerarle su primer teórico político, pues los pactos hechos en su día con Merchant Adventurers[2], la compañía que financió la expedición, establecían un reparto igualitario del trabajo y sus beneficios, algo que le llevaría a hacer reflexiones originales sobre el comunismo.

Basten dos palabras sobre los dramáticos comienzos de su aventura, que incluían dos grupos diferenciados: medio centenar de colonos no definidos por su fervor religioso (los «aventureros»), y medio centenar resuelto a fundar una Iglesia luterano-calvinista sin «la bajeza y supersticiones del anglicanismo», en palabras del propio Bradford. Un trimestre después, diezmados por fiebres, intemperie y desnutrición, eran menos de la mitad en total y sobrevivieron porque les fue posible robar un pequeño depósito de maíz indígena, que les ofreció las primeras semillas, y apareció un nativo capaz de chapurrear su lengua. Durante los dos primeros años racionaron drásticamente el grano —a 110 gramos diarios por cabeza—, sin poder pescar por falta de redes y cazando de tarde en tarde algún ave o un venado. Al repartirse la primera cosecha, un grupo de siete aventureros rechazó esa distribución, «gastó excesivamente mientras tuvo», y tras meses de mendigar y hurtar «murió de hambre y frío» en el invierno de 1622[3]. Dicha experiencia hizo que la colonia recapacitase, y desembocara en la más antigua manifestación del gusto norteamericano por la competencia:

En abril de 1623 empezaron a pensar en cómo cultivar tanto maíz como posible fuese […] y tras mucho debatir convinieron en que cada hombre se encargase de cultivar particularmente, manteniendo todas las demás cosas en común como antes. Y así asignaron a cada familia una parcela de tierra proporcional a su número, solo para uso actual (sin hacer división para la herencia), y adscribieron a alguna familia los mozalbetes y jóvenes carentes de ella. Esto tuvo gran éxito, pues hizo que todas las manos se tornasen muy industriosas, y se plantó mucho más maíz que hasta entonces […] Las mujeres fueron ahora gustosamente al campo, llevándose a sus pequeños para plantar, cuando antes alegaban debilidad e impotencia (inabilitie), y haberlas obligado habría sido gran tiranía y opresión.[4]

            Lo curioso es que el cronista no se limita a referir ese hecho y quiere justificarlo teológicamente, mostrando de paso cómo el cristianismo de la santa pobreza ha sido demolido por la Reforma[5]. Así como en el Nuevo Testamento las profecías apocalípticas alternan con multiplicaciones milagrosas del pan y otros bienes, el Antiguo exalta la previsión y la maestría, dos actitudes mucho más apropiadas para sacar adelante la colonia, y Bradford —que conoce de memoria ambos elencos— recurre a una curiosa combinación de teoría y práctica para defender al segundo del primero. Concretamente, lo plantea en términos de una disputa entre la deidad verdadera y paganos excéntricos:

Como si fuesen más sabios que Dios, la arrogante vanidad de Platón y otros antiguos, aplaudida por algunos en tiempos posteriores, imagina que suprimir la propiedad y compartir la riqueza creará dicha y florecimiento. Pero en nuestra comunidad (hasta allí donde lo fue) engendró mucha confusión y desconfianza, y retrasó mucho empleo [de los recursos] que habría redundado en su beneficio y comodidad. Porque la gente joven, la más capaz para dar trabajo y servicio, se quejaba de gastar su fuerza trabajando para las mujeres e hijos de otros sin recompensa alguna. Los hombres de más edad y peso pensaban que era indigno e irrespetuoso para con ellos ser igualados en labores, vituallas, etcétera, con los de condición inferior y más joven. Y a las esposas les parecía una especie de esclavitud servir a otros hombres, guisando o lavando su ropa.[6]

            Tras decidir que «Dios, en su sabiduría, vio un curso de acción para ellos superior a la igualdad material, mientras no menoscabase su respeto mutuo», y anticipando que el patrocinador de la empresa no se opondría a ningún cambio en las estipulaciones mientras redundara en prosperidad de la colonia, desde la primavera de 1623 el grupo —que volvía entonces a superar por poco el centenar de adultos laboralmente útiles— ofreció un anticipo de Norteamérica:

Cuando llegó el tiempo de cosechar, en vez de hambre Dios les dio abundancia, y la faz de las cosas cambió. Los más capaces e industriosos tuvieron de sobra, y pudieron vender a otros, y desde entonces desapareció la escasez.[7]

            El párrafo termina como un cuento de hadas, aunque Bradford seguirá relatando muchas más peripecias. En 1627 el puritanismo ha cobrado tal prestigio en Inglaterra que un grupo suyo de inversores rescata los derechos de Merchant Adventurers, creando la Massachussetts Bay Company, y en 1640 «se han trasplantado allí la aristocracia más antigua y los profesionales más famosos del país, en número no inferior a los 4.000»[8]. El siguiente gobernador, J. Winthrop, resulta ser un magnate de la metrópoli que se hará odioso por su intolerancia, pero la pequeña colonia está convirtiéndose en una Nueva Inglaterra pujante, que antes o después aspirará a ser independiente.

El refuerzo cuáquero.

Paine aprendió a odiar la desigualdad de oportunidades de su padre, un quaker que —como los demás— veía en tal cosa una abominación; y no perder de vista el peculiar sentido moral del trabajo en Norteamérica aconseja decir dos palabras sobre la Sociedad Religiosa de los Amigos[9], que surge al terminar la primera guerra civil inglesa —con el triunfo del Parlamento y el movimiento puritano—, recobrando el pacifismo incondicional de Iglesias como la menonita y la huterita-amish[10]. Con todo, además del pacifismo —que siempre le resulta delictivo al reclutador militar— los cuáqueros plantean un cristianismo racionalista de audacia inigualada, al no admitir jerarquías, dogma, pecado original, sacramentos ni ministros diplomados. En vez de liturgia y templos, suelen improvisar reuniones —donde a menudo todos guardan silencio—, para reafirmarse en el compromiso de nunca agredir, nunca jurar y nunca consentirse la crueldad. Su iglesia la llevan dentro, a manera de «luz interior»; a Dios lo encuentran literalmente en todas partes, y —como dijo Fox, uno de sus fundadores— «ningún peligro hay en ignorar cualquier tipo de rito». También estiman que la mujer es espiritualmente igual al hombre, y que la esclavitud debe ser abolida sin demora.

Solo podemos explicarnos que los Amigos no fuesen exterminados en masa porque está terminando una época de masacres instigadas por la intolerancia, y alguno de sus líderes cuenta con el respeto del propio Cromwell, conmovido y estupefacto al tiempo ante la magnitud de su osadía. Aún así, el trato dado a uno de sus portavoces en 1657 anticipa persecuciones feroces[11], donde demuestran tener el denuedo del mártir sin cargar con la rémora del fanatismo. Un apoyo providencial les vendrá de que se sume a su causa un aristócrata como el joven W. Penn (1644-1718), hijo de un almirante a quien el rey debe nada menos que regresar sano y salvo del exilio. Ese monarca, Carlos II, será el primero en amenazarle con reclusión perpetua si no se retracta, aunque su fortaleza y su prestigio rechazan todos los ataques como si fuesen «picaduras de mosquito a un elefante»[12].

Un lustro después, la extraña actitud de no regatear practicada por los tenderos cuáqueros les gana la reputación de vendedores honrados, que trafican con producto de primera calidad y ofrecen precios equitativos; y quienes empezaron siendo solo minoristas y artesanos se convierten en hombres de negocios como los nuevos directores de Merchant Adventurers —que sigue siendo la principal compañía dedicada a mover personas y bienes entre Europa y América del Norte—, una circunstancia de inexagerable importancia para las colonias. Por una parte arribarán allí muchos Amigos y Amigas, que son odiados en Massachussetts aunque preponderan en Rhode Island, Delaware y Carolina. Por otra, la compañía se compadece de grupos acosados también a cuenta de liturgias y dogmas, que además de nuevos dissenter ingleses incluyen hugonotes franceses, católicos, judíos, menonitas holandeses, amish austriacos, rappitas alemanes, etcétera, ampliando de modo exponencial el inconformismo en esas tierras.

Nada de esto cambia que el cuáquero siga pareciéndole un ultraje a la aristocracia protestante, a los sobrios puritanos, a los anglicanos y a la propia Corona, y es desesperando de doblegar a Penn como el monarca promueve su emigración con un regalo de 120.000 kms cuadrados en el Nuevo Mundo, donde caben de sobra todos los Amigos nacidos y por nacer[13]. Pero convertirse en el mayor propietario privado del orbe no es para Penn una invitación a vivir de las rentas o enriquecer a los suyos, sino el germen de «una nación adaptada a la más perfecta libertad de conciencia», y redacta para el territorio un Marco de Gobierno (1682) que resulta ser la primera república moderna rigurosamente democrática. Un siglo después la Constitución norteamericana se aprueba en la capital de Pennsylvania, Filadelfia («Amor Fraterno»), y elige el modelo vigente en esa provincia en vez del sugerido por Nueva Inglaterra o Virginia, el primero comprometido con una religión estatal y el segundo con cierto predominio de las instituciones aristocráticas sobre las democráticas. En el preámbulo a su estatuto, Penn escribe:

Los gobiernos dependen más de los hombres que los hombres de los gobiernos. [..] El gran fin es sostener una autoridad reverente para con el pueblo, que le asegure contra el abuso de poder, de manera que las personas puedan ser libres mediante la obediencia justa, y los magistrados honorables gracias a su administración justa, porque la libertad sin obediencia es confusión, y la obediencia sin libertad es esclavitud[14].

Habrá elecciones cada tres años, y todo colono que haya pagado su pasaje y compre cuando menos 20 hectáreas (a dos peniques cada una) «será emancipado por su trabajo, y podrá elegir o ser elegido representante del pueblo»[15]. A la condena de cualquier conducta sexual desviada, que todas las leyes europeas consagran, el Marco añade la ebriedad, el teatro, el juego, las máscaras e incluso las peleas de gallos, aunque reduce drásticamente los delitos dignos de pena capital y prevé «doble indemnización» para cualquier abuso de poder. También establece una comisión permanente dedicada a promover la formación de niños y jóvenes, llamada a estimular las «artes e invenciones útiles». Cuando Tocqueville visite Norteamérica, en 1831, uno de los fenómenos más diferenciales —la anormal abundancia en esas tierras de «mano de obra educada»— se atribuye al hecho de que todas las escuelas cuáqueras son gratuitas para quien busque instrucción, y no pueda pagársela.

Mucho antes, Voltaire había observado que los contratos suscritos originalmente entre Pennsylvania y los nativos fueron los únicos ni denunciados ni quebrantados por alguna de las partes en todo el Nuevo Mundo. La proverbial honradez del cuáquero, no carente de excepciones[16], podría retrotraerse a lo que Penn quiso decir cuando en su prefacio a la Vida de G. Fox escribe: «Fue ante todo un civil, como yo». Mientras clérigos y guerreros fundan tradicionalmente su honor en cumplir fines que justifican sus medios, el honor del civil es seleccionar de modo escrupuloso los procedimientos admisibles, cumpliendo así el principio de que los contratos tienen fuerza de ley entre las partes, a condición de que no pacten algo ilegal en sí. La gran blasfemia del cuáquero consistió en ser el primer cristiano efectivamente ahíto de liturgia y dogma; y no puede discutirse que «la mayoría de los derechos y libertades incorporados al modo americano de vida se establecieron gracias a la Carta de Penn a su colonia. Los Amigos fueron los arquitectos originales de la sociedad que disfrutamos»[17].

  1. El comunismo religioso.

Los puritanos fueron más adictos al trabajo que los luteranos, y los cuáqueros todavía más que el luteranismo puritano, aunque los primeros workaholics van a ser precisamente sectas formadas en Norteamérica, que sin perjuicio de imitar a la comuna original de Jerusalem por lo que respecta a la comunidad de bienes cultivan con singular éxito e intensidad el trabajo especializado, y lejos de ver en el dinero una impureza se dedican a ahorrarlo e invertirlo de modo lucrativo. Más curioso aún es que seis de esas siete sectas sean Iglesias de la Segunda Venida, que creen inminente o muy próximo el Fin del Mundo, cuando confiar en dicha profecía de Apocalipsis fue el principal argumento de los primeros cristianos para no organizarse a medio y largo plazo en términos productivos.

Conocemos de primera mano sus iniciativas gracias a Ch. Nordhoff (1830-1901), que era un adolescente cuando su familia emigró desde Prusia, y cuyo dominio del alemán iba a facilitarle más adelante componer su Historia de las sociedades comunistas norteamericanas (1875), un tratado de sociología de la religión que se adelanta quince años a La rama dorada de Frazier y cinco a la Antropología de Tylor. En la Introducción aclara que su interés por el tema lo estimula ver cómo el país está importando del Viejo Mundo «la enemistad necesaria y permanente entre empleadores y empleados […] aunque hasta ahora nuestras tierras fértiles y baratas hayan operado como una válvula de seguridad para el descontento de la población no capitalizada»[18]. Y, en efecto, al año siguiente de aparecer su libro nace allí un Partido Socialista inspirado en Bakunin, cuyo llamamiento a una lucha de clases sin cuartel le granjea pocos adeptos, pero suficientes para contribuir algo después a la masacre del Haymarket Riot, en Chicago, donde mueren ocho policías.

Habrá ocasión de decir algo más sobre el sindicalismo del país, aunque no antes de conocer el movimiento cooperativo inglés, y el llamado modelo nuevo que se impone en el Reino Unido tras el periodo de agitación liderado por Owen y Doherty. De alguna manera es ese proceso lo que reiteran en ultramar la Unión Nacional del Trabajo (1863-1874), recién colapsada cuando Nordhoff está terminando su investigación, seguida por la Noble Orden de los Caballeros (Knights) del Trabajo —que llegaría a tener 700.000 afiliados—, y superada finalmente por el giro tecnocrático de la AFL. Verse rodeado por una mezcla de owenitas soñadores y anarquistas incendiarios alimenta la indignación de Nordhoff ante «el odioso espíritu que propone limitar al trabajo por cuenta ajena la masa de un país, sin comprender que además de equivocarse  lesiona a la comunidad»[19].

Con todo, este juicio ocupa una ímfima parte de su empeño, que no es presentar alegaciones a favor o en contra de una ideología, sino estudiar un fenómeno complejo. Entre otras cosas, ¿cómo entender que en el mismo aquí y ahora siete comunas religiosas triunfasen, mientras tres comunas laicas fracasaban a despecho de empezar con medios incomparablemente superiores? ¿Pudo influir en ello que sólo las comunas laicas partiesen de la comunidad patrimonial, cuando en las otras fue algo resuelto sobre la marcha, para sobrevivir a condiciones de extrema indigencia? La historia parecía determinar que quien prescinde de la propiedad privada repudia también el comercio, y propugna una revolución política. Con todo, en los orígenes del capitalismo norteamericano —y en sus primeras industrias de volumen medio y grande— esta suposición se desintegra ante igualitaristas que aspiran únicamente a revolucionar sus propias vidas. No solo son ajenos a la guerra del pobre contra el rico sino amigos incondicionales del comercio, que «impresionan por su talento para los negocios»[20].

La senda de la prosperidad.

El más antiguo de estos grupos fue la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición del Cristo o secta shaker, fundada por una emigrante inglesa analfabeta y de vida breve, que llegó a Nueva York en 1774[21]. Los shakers no se hicieron comunistas hasta 1790, al concretarse sus reglas eclesiásticas y las peculiares danzas-exorcismo que les merecerían el nombre de shaking quakers. Ser rigurosamente célibes era en principio condenarse a una extinción rápida, y más cuando la norma de que todo menor renovase el voto de castidad al cumplir 21 años equivalía a perder cuando menos dos de cada tres Hermanos. Sin embargo, en 1870 son unos 6.000, repartidos en comunas-aldeas que llegan desde el extremo septentrional de Nueva Inglaterra hasta Kentucky e Indiana, gracias a la afluencia de conversos y al hecho de adoptar no solo  expósitos y huérfanos, sino vagabundos y adultos en busca de una segunda oportunidad.

 Para entonces al menos cien mil norteamericanos tienen antecesores criados en sus casas de acogida y se sienten orgullosos de ello, «porque son el prototipo de gentes industriosas, pacíficas, honestas, eximias (highly ingenious) en sus oficios, pacientes ante el esfuerzo, y extraordinariamente aseadas»[22]. No en vano sus granjas y talleres han inventado una asombrosa variedad de útiles[23], inaugurando la producción de hierbas medicinales a gran escala y la venta de semillas en sobres de papel. Sus inconfundibles muebles, que anticipan el funcionalismo, usan siempre la madera de pino por ser la más humilde, a pesar de lo cual una silla shaker compite hoy por precio con una butaca Luis XV en cualquier subasta de antigüedades. La vida moderna iría haciéndoles cada vez más anacrónicos, y en 1960 decidieron dejar de adoptar a menores, aunque no pudieron excluir al adulto interesado en abrazar su regla de vida, y eso explica que siguiesen existiendo en abril de 2011, tras dos siglos largos de persistir sin reproducirse por vía sexual[24].

Su cultura del trabajo como «herencia, tesoro y vocación cotidiana» está emocionalmente en las antípodas de Adán y Eva, a quienes el escriba bíblico describe desolados ante la maldición divina de ganarse la vida con el sudor de la frente. Luego iba a reinar la sociedad esclavista, obstinada en ahorrarle al bien nacido cualquier roce con ese tipo de esfuerzo, y la historia demostraría que para pasar de la miseria al desahogo ningún camino resulta tan infalible como unir al entusiasmo laboral un espíritu de modesta sencillez. Nada nuevo descubrimos identificando «la coacción ascética al ahorro […] con la palanca más poderosa para el espíritu del capitalismo»[25]; pero en Norteamérica ese rasgo genérico se eleva a diferencia específica gracias a la propia diversidad y amplitud del experimento colectivista, pues en ningún país van a ser las comunas tan abundantes, duraderas y fructíferas.

A los shakers siguen los rappitas (1803), los zoaritas (1817), los amanitas (1844), los auroritas y los bethelianos (1845) —todos ellos Iglesias separatistas alemanas— y en 1845 los perfeccionistas, que son la única secta autóctona y también los pioneros del amor libre en el Nuevo Mundo[26]. Los cinco primeros grupos contribuirán al llamado milagro del oeste, ya que empujan en esa dirección con una energía desconcertante para toda suerte de vecinos[27], y cuando Nordhoff se proponga visitar al menos un enclave de cada uno deberá viajar desde la costa atlántica a la del Pacífico, pasando por las llanuras centrales, pues hay 72. Su investigación ha comenzado en 1871, estimulada por la Comuna parisina de ese año y sus treinta mil muertos en una semana, prueba fehaciente a su juicio de que «el comunismo es un motín contra la sociedad». Y, sin embargo, el  comunismo norteamericano mantiene la igualdad sin lucha, en un contexto donde abundan personas «alegres a su apacible manera […] y, sin duda, los individuos más longevos de nuestra población, cuyos hospitales encontré siempre vacíos»[28].

Son personas gregarias, fascinadas por algún líder carismático, que renuncian a la aventura de vivir «asegurándose el confort con trabajo y obediencia», aunque dichas condiciones no dejan de engendrar «pericia inventiva». Sin ella habría sido imposible que los doscientos cincuenta zoaritas desembarcados en 1817 —a quienes unos compasivos cuáqueros repartieron 18 dólares por cabeza— acumulasen dos décadas más tarde un patrimonio próximo al millón. Los perfeccionistas empezaron con un fondo de 5.000, y en 1874 facturaban anualmente cien veces esa cifra. En Europa sus iniciativas serían impensables sin una financiación a gran escala, y allí ese requisito se suple con una mano de obra excepcional por capacitación y actitud. Los granjeros tradicionales tendían a conformarse con reproducir holgadamente sus recursos, cuando las sectas igualitaristas coinciden en una tendencia al crecimiento y la diversificación que se contagiará por ósmosis, cuando no lo haga por imitación consciente.

En 1932 la Sociedad de Amana[29] llevaba ochenta años viviendo de modo tan próspero como independiente en sus territorios de Iowa, gracias al tesón y la maestría profesional de sus miembros. No se había extinguido en ellos el respeto por su tradición, aunque con el paso del tiempo algunas cosas parecían innecesariamente rígidas, otras desfasadas, y decidieron transformar su vasta comunidad patrimonial en un fondo gestionado como sociedad por acciones. Dos años más tarde uno de los Hermanos inventó el primer enfriador de bebidas, dando así el primer paso hacia una Amana Refrigeration Inc. que surte hoy de neveras y aparatos de aire acondicionado a más de cien países, y en su día introdujo el microondas. Un siglo antes el primer tendido de ferrocarril (entre Pittsburg y el lago Eire) fue financiado por la Sociedad Armoniosa o secta rappita, otra Iglesia de la Segunda Venida.

  1. Rapp (1757-1847) fue un campesino atraído por la teosofía mística, a quien la autoridad luterana empezó acusando de ser un embaucador absurdo, hasta que sus pretensiones de profeta y su negativa al reclutamiento militar le valieron dos días de arresto y una advertencia de exilio. Tenía ya en Württemberg miles de fieles, y gracias a una colecta pudo fletar hasta tres barcos —cómo no, con el apoyo de Merchant Adventurers— para transportar a Pennsylvania unos ochocientos peregrinos en 1803. Dos años después, cuando descubrió el asentamiento adecuado para Armonía, su primera ciudad, la congregación decidió poner y tener todo en común, imitando por una parte a la comunidad de Jerusalem y blindándose por otra ante las privaciones que se avecinaban. De este momento partiría su nuevo nombre («economitas») y un expresivo lema: «¡Trabaja, trabaja, trabaja! ¡Ahorra, ahorra, ahorra!».

En 1807 funcionan ya satisfactoriamente sus principales empeños, que son la producción de vino, vinagre y «el mejor whisky», así como serrerías, molinos de todo tipo, telares, tintes, talleres de arquitectura y carpintería, hornos de fundición, imprentas y granjas. Con el desahogo llega también un deseo renovado de impecabilidad, que les mueve a dejar el tabaco y abrazar el celibato, como los shakers, con los cuales se hubiesen fundido en ese preciso momento de no ser por pequeñas disparidades en su respectiva interpretación de las Escrituras. Linda con lo sobrehumano que sin recurrir a castigos corporales, y con la expulsión como única amenaza, ambas sectas conviviesen absteniéndose de sexo y disensiones, logrando incluso que «los niños no chillen, las mujeres no chismorreen y los hombres no galleen»[30].

Pero humanos seguimos siendo, y a principios de 1829 Rapp predijo que la Segunda Venida se cumpliría el próximo 15 de septiembre, un error aprovechado por otro aspirante a guía profético para desunir a la comunidad[31]. A pesar de ello, cuando muera a los noventa años ha construido tres ciudades —la Armonía inicial de Pennsylvania, la Nueva Armonía de Indiana y su sede definitiva de Economía[32], otra vez en Pennsylvania—, y su comunidad tiene ahorrados unos tres millones de dólares (seis mil de los actuales). Ha invertido sobre todo en innovación, y en el millar largo de personas que la secta mantiene como empleados destacan doscientos chinos, una minoría salvajemente tratada por entonces.

  1. El comunismo secular.

Deseando mudarse a su sede definitiva, Rapp puso a la venta Nueva Armonía en 1824, y fue una noticia destacada por toda la prensa europea y norteamericana que decidiese adquirirla Owen, el empresario más prestigioso y célebre del mundo, para llevar a la práctica sus ideas sobre una combinación fructífera del progreso técnico con el moral[33]. Tanta sensación causó el experimento que fue invitado a exponerlo en detalle ante dos plenos del Congreso americano, mientras de todo el Viejo y el Nuevo Mundo afluían peticiones de interesados en participar como comuneros. Contando con el apoyo de un socio[34], Owen renovó el equipo productivo —introduciendo la maquinaria agrícola e industrial más avanzada— y redactó unos estatutos menos democráticos que los de Penn aunque igual de severos en materia de «ebriedad y conducta licenciosa», cuyo elemento más novedoso fue sustituir la antigua moneda por un dinero cooperativo basado en billetes de tres denominaciones (una, cinco y diez horas de trabajo). A tales efectos, explicó, era idóneo disponer de un medio ya colonizado por comunistas prósperos, donde todo podía ponerse en cuestión menos las ventajas materiales de sustituir el egoísmo por el altruismo.

Tras admitir a unos novecientos miembros, entre americanos y europeos, Owen debía volver provisionalmente a Inglaterra y delegó en dos de sus hijos la gestión del año transicional —la llamada Sociedad Preliminar— previo al estado de Igualdad Absoluta. El hecho de que fuese un pionero del conductismo, convencido de que «el carácter es enteramente construido por el medio», explica que no le diese importancia a un detalle como que solo 137 individuos (un 14,5% del total) provinieran de «profesiones empleadas». Pero a su vuelta, en el otoño de 1825, el medio no ha tenido tiempo para construir el carácter y los colonos están soliviantados; la Gazette, el boletín de la comuna, muestra a unos hartos de ser los únicos trabajadores, a otros decepcionados por la insolidaridad de éstos y a otros ansiosos de que Owen reparta su propiedad en lotes iguales[35]. Ni la cosecha ni las manufacturas cubren las necesidades, y atravesar el invierno supone no solo compras masivas sino un impopular racionamiento.

Por otra parte, Owen no ha conseguido ser nombrado consultor del Parlamento inglés, como esperaba, y reacciona a su doble frustración con algo análogo a una huida hacia delante. Aunque la Sociedad Preliminar no ha dejado de ser deficitaria, y está dividida en facciones, al cumplirse el año de su existencia —en febrero de 1826— una Constitución la transforma en Comuna de Igualdad, que es un ente autogobernado y comprometido a pasar de la competencia a la cooperación. Sus declaraciones, y en concreto por un discurso pronunciado en julio —donde declara: «Libraré a la Humanidad de sus tres males más monstruosos: la propiedad privada, la religión irracional y el matrimonio basado en la propiedad de cada cónyuge sobre el otro»[36]— sugieren que todo marcha satisfactoriamente. No obstante, el régimen de autogobierno apenas ha durado unas semanas, porque los grupos enfrentados suspendieron sus disputas para pedirle que vuelva a tomar las riendas, cosa idéntica a asegurarse el mantenimiento de las subvenciones.

En otoño, al acercarse la necesidad de satisfacer el segundo plazo de la compra, Owen lleva invertidos 150.000 dólares —cuatro quintas partes de su patrimonio—, y pedirle a su socio que contribuya desemboca en un litigio judicial. Rapp, que ha acudido a cobrar su deuda, se echa las manos a la cabeza viendo cómo Nueva Armonía languidece, gestionada por ateos que con una u otra excusa ni reparan las goteras ni mantienen mínimos de higiene. Al llegar la segunda Navidad uno de los miembros iniciales, el norteamericano Josiah Warren —cuya obra ulterior inspira a Stuart Mill y Spencer— describe así el estado de cosas:

La diferencia de opiniones, gustos y propósitos creció justamente en proporción a la demanda de conformidad. Así se gastaron dos años, al final de los cuales no creo que más de tres personas albergasen la menor esperanza de éxito. La mayoría de quienes se lanzaron al experimento se dispersaron, desesperando de cualquier reforma, y el conservadurismo se sintió confirmado. Habíamos ensayado toda forma concebible de organización y gobierno. Teníamos un mundo en miniatura [...] donde repusimos la Revolución francesa con un resultado de corazones decepcionados en vez de cadáveres. Se diría que nos conquistó la propia ley de diversidad, inherente a la naturaleza, haciendo que nuestros ‘intereses unidos’ entrasen directamente en guerra con lo singular de las personas y  el instinto de auto-preservación. Y en vez de esa cooperativa armoniosa esperada topamos con más antagonismos que los acostumbrados en la vida normal[37].

            En enero de 1827 recibe a una delegación de los Literati, un grupo de jóvenes escritores y artistas que defiende la pureza del principio comunista y al tiempo su derecho a no participar en trabajos manuales o rutinarios. Owen, que por decisión propia empezó trabajando de niño como recadero, ve en ello una incitación a la discordia y quizá irónicamente les ofrece «algunas hectáreas donde construir su Parnaso». Confía aún en que algún día cooperen los reunidos para cooperar, pero la desbandada aumenta sin que el rencor clasista remita, y en mayo —cuando ha gastado otros 50.000 dólares— llega el momento de decir adiós o arruinarse por completo. En su discurso de despedida sigue siendo magnánimo, ya que asume la responsabilidad: «Pensé solo en el trabajador escocés que conocía, y no supe hacer frente a demasiados hábitos y sentimientos conflictivos»[38].

Obsérvese que con los Literati hace acto de presencia el intelectual, una figura de formidable peso ulterior que rara vez nos planteamos en términos sociológicos. Las comunas religiosas son animadas por idealistas y las seculares por materialistas, pero los primeros provienen de todos los estratos sociales y administran el miedo a la muerte, mientras los segundos provienen solo de la franja burguesa y administran una variante del malestar ante la vida, «organizando, alimentando, verbalizando y dirigiendo el resentimiento»[39]. Schumpeter los define como «la profesión del no profesional», que ante la perspectiva de cultivar las ciencias o las artes prefiere cultivar la «vanguardia subversiva» de ambas actividades, y remonta sus orígenes a gentes desvinculadas de la maestría gremial, que empezaron siendo clérigos insumisos, luego humanistas, más tarde ilustrados a la francesa y en última instancia abanderados de la lucha de clases. «Carecer de autoridad genuina, y sentirse siempre en peligro de ser llamados a ocuparse de sus propios asuntos […] les lleva a comportarse con las masas como sus predecesores se condujeron ante sus superiores eclesiásticos, luego ante príncipes y otros patronos singulares»[40].

 

El experimento de Icaria.

El abogado francés E. Cabet (1788-1856), que hubo de exilarse en Londres por intrigas relacionadas con la masonería carbonaria[41], trabó allí amistad con Robert Dale Owen y se convirtió algo después en uno de los escritores más leídos de su tiempo, gracias a Viaje y aventuras de lord William Carisdall en Icaria (1840) y El verdadero cristianismo siguiendo a Jesucristo (1846), dos libros donde recobra las utopías de Moro y Campanella enriqueciéndolas con lo que llama «dualismo cátaro antimaterialista»[42]. Tanto éxito tuvieron ambas obras que el lema «¡hacia Icaria!» empezó creando una fundación, luego una gaceta —Le Populaire— y finalmente puso en marcha a unos mil quinientos peregrinos, que prometiendo obedecer a Cabet como «dictador» durante los primeros diez años llegaron en sucesivas expediciones a Nueva Orleáns. En 1848 el editorial de la gaceta informa de que:

 

    Nuestro programa es el comunismo racional democrático: aumento de la producción, reparto equitativo de los productos, supresión de la miseria, mejoras crecientes. El jueves 3 de febrero, a las nueve de la mañana, nuestra vanguardia partió a cumplir una de las iniciativas más grandiosas en la historia de la raza humana.

 

El año previo Le Populaire calculaba tener casi medio millón de simpatizantes en Francia, y sin prisas incluso un décimo de esa cifra habría bastado para financiar el viaje en condiciones cómodas. Pero el entusiasmo funcionó como urgencia, haciendo que cada uno partiese con el billete y 35 dólares en efectivo, pues ¿no habían empezado con mucho menos las prósperas comunas de shakers, economitas y zoaritas? Tras desembarcar, cuando Cabet compruebe que el primer grupo vuelve diezmado y famélico de su excursión a Texas, se excusará recordando: «No soy un empresario, sino un patriota, un agitador y un teórico»[43], y lo erróneo de sus cálculos tiene cierta justificación. En efecto, la recién creada Texas ha ofrecido enormes territorios al colono, y el infortunio es que los icarianos no solo lleguen fuera de plazo sino ignorando que las concesiones corresponden a parcelas distantes e incluso muy distantes, cosa incompatible con un grupo llamado a vivir en comunidad.

Cuando un millar está ya en Nueva Orleáns, a la espera de viajar hacia Texas, a estas desalentadoras nuevas se añade la de que Luis Felipe ha abdicado, y en la Segunda República resultante tanto el comunismo pacífico de Blanc como el revolucionario de Blanqui tienen firmes apoyos. Parte de los peregrinos —estimulada por el cambio de planes y lo poco que duran 35 dólares— entiende que será todavía más útil en Francia y reembarca, pero otros deciden permanecer y van a ver premiado su denuedo con una noticia espléndida. Los mormones —a quienes Cabet considera «hermanos comunistas, sumidos aún en la superstición»[44]— se han visto llevados a librar guerras locales con sus vecinos, y para no sucumbir ante la milicia de Illinois deben migrar hacia Utah dejando atrás su espléndida colonia de Naovoo, una villa construida junto a un recodo del Mississippi que entonces supera a Chicago por habitantes y renta.

Llegan con ello los dos mejores años para Icaria, que aligerada de lo análogo a sus Literati se contrae en buena medida a artesanos, mecánicos y granjeros competentes, capaces de honrar los compromisos contraídos con sus acreedores y adquirir dos mil hectáreas adicionales en Iowa. Cabet renuncia voluntariamente a su condición de dictador en 1850; su pueblo pasa a autogobernarse merced a una Constitución aprobada ese mismo año, y el único problema de cierta entidad entretanto es la oficina de Icaria gestionada por Madame Cabet en París, propietaria de todo y nada dispuesta a compartir los ingresos provenientes de donaciones y publicaciones. Esto, entre otros factores ignorados, contribuye a que el afable patriarca se torne tiránico no sólo en materia de costumbres (donde, por ejemplo, decide privar a las mujeres de voz y voto), sino derogando lo previsto por su propia Constitución sobre elecciones periódicas.

A partir de entonces Nueva Armonía es un oasis de paz comparada con Icaria, donde unos deciden someter a otros matándoles de hambre y la mayoría logra finalmente expulsar a la facción de Cabet, que muere de apoplejía casi de inmediato[45]. Los títulos de propiedad siguen pendientes de su viuda, y el fantasma del fundador —encarnado por un último crédito de 20.000 dólares— termina con un embargo de tierras y predios en Naovoo, que fuerza a refugiarse en Iowa. Allí los tres centenares restantes se reducen a los 65 de 1874[46], y aunque la Guerra de Secesión les ayuda a pagar los intereses de sus deudas —vendiendo vituallas a yanquis y sudistas— llega un segundo cisma cuando los "vieux icariens" insistan en rechazar el sufragio femenino, a pesar de perder la votación por 31 a 17[47]. Bastará que los "jeunes icariens" se retiren a una milla de Corning, su último enclave, para que la colonia desaparezca ante un nuevo embargo, y ya sin sede los jóvenes seguirán dando pruebas de su tenaz entusiasmo hasta 1898, cuando los últimos decidan integrarse en sus respectivas vecindades. Las demás comunas legaron útiles, hallazgos, casas, talleres, molinos y graneros; las de Icaria no dejaron un solo monumento visible, hasta el punto de que en 1975 el ayuntamiento de Corning hubo de reedificar dos humildes edificios como reclamo para el ecoturismo[48].

Sus reglas eran sencillas. Toda familia debía vivir en cuartos iguales de casas colectivas con los mismos muebles, y los padres delegaban la educación de sus hijos en guarderías, a la manera platónica. Reinaba una estricta división del trabajo, de manera que la cocinera jamás sería costurera, y el albañil jamás granjero. Aunque el divorcio no estuviese prohibido, los miembros debían volver a casarse sin demora para asegurar una rápida reproducción del grupo que, curiosamente, no funcionó[49]. Solo los esclavos norteamericanos tuvieron una tasa de natalidad inferior, y así como el resto de las comunas comunistas norteamericanas fue anormalmente longevo los icarianos vivieron por término medio casi veinte años menos. Su historiador más antiguo atribuye el fracaso «a defectos de planificación y gestión financiera, sumados a disputas personales […] nunca relatadas con suficiente detalle»[50], sin duda por pudor. Nordhoff añade:

 

    Icaria es la menos próspera de las comunas, y me fue imposible evitar un sentimiento de lástima, no ya por los hombres sino por la mujeres y los niños, sometidos tantos años a todas las penurias y asperezas. Un caballero, informado de mi visita, me escribió diciendo: ‘Por favor, trate a Icaria gentil y cautelosamente. Quien vea allí solo la aldea caótica y los zuecos de madera cometerá un grave error. En ese lugar están enterradas fortunas, nobles esperanzas y las aspiraciones de hombres buenos y grandes como Cabet. Fertilizadas por esas muertes, a Icaria le espera aún un florecimiento grande y benéfico. Su historia está llena de eventos y es extremadamente interesante, pero su futuro lo será todavía más. Ella, y solo ella, representa en América la gran idea del comunismo raciona[51].

            Lejos de negar su «asombroso valor y perseverancia», Nordhoff apunta a tres factores de fragilidad. El primero, que cambiasen de presidente cada año e incluso cada semestre, jactándose de que incluso dentro de los plazos de su mandato ninguno pudiera decidir nada importante sin la anuencia del resto. El segundo su disposición a endeudarse, y el tercero que el comunismo no fuese para ellos un medio sino un fin, «pues los icarianos rechazan a la Cristiandad aunque han adoptado ese sistema como religión»[52]. Cuando un grupo opta por la comunidad de bienes para superar la intemperie su potencial de discordia disminuye; cuando impone ese régimen como absoluto político entra en conflicto con «el espíritu de independencia», y congrega no solo a filántropos sino a misántropos de toda índole, cuyo fanatismo descansa en la «incapacidad para admitir a quien piense de modo distinto»[53]. Las Iglesias de la Segunda Venida son a juicio de Owen y Cabet el prototipo de la fe fanática, y una amarga justicia poética hará que Nueva Armonía e Icaria se desintegren en función de su dogmatismo. Sin embargo, queda por examinar otro experimento en esa dirección.

La granja de los intelectuales.

Durante el medio siglo que separa a los primeros shakers de la peregrinación icariana, Norteamérica combina el espíritu de frontera y la creciente industrialización con el llamado Segundo Gran Despertar, que multiplica no solo el fervor sino el número de sus Iglesias mediante reuniones rurales y urbanas masivas (las camp meetings), donde profetas y misioneros reeditan las ferias santas europeas amparándose en la libertad de conciencia asegurada por su Constitución. Esas grandes acampadas permiten confraternizar, festejar y topar con un Dios hasta entonces desconocido, combinando música, doctrina e insumisión de un modo análogo al que retornará en festivales multitudinarios como el de Woodstock, expresión de un revival ideológicamente dispar aunque colmado de alborozo análogo, cuyo denominador común entonces era entablar el tipo de relación directa o personal con Jesucristo ofrecido por docenas de sectas centradas en ello. El Segundo Despertar podía percibirse como histeria de masas, y así fue considerado en algunos círculos cultos, pero círculos todavía más cultos sublimaron su entusiasmo a través del movimiento trascendentalista, donde sobresalen el énfasis en la intuición propuesto por Emerson, el retorno a la Naturaleza y el hinduismo sugeridos por Thoreau, la poesía torrencial de Whitman y la intimista de Dickinson, el feminismo militante de Margaret Fuller y la novela sentimental de Hawthorne.

Del Club Trascendental, creado en 1836[54], y de la consternación que produce el primer gran pánico financiero del año siguiente, nacen planes para construir un falansterio fourierista muy cerca de Boston, en las 69 hectáreas de una finca bautizada como Instituto Educativo y Agrícola de Brook Farm. Su fundador, G. Ripley, lo articula como una sociedad que devolverá anualmente a sus accionistas el 5%, queriendo «mostrar al mundo cómo los principios del trascendentalismo pueden combinar el trabajo con empresas literarias y científicas, mediante una industria sin rutinas serviles (drudgery) y una igualdad verdadera, sin su vulgaridad»[55]. De Fourier toma el rechazo del comercio y un diseño muy meticuloso de funcionamiento[56], aunque no espera nadar en la opulencia prevista por él sino vivir en comunidad apacible y ejemplarmente, cosa tanto más probable cuanto que no reúne al millar largo de personas previsto por su falansterio sino a unas setenta —inicialmente todas ellas «gentes cultivadas» de Massachussetts—, sostenidas cada una por la inversión de 500 dólares.

Los peregrinos de Icaria iban a empezar con 35, privados no solo de los recursos agropecuarios del Instituto sino del prestigio que rodeaba a sus miembros y promotores. Con todo, el principio fundamental del trascendentalismo era «la supremacía de la mente sobre la materia», y desde 1843 la comuna decide practicar una política de puertas abiertas que dobla su población e induce las primeras deserciones, entre ellas la de Hawthorne, el tesorero inicial, harto de mover estiércol y sufrir «esa maldición del trabajo, que nos embrutece por fuerza». Los recién llegados resultan excelentes en términos de rendimiento, ya que son artesanos y labradores, algo sorprendidos «viendo cómo uno ara todo el día mientras otro mira por la ventana todo ese tiempo… para recibir al fin de la jornada la misma retribución»[57]. En 1844, cuando por cada retirado hay dos incorporados, el experimento cobra resonancia internacional y a sus escuelas asisten alumnos de lugares tan distantes como Cuba y Filipinas. Recibe entonces la visita de Henry James y el propio Robert Owen, junto con otros 1.150 que no vacilan en pagar 50 centavos por recorrer sus instalaciones.

Esto no evita, con todo, que el heno —su cosecha básica— y las hortalizas, la leche y las frutas se produzcan en volúmenes insuficientes para ser rentables. El benévolo Ripley, que recibe felicitaciones continuas del exterior, tiene en realidad dificultades crecientes para lograr que los comuneros completen su tarea cotidiana, condición teórica para disfrutar de los esparcimientos, aunque prohibírselos violaría algo aún más nuclear en la filosofía del Instituto. De ahí que intente fortalecer «el instinto social» y remediar «la falta de trabajo» construyendo el falansterio propiamente dicho, donde «cabrán ciento cincuenta en un solo edificio, como abejas felices en su colmena»[58], si bien el descuido (concretamente una estufa mal construida) lo reduce a cenizas poco antes ser inaugurado. A partir de entonces «la atmósfera del lugar es horrible», pues el menú deja de incluir mantequilla, té y café, y para sentarse a «la mesa de la carne» es preciso pagar[59]. Tales infortunios comienzan en el otoño de 1844, y solo los desvelos de Ripley prolongarán el experimento algo más de un año, asumiendo a cuenta de ello deudas que tardará décadas en saldar.

 

 

  1. El socialismo norteamericano.

Brook Farm fue el Segundo Gran Despertar en versión trascendentalista, y antes de que la década concluyese suscitó docenas de imitaciones[60]. Recordemos también que entre 1844 y 1845 surgen en Nueva York, el Medio Oeste y Oregon los amanitas, los auroritas-bethelianos y los perfeccionistas, últimas comunas atenidas a la Biblia como guía. Durante el siglo XIX ningún país alberga ensayos tan persistentes y variados de trascender la propiedad privada, que cuando nacen queriendo salir de la miseria y practicar la humildad cristiana desembocan en un desahogo prácticamente unánime[61], mientras en el resto de los casos se dan de bruces con la contabilidad, cumpliendo algo tan paradójico en principio como que quienes confiaban ciegamente en la providencia divina fueron previsores, y quienes confiaban solo en la fortaleza humana fueron imprevisores, cosa especialmente llamativa en el caso de Brook Farm.

En efecto, el ideario trascendentalista es sobrio por definición, y ajeno a fantasear con los ríos de abundancia material que Owen, Fourier y Cabet vaticinan a quien ensaye sus modelos organizativos. Además de tierras y talleres, el Instituto partió de comuneros autóctonos y acomodados, que no tenían prisa por demostrar las ventajas del trabajo cooperativo y gestionaban una escuela primaria y secundaria de prestigio sin igual en la vecindad de Boston. Incluso había multitudes dispuestas a pagar por visitarlo. No obstante, desde 1841 a 1845 la escasez de alimento se va postergando gracias a hipotecas anuales, que son el lado oscuro de evitar «la extravagante adoración de riquezas»[62]. Se felicita a la pedagoga Sofía Ripley, esposa del fundador, por incorporar atriles a las mesas de plancha para leer algún libro entretanto, aunque menos vecinos confíen su ropa al taller de planchado desde entonces. En 1848 —al subastarse la granja— el padre de esta dama escribe:

 

No hemos sido protagonistas de un fracaso. En primer lugar, abolimos la servidumbre doméstica. En segundo lugar, aseguramos la educación para todos. Y en tercer lugar establecimos justicia para el trabajador, y ennoblecimos la industria[63].

 

En 1905 una emoción de alguna manera análoga embarga al sociólogo alemán W. Sombart, que tras identificar socialismo con marxismo, y marxismo con movimiento obrero, emite el siguiente pronóstico:

Todos los elementos que hasta hoy han retrasado el desarrollo del socialismo en Estados Unidos están en vísperas de desaparecer o de convertirse en su contrario, de manera que según todos los indicios el socialismo va a tener su auge pleno en la próxima generación[64].

Veinte años antes Engels había observado que «la tierra gratuita fomentó una obsesión especulativa, distrayendo al trabajador americano de la lucha de clases»[65]. Sombart añade a ello la movilidad social y geográfica, que sostuvo una inclinación a «amar inseparablemente el capital y el laissez faire»[66], aplazando el «amor por la masa y el estilo de vida comunista». Su amigo Weber acababa de publicar La ética protestante y el espíritu del capitalismo, y ambos rechazan teóricamente la versión historicista que atribuye a la cultura un rol solo adjetivo. Pero él se distingue de su colega por añorar «una ordenación completa de la vida, donde todos los derechos se conviertan en deberes»[67] —que terminará haciéndose realidad con el triunfo de los totalitarismos nacionalistas—, y a las metamorfosis de ese sentimiento cabe atribuir su diagnóstico sobre el futuro norteamericano, donde dedica abundante atención a comparar la cesta de la compra en Berlín y Nueva York y ninguna a la aventura de los primeros peregrinos, la mediación de los cuáqueros o el papel de las Iglesias comunistas como pioneros empresariales.

Echa de menos un «amor por la masa y el estilo de vida comunista» que tiene allí un siglo de arraigo en ciertos casos, y ha construido un centenar de enclaves descritos por Nordhoff como «paraísos acordes con la medianía y el temperamento gregario», donde el trabajo está organizado de manera cómoda, nadie padece escasez y nadie destaca ni pretende hacerlo. Si sus villas le resultan invisibles a Sombart no es porque dejen de abundar sino en función de su ajenidad al guerracivilismo, que deriva a su vez de nacer como grupos dispuestos a todo con tal de ser perfectamente libres en materia de fe y costumbres. Cualquier otro proyecto de independencia les merece tanto respeto como el propio, y aunque profesan creencias peregrinas están emancipadas del llamamiento a erigirse en ejemplo universal que pesa como una losa sobre Nueva Armonía y el resto de las comunas racionalistas, en las cuales convencer y guiar al prójimo es más urgente que vencerse uno a sí mismo. De ahí avivar el fuego de la discordia precisamente al declararlo erradicado, como una brigada de bomberos reclutada entre incendiarios más o menos conscientes, que estalla en disensiones internas tan pronto como el medio impone la humildad de trabajar en común.

En definitiva, las sociedades comunistas duraderas son un ingrediente tan unido al imaginario nacional como el Segundo Gran Despertar, cuya renuncia a la propiedad privada colabora con el proceso de acumulación capitalista creando algunas de las primeras empresas considerables por volumen. En 1875, cuando Nordhoff publica su investigación, cunde el temor ante sindicatos inicialmente parecidos a órdenes francmasónicas y carbonarias —como los Caballeros del Trabajo o los anarquistas del Socialist Party—, pero la renuencia del país ante una lucha de clases no tarda en alumbrar la perspectiva tecnocrática y apolítica de la American Federation of Labour, que desde el comienzo quiere abortar disputas y malentendidos con una NCF[68]. Allí han fructificado tanto el comunismo shaker como las demás variantes del alma puritana, que coinciden en cantar la gloria de su Dios conquistando maestría profesional. El buen cristiano debe ser razonablemente rico, y «nada estimula tanto la inteligencia del pobre como la perspectiva de que con industria y ahorro podrá acabar trabajando por cuenta propia»[69]. Autonomía e iniciativa laboral son la libertad de conciencia aplicada a la vida práctica, y con este rasgo podemos despedirnos de Norteamérica hasta después de la revolución bolchevique, cuyo éxito convertirá al país en el adalid del anticomunismo.

[1] Sombart 2009 (1905), pág. 187.

[2] El equivalente inglés de la Liga Hanseática, y la Gran Compañía de Ravensburg; véase vol. I, págs. 348 y 394-395.

[3] Bradford 1866 (1650), pág. 130. El autor aprovecha ese episodio para demostrar su formación humanista, y burlarse de Pedro Mártir de Anglería —el secretario de Carlos V—, que en una de sus Décadas ha considerado «imposible pasar con tan poco, salvo siendo español».

[4] Ibíd, pág. 134.

[5] Recuérdese que Lutero negó la condición de divinamente inspirados a la Epístola de Santiago y al Libro de la revelación o Apocalipsis, los dos textos más incondicionalmente ebionitas de la Biblia cristiana.

[6] Ibíd, págs. 135-136.

[7] Ibíd, pág. 147.

[8] Esto lo confirma el obispo Wilberforce en su Historia de la iglesia episcopaliana; cf. Wilberforce 1844, pág. 64. Más adelante, será él quien pregunte a Darwin «si el simio le viene a usted por línea paterna o materna».

[9] El término quaker —alguien conmovido por terremotos (quakes)— es un neologismo forjado, al parecer, por cierto juez en 1647 para burlarse del zapatero G. Fox, que fue traido ante él como reo de blasfemia y alegó «temblar (tremble) ante la palabra de Dios». El término no disgustó a Fox.

[10] Sobre esos «bautistas apacibles», véase vol. I, págs. 373-376.

[11] J. Nyler fue condenado a ir tirado de un carro por las calles de Londres mientras recibía latigazos hasta quedar medio muerto, y a repetir lo mismo en Bristol —donde cometió su «crimen»— cuando los médicos le suturasen la espalda. Tras la segunda cura fue expuesto en la picota, se le horadó la lengua con hierro candente y su frente fue marcada al estilo de las reses con la letra B (por blasfemo). El puritanismo de Winthrop en Nueva Inglaterra será más severo que el de Cromwell en la metrópoli, y poco después del suplicio de Nayler tres hombres y una mujer son ahorcados por negarse a acatar su destierro. Tan solo durante reinado de Carlos II, la Catholic Encyclopaedia menciona 13.562 cuáqueros encarcelados, 338 muertos por lesiones o durante el confinamiento y 198 deportados a ultramar como esclavos. Por supuesto, todos padecieron también la confiscación de sus bienes.

[12] En 1670 tropieza con otro oponente de máximo nivel en el Lord Mayor de Londres, que se enfurece cuando unos jurados le absuelven del crimen de blasfemia, y amenaza con no dejarles salir del cuarto donde deliberaban hasta ofrecer otro veredicto. Como no se dejan doblegar les encarcela «indefinidamente» junto con el acusado, pero la situación no puede prolongarse más allá de algunas semanas, y producirá eventualmente el efecto inverso. El derecho inglés partirá de ese específico atropello para otorgar al jurado una acción anuladora de obstrucciones judiciales.

[13] Los cuáqueros nunca fueron un movimiento de masas y su expansión empieza a declinar desde la Revolución Gloriosa (1688). En 2008 eran unos 359.000, distribuidos por todo el orbe y concentrados sobre todo en África y Oriente Medio, donde su invitación a la paz resulta más útil. La Red nos informa de que «quaker businesses» fueron la primera compañía de ferrocarril, los bancos Lloyd y Barclays, la Universidad de Cornell, la empresa Sony y ONGs como Greenpeace o Amnistía Internacional. Al parecer, dejaron de ser un movimiento exclusivamente cristiano y hoy proliferan Amigos «ateos, agnósticos y humanistas seculares», e incluso budistas e islámicos; cf. Wikipedia, «Religious Society of Friends».

[14] Cf. Frame of Government 1682, por gentileza de avalon.law.yale.

[15] En cuanto a él, su primer Gobernador, el estatuto establece: «Solemnemente declaro, otorgo y confirmo que ni yo ni mis herederos promoveremos o haremos cosa alguna que infrinja o quebrante las libertades contenidas y expresadas en esta carta, y que cualquier acto contrario a ella carecerá de fuerza o efecto».

[16] Para empezar la de P. Ford, secretario de Penn, que aprovechándose de su confianza le hizo firmar inadvertidamente no sólo muchos reconocimientos de deuda sino una transferencia general de propiedad, que le hará pasar algún tiempo en una prisión para deudores, y morir pobre.

[17] Cf. quakerinfo.com 

[18] Nordhoff 1875, pág. 1.

[19] Ibíd, pág. 16.

[20] Ibíd, pág. 252.

[21] Ann Lee, también llamada Madre Lee, se casó por presión familiar —cuando presentía ya en el sexo el pecado capital y original— con un resultado tan penoso como dar a luz cuatro fetos muertos y otros cuatro que no llegarían a cumplir los seis años. Entre sus consejos, que combinan entusiasmo religioso y sentido práctico, está el de: «Trabajad como si tuvieseis mil años por delante, y como si supieseis que ibais a morir mañana.. También es suya la canción que empieza: «Es un regalo ser sencillo / es un regalo ser libre».

[22] Nordhoff, 1875, pág. 118.

[23] Entre ellos la pinza de la ropa, la sierra circular, el arado de tornillo, la escoba plana, la lavadora mecánica, cierta trilladora, plumas metálicas y muchas innovaciones en hilatura, ebanistería e incluso aleación.

[24] Teclee el lector «The last of the shakers» y encontrará un breve video sobre dos Hermanas y un Hermano de la comuna de Sabbathday Lake (Maine). A su cargo están dieciocho casas de acogida,  elegantemente recias, rodeadas por mil hectáreas de tierra fértil.

[25] Weber, 1998, vol. I, pág. 198.

[26] Su regla fue superar «el apego idólatra y exclusivo» con «matrimonios complejos», estimulando en principio el intercambio voluntario. No obstante, era preciso esperar una invitación de terceros, cuando no de la comunidad entera, para que cada pareja pudiera permitirse el coito. El profeta de este grupo, J. H. Noyes, fue el único fundador de comuna rico de nacimiento.

[27] En el año de 1805, por ejemplo, unos trescientos varones rappitas roturan y siembran doscientas hectáreas de terreno salvaje, en su mayoría boscoso, transformando los miles de árboles talados y desenraizados en combustible y material de construcción para unas sesenta casas de tres pisos, además de la iglesia, la escuela y el ayuntamiento, edificios de tamaño muy superior; cf. Nordhoff 1875, pág. 55.

[28] Ibíd, págs. 346-348.

[29] En origen Comunidad de la Verdadera Inspiración, una secta pietista fundada en 1714, que al emigrar pasó a llamarse Sociedad de Ebenezer y acabó adoptando el término hebreo amana, que significa «mantenerse sincero» (Cantar de los cantares, 4:8). Hasta la Gran Depresión su ciudad y sus territorios en Iowa no usaron otra energía que las manos, el caballo, el viento y el agua, como los amish. Pero siendo mucho más emprendedores aprovecharon las devastaciones causadas por un gran incendio para sumarse a la mecanización.

[30] Nordhoff 1875, pág 56. Al no adoptar ni admitir conversos, los economitas se extinguieron en 1906.

[31] B. Müller, autonombrado Conde de Leon o León de Judá, había dedicado buena parte de su vida a vivir de grupos crédulos y convenció a un tercio de los economitas, que decepcionados por la defectuosa presciencia del Hermano Padre vieron con buenos ojos reanudar su vida sexual y no abstenerse del tabaco. Pero tras recibir su parte de los bienes comunes —una fortuna en aquellos tiempos— el León de Judá gestionó tan mal la nueva comuna que pronto pasaron del superávit al déficit, y entre otros él mismo murió de cólera (se dijo que por desidia a la hora de organizar el suministro de agua potable), lo cual produjo una desbandada y la conversión de bastantes a la comuna de bethelianos instalada en Missouri. Los otros dos tercios siguieron incondicionalmente fieles a Rapp.

[32] Ökonomie, hoy Ambridge, famosa por los altos hornos que empezaron a instalarse ya en vida suya.

[33] Sobre vida y obra de Owen véase más adelante, págs. x-y, y z-z’.

[34] El filántropo y geólogo escocés W. MacClure. En 1805 los economitas compraron por 13.000 dólares las 12.000 hectáreas de Nueva Armonía, aunque a ambos les parece un precio equitativo el de 135.000 —a pagar en dos años— contando con las mejoras y edificaciones introducidas por ellos.

[35] Esta opinión —animada por un tal Paul Brown— no vacila en llamarle «especulador», y exige que cumpla su promesa de «colaborar hasta el último céntimo». Para MacClure, en cambio, que Owen siga subvencionando «estimula consumir en vez de producir»; cf. Sutton, 2004, pág. 12.

[36] Owen en Sutton, ibíd., pág. 14.

[37] Warren 1828, en Butler 1989, pág. 438. Stuart Mill reconoce su deuda con Warren en la Autobiografía , publicada póstumamente, y Spencer en El hombre contra el Estado

[38] Cf. Sutton, 2004, pág. 16. Por lo demás, se siente orgulloso de que quienes han decidido quedarse aprovecharán las mejoras introducidas, y les ofrece comprar o arrendar su parte en terrenos y edificios. También les regala unos últimos 3.000$.

[39] Schumpeter 1975, pág. 145.

[40] Ibíd, pág 148.

[41] Una sociedad secreta de programa gaseoso, por no decir que ultra-secreto, pues entre sus miembros contó con personas tan diametralmente opuestas como Lafayette y Blanqui. Suele alegarse que los carbonari tenían metas «flexibles».    

[42] Los cátaros fueron una reviviscencia del movimiento maniqueo, cuyo comunismo parte de rechazar «la materia»; véase vol. I, págs. 191-194 y 305-306. 

[43] Cabet, en Shaw 1884, pág. 49.

[44] En efecto, sus grandes profetas —Smith y Young— son christian communists que deploran la propiedad privada, y esa actitud «influye fuertemente en todas las relaciones públicas, privadas, comerciales, industriales y políticas de la secta» (Bancroft 1886, pág. 306). Los mormones serán la primera Iglesia alineada con el Partido Socialista norteamericano al fundarse en 1876, y también la primera en saludar la revolución bolchevique de Octubre. Sin embargo, desde 1936 piensan que un comunista no puede ser ciudadano de Norteamérica, y uno de sus grandes líderes —E. T. Benson, ministro de Agricultura con Eisenhower, y treintavo Presidente de su Iglesia— publicará en 1966 el panfleto Derechos civiles: un instrumento del comunismo, cuyo título excusa comentario. 

[45] Su primer biógrafo norteamericano recomienda «no condenarle muy severamente por las intrigas, subterfugios y maquinaciones empleadas en la disputa. Apenas era responsable de su conducta, porque ya era incapaz de ver Icaria como algo separado de su propia persona; no era una parte de la comunidad, sino la comunidad parte de él» (Shaw, 1888, pág. 60).

[46] Cf. Nordhoff 1875, págs. 334.

[47] Sobre la etapa final, cf. www.answers.com/topic/tienne-cabet#ixzz1K5UpuruH.

[48] En la página recién citada hallará el lector una fotografía del inmueble y su pequeño anexo.

[49] Los amish serían el caso más espectacular de lo contrario. Aunque la reproducción nunca fue prioritaria para ellos, en 1910 eran unos 5.000 y en 2010 son unos 240.000. Cf. Wikipedia.

[50] Shaw 1884, pág. 329.

               [51] Nordhoff, 1875, pág 339. El caballero que menciona es A. Shaw, que va a ser el primer autor de una monografía sobre Icaria.

[52] Ibíd, pág. 334.

[53] Ibíd, pág. 335.

[54] Su fundación partió de Emerson, el reverendo unitarista G. Ripley y el editor G. Putnam. Luego se incorporarían Thoreau, la pedagoga E. Peabody y bastantes otros, casi todos bostonianos. 

[55] Ripley, en McEmrys, cf. www.25.uua.org. Fourier acababa de hacerse conocido en Norteamérica gracias al manifiesto de A. Brisbane, El destino social del hombre (1840).

[56] También se organizaba el tiempo libre, dedicado en principio a «disfrutar de la música, el baile, juegos de cartas sin apuesta, teatro, fiestas de disfraces, montar en trineo y patinar». Pasatiempos como el ajedrez o las carreras se desaconsejaban por «competitivos». Cada día concluía con el Símbolo de la Unidad Universal, consistente en formar círculos dándose las manos, y hacer votos por  «seguir fieles a la causa de Dios y la Humanidad»

[57] Es un  comentario del propio Emerson; cf. Felton 2006, pág. 127.

[58] Ripley en Delano 2004, pág. 255.

 [58] Ibíd, págs. 192-193.

[60] Sutton, Felton y Delano no coinciden en cifras, aunque ninguno menciona menos de cincuenta.

[61] Nordhoff reseña 76 comunas de shakers, tres de rappitas, cuatro de amanitas, dos de auroritas-bethelianos y otras dos de perfeccionistas, todas ellas «confortablemente instaladas gracias a los mejores granjeros y los mecánicos más aptos» (pág. 336), que han descubierto además alguna rama del comercio o la industria donde no tienen rival.

[62] Ripley, en Delano 2004, pág. 4.

[63] Dana, en McEmrys, loc. cit.

[64] Sombart 2009 (1905), pág. 194.

[65] Ibíd, pág. 198.

[66] Ibíd, págs. 47-48. La parte más rica en detalle del trabajo es una comparación entre el poder adquisitivo del obrero industrial norteamericano y el alemán del momento, que resulta muy favorable al primero.

[67] Esta formulación alcanza en su Deutscher Sozialismus (1934), cuando pase de «marxista convencido» a teórico del nacionalismo alemán.

[68] La National Civic Federation, que agrupa a los 15 principales empresarios, 15 miembros neutrales y 16 representantes de sindicatos, cuyos estatutos la vinculan a mantener en todo momento «contacto personal» entre los tres grupos.

[69] Nordhoff 1875, pág. 11.


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