Rectificar es de sabios

ABC - Septiembre de 2017

A principios del siglo XXI, y en Europa, los partidarios de que un territorio se independice tienen derecho a averiguar cuántos conciudadanos piensan lo mismo. Pero si los promotores de la consulta en Cataluña no van de tramposos -y quieren en efecto averiguar el parecer de la mayoría-, tendrán la bondad de admitir que el actual Parlament surgió de comicios donde votó menos de la mitad del censo, sin que en la hoja de ruta de las formaciones entonces presentadas figurase el órdago del 1-O.

            Plantearlo a posteriori en vez de a priori es sacarse un as de la manga, y como las reglas del juego lo prohíben el Gobierno español hará bien desbaratando la maniobra, por las buenas o por las malas, porque no estamos para chantajes. Si los separatistas insisten, un mínimo de buena fe les exige construir su casa desde los cimientos, para lo cual empezarán convocando elecciones generales. En ellas se confirmará o no el absentismo de las previas, aunque la población podrá manifestar tranquilamente su actitud, sin verse acosada por demagogias tumultuarias. Den esa lección de civismo, y convencerán a todos de que pretenden averiguar la intención de voto, no forzarla con recursos de trilero.

Con su juvenil flequillo, el señor Puigdemont no sabe por qué votó contra un referéndum en el Sáhara y otro en el Kurdistán; pero en su mano está demostrar que el equipo hoy gestor de la Generalitat va por las buenas -conociendo a ciencia cierta cuántos seguidores tiene a día de hoy-, en vez huir hacia delante, cruzando los dedos para que el rencor victimista logre evocar alguna efusión de sangre.

Si convoca elecciones generales, ahora con vistas a negociar un futuro referéndum, desarmará al inmovilismo y dará a Cataluña la oportunidad de ir paso a paso, como se anda, evitando el salto al vacío del hecho consumado. Si insiste en otra cosa será imposible asegurar la transparencia del recuento, y le meterán preso por sedición, un delito muy grave en todos los ordenamientos conocidos, sin excepción alguna pasada o presente.

¿Duda alguien sobre cómo reaccionarían Lenin, Guevara o Mao al 1-O? No obstante, una empanada de buenismo, corrección política y cainismo ha desembocado en que leninistas, guevaristas y maoístas clamen por la democracia, aborreciendo los golpes de Estado. Al parecer, olvidaron que esos tres mesías –y todos sus imitadores- elevaron el golpismo a dictadura indefinida, asegurando a sus respectivos súbditos la más abyecta miseria material y moral.

No sé qué pensará el señor Puigdemont de las recetas económicas marxistas, aunque sí sé que sigue a tiempo de hacer las cosas con buena fe. Si no rectificara, le conviene saber que muchos nos alegraremos de verle en la cárcel, donde merecen estar quienes pudiendo promover la concordia prefieren vivir de lo contrario.


Goce y exigencias de la libertad

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