Siguiendo al Rebelde

Archipiélago: cuadernos de crítica de la cultura - 1995

Miércoles, 18 de octubre.

Con retraso, hacia las tres de la tarde, toma tierra en Sondica el avión que trae a Ernst y Liselot­te Jünger, Albert y Anita Hofmann. El al­calde de Bilbao ha tenido la ocurrencia de recibirles con danzaris, que al ritmo del chistu y el tamborín ejecutan el saludo de honor vasco. El rostro de Jünger se ilumina de júbilo, y permanece así hasta que termi­na la danza. La nube de cámaras y micrófo­nos, que a partir de entonces se erige en protagonista, no es tan acogedora. Pretex­tando fatiga, aplaza cualquier declaración y los cuatro desaparecen —no sin cierto co­mentario jocoso de Jünger («¡Nos dan un coche para políticos!»)— en el flamante Rolls Royce del alcalde.

Sin embargo, los dos ancianos no han producido impresión de cansancio. Peque­ño y robusto, Hofmann recuerda a los hel­vecios mencionados por Julio César, fiables aliados e incómodos adversarios que no vuelven jamás la espalda al agresor. Su calvo cráneo contrasta con la deslumbrante blan­cura de los cabellos de Jünger, y su abierta risa con la sonrisa taoísta del amigo; los ojos de uno son negros y muy vivos, los del otro transparentes en grado inusual, con una alternancia de observación y reflexión, como si más de la mitad del tiempo mira­sen la enormidad de un interior que roza el siglo de experiencias. Al verles juntos, Hof­mann parece el terrenal escudero de un per­sonaje no tan terreno, que sobre el armazón originario de Sigfrido ha evolucionado ha­cia la arrasadora ternura del Rey Lear.

Jünger se retira al cuarto del hotel, del que sólo saldrá tras tomar su cotidiano baño de agua fría. Luego decide dar una vuelta por la ciudad, visitando precisamen­te un mercado y un cementerio. Tiene por norma «no fiarse del espejo», y desde hace mucho ignora cuanto se escriba o hable acerca de él. No asiste, pues, a las dos últi­mas conferencias del simposio celebrado sobre su pensamiento. La primera de ellas —«Drogas y éxtasis en la obra de E. Jün­ger»— corre a cargo de Hofmann, y puede considerarse una interpretación de las lla­madas auténticas en términos jurídicos, que narra «acercamientos» (Annerüngen) celebrados en común. Al día siguiente, el propio Jünger comentaba que cuando esos acercamientos comenzaron no sabían aún «qué nombres poner a las magias de Albert».

Por lo demás, las tesis jüngerianas sobre modificación química de la conciencia son conocidas. La ebriedad, «una de las des­composiciones sublimes de la materia [...] se limita a descubrir, como si apartásemos una cortina, o como si ella forzase la puerta de criptas profundas; es una llave, entre otras muchas». Los distintos vehículos de ebriedad son «pórticos del Laberinto», gra­cias a los cuales es posible «una investiga­ción estrato por estrato —cada uno fascina­dor y ninguno en último análisis capaz de satisfacernos, como si buscásemos bajo ciu­dades constantemente destruidas la Troya del poeta—, que constituye una de nues­tras grandes experiencias». Según el Anto­nio Peri de Heliópolis: «Cada droga lleva en sí una fórmula que da acceso a ciertas es­tancias y a ciertos enigmas del mundo».

El opio, por ejemplo, «tiene la propiedad de estirar el tiempo casi hasta el infinito; no el tiempo de los relojes [...] sino el que es enteramente residencia y posesión del hombre. Es el mayor de los lujos: tener un tiempo propio». La LSD, por su parte, «quizá instaló en permanencia [...] la acui­dad acrecentada del juicio». Común a toda ebriedad es «la huida del mundo mensura­ble y numerable, y por consiguiente el acer­camiento», un aproximarse «a la densidad de la substancia».

Tras Hofmann, clausurando el simposio, Ian Dallas hizo una exposición sobre Jün­ger como guerrero de la libertad total. En­tre otros méritos, su ponencia tuvo el de hacer resaltar hasta qué punto la indepen­dencia, la profundidad filosófica, la maes­tría en el oficio de escribir y la apertura al mundo como complejidad infinita sencilla­mente no son cosas progresistas ni, por tan­to, admisibles para quienes se erigen desde hace décadas en portavoces de la conciencia política y académica. Repasando las figuras que matizan la tarea del héroe en el discur­so jüngeriano —el Rebelde, el Soldado Desconocido, el Emboscado y el Anarca—

Dallas subrayó el compromiso de su espíri­tu con el concepto de «soberanía personal», manifiesto ya en El corazón aventurero (1930) y magistralmente perfilado en La emboscadura.

Para concluir, dijo que la inseparable fu­sión de vida y obra en Jünger recordaban al hombre el deber nuclear de no admitir ja­más una coacción espiritual, el de no obe­decer nunca las órdenes de otro hombre y jamás someterse a algo distinto de la volun­tad divina. «Pero someterse a la voluntad de Dios, o Islam, añadió, «es ya otra cosa, de la que hablaríamos en otro momento». Quedaba así de manifiesto algo imprevisto; a saber: que el verdadero organizador del simposio y el doctorado honoris causa de Jünger no había sido el Ayuntamiento de Bilbao ni la Universidad del País Vasco, sino el Freiburg Institut für Freiheitsstüdien (Instituto para estudios sobre la liber­tad de Friburgo), una asociación compues­ta por europeos de fe islámica, vinculada a la corriente mística sufí o sufita.

El sufismo —certeza de lo divino como amor, que el fiel venera con desinterés, sin esperar paraísos ni temer infiernos— repre­senta aproximadamente a un 3% de los musulmanes. Lleva casi un milenio siendo perseguido por la ortodoxia coránica y por los místicos llamados «sobrios»; todavía en 1925, las órdenes sufitas y las logias de der­viches fueron ilegalizadas en Turquía por Ataturk. Con todo, sigue siendo el tronco teórico y lírico de esa religión desde sus co­mienzos, con cumbres como Ibn Mansur, Ibn Arabí, Algacel, Rumi, Fiafiz u Ornar Khayam. Sufí de convicción, el profesor E. Ojembarrena es el padrino doctoral de Jün­ger, asistido por un grupo de correligiona­rios donde destacan el profesor Khol y el propio Ian Dallas, un culto gentleman in­glés.

Sorprendidos —por no decir estupefac­tos— ante la evidencia de que Bilbao debe al actual sufismo europeo uno de los gran­des eventos culturales de su historia, regre­samos al hotel con una esperanza que se verá defraudada, Jünger ha decidido retirarse de nuevo a su aposento, con lo cual un pequeño grupo de fieles —su editor y su traductor al castellano, la embajadora ale­mana, Vintila Horia, el matrimonio Hofmann y algunos más— nos conformamos evocando distintos aspectos de su persona, Madame Brunner, la embajadora, es hija del coronel Speidel, jefe del estado mayor alemán en París, cuya protección fue decisi­va para que Jünger no cayera en el “acci­dental” exterminio previsto por Hitler y sus amigos.

Ya en la cama sólo queda repasar la pren­sa del día. Egin es, sin duda, el periódico más incisivo en sus comentarios. Tratándo­se de un escritor «con notorio pasado nazi», pide «una investigación de su personalidad política e ideológica». Lo idóneo sería exi­girle una autocrítica, al estilo inaugurado desde 1919 por el socialismo real, exigien­do un «compromiso con los valores demo­cráticos y progresistas». Como dirá al día si­guiente E. Lynch, en La Vanguardia, pam­plinas semejantes son el pretexto sistemáti­co empleado para seguir manteniendo que la inteligencia siempre es de izquierdas, y que no son de izquierdas la bravura perso­nal ni el coraje poético. Conviene recordar que el primero en atacar a Jünger sobre es­tas bases fue el Sartre de la Crítica de la ra­zón dialéctica, una de sus pocas produccio­nes realmente lamentables. Incapaz de ne­gar evidencias como el odio de la jerarquía nazi hacia Jünger (vetado como publicista desde 1933, cuando rechaza la invitación de ingreso en la Academia alemana), o la potencia crítica de su pensamiento, el pro­gresismo prefiere sugerir, como Habermas, que es «un revolucionario de derechas».

Los pensamientos gaseosos son mejores que ir contando corderitos para conciliar el sueño.

Jueves, 19 de octubre.

La investidura como doctor honoris causa no resulta muy concurrida. Hay alguna pancarta de protes­ta, retirada sin complicaciones, y una pre­sentación del doctorando a cargo de su pa­drino, Ojembarrena. En esencia, esta ala­banza destaca que Jünger no es sólo el ma­yor escritor vivo, sino una voz inigualable­mente libre que entronca con la gran tradi­ción espiritual de Occidente y Oriente. El homenajeado, a quien la birreta incomoda de modo visible, termina por quitársela y pronuncia un breve discurso.

Ajeno a que eso molestará a algunos euskeraparlantes, comienza hablando de la «música en el español, su idioma», y se de­tiene unos momentos en Calderón y Cer­vantes. «No me pareció ridícula» dice, «la batalla de don Quijote contra los molinos de viento». Esa sensibilidad se diría provi­dencial para alguien cuya suerte ha sido «participar en dos guerras mundiales, y las dos veces —por cierto— en el lado de los que pierden». En efecto, a diferencia de quienes se esfuerzan por ganar a cualquier precio, Alonso Quijano supo siempre que la derrota es el trofeo de almas bien naci­das. Quizá por eso, aunque Jünger tenga 94 años, le «resulta difícil encontrarse satisfe­cho del trabajo realizado». Para redondear unas Obras Completas que ocupan ya vein­te gruesos volúmenes en la edición alema­na, ha concluido un extenso estudio, que «pretende averiguar si no estarán actuando también en los acontecimientos fuerzas lle­nas de sentido, fuerzas acaso divinas, a pe­sar de las muchas confusiones y los muchos infortunios de nuestros días».

En el banquete posterior, multitudina­rio, los asistentes pudieron ver de cerca la rara amalgama de salud y serenidad que ex­hibe Jünger. Sus oídos y sus ojos no han perdido fuerza; lee sin gafas —«no necesito lentes, sino buena luz»—, y se mueve con la agilidad de un hombre en los sesenta. Al conversar, intercala una breve risita cada dos o tres frases, mientras sus ojos traslúci­dos mantienen la curvatura de una sonrisa. Sin embargo, entra en sí mismo tan pronto como interlocutor o situación lo permiten, y la gravedad de su rostro entonces resulta difícil de describir. Es como si, en vez de mirar, viese, o como si suspendiera cual­quier contacto convencional con lo circun­dante y practicase el activo no hacer de un chamán. Pasa fluidamente de un estado a otro, si bien se diría que su elemento natu­ral es esa especie de suave trance, donde aparece totalmente autocontenido. Liselotte Jünger aclaró más tarde: «Ernst ha habla­do en estas veinticuatro horas tanto como en veinticuatro semanas de vida casera».

Su esposo, en efecto, prometió una rue­da de prensa por la tarde, y cerró el almuer­zo con un agradecimiento a asistentes y pa­trocinadores. «Debo felicitar a Bilbao», dijo entre otras cosas, «porque juzgo a una ciu­dad por su actitud ante los vivos y ante los muertos. Tras visitar un mercado y un ce­menterio, compruebo que ambos reciben aquí sus debidos honores».

Al dispersarse algo la concurrencia, vi una oportunidad de serle presentado. Es­trechó mi mano con un toque leve, dijo co­sas amables de amigos comunes y sugirió que volviésemos a sentarnos en dos sillas de la recién abandonada mesa. Me interesé por su último libro anunciado —Las tijeras—, y en particular por el dato de que fuera una «teodicea», nombre atribuido a la investigación racional sobre el ser divino. «Los dioses son muchos», repuso, «y no ne­cesitan ser disculpados por crear el univer­so, como quiso Leibniz disculpar al dios único. Mi último libro rastrea aquello que se ha llamado también astucia de la razón, y en esa precisa medida es teodicea. Son con­sideraciones que nacen de recapacitar sobre el conjunto de la experiencia vivida: no tanto una búsqueda de síntesis como la ar­ticulación de una síntesis ya presente, aun­que todavía implícita».

La conferencia de prensa, transmitida en directo por un canal alemán de televisión, fue una rara muestra de deferencia en Jünger. A la pregunta por sus maestros inme­diatos repuso aludiendo a Nietzsche —«en primer lugar Nietzsche»—, Spengler y Heidegger. A su juicio, lo que ha de fortalecer­se en filosofía es «el espíritu de aventura», que desbordará la palabrería «político-eco­nómica» por el lado de lo teológico; una teología natural —libre de dogmas tanto como de formalismo racionalista— es lo que vislumbra en el horizonte futuro, quizá apoyada sobre el ímpetu de «algún nuevo Moisés».

A la pregunta sobre la diferencia entre el Bosque y el Desierto como moradas: «El bosque es la dimensión de libertad donde se atrinchera el hombre cuando es persegui­do por la ley positiva. El desierto es la di­mensión donde resisten los llamados al concepto filosófico». Naturalmente, no son residencias incompatibles. ¿Y en qué grado es grave, o irreversible, la catástrofe ecológi­ca? «Alarmante, incluso muy alarmante. Pero no más que lo fueron las glaciaciones. La solución de esa amenaza, y de tantas otras, está en que se fortalezca la voluntad soberana de la persona singular.»

¿Qué puede decir de la eutanasia? «Es un capítulo difícil, que cada cual debe resolver por sí mismo. Sin embargo, el suicidio es evidentemente un capital de la humanidad. Montherlant se pegó un tiro inmediata­mente después de escribir ese pensamien­to.» ¿Y de la muerte de Dios? «Prefiero em­plear la expresión de León Bloy: Dios se re­tira. O se acerca. Eso depende en buena medida del mito que arraigue. El mito no es ficción, ni historia ocurrida en el pasado, sino realidad intemporal que se reitera en la historia.»

Jünger se levanta del mullido sillón, des­de donde atendía el bombardeo de la pren­sa, como accionado por un resorte. Con la blancura deslumbrante de sus cabellos, su ligereza es el signo más claro del vigor físico que le anima. Al constatarlo, recuerdo un texto suyo de hace cuatro décadas: «No es el médico, sino el enfermo quien es sobera­no dispensador de salud, que saca de resi­dencias inexpugnables; sólo está perdido cuando él mismo pierde acceso a esas fuen­tes».

La oportunidad de tenerle cerca, sin una nube de personas alrededor, llega con la cena. Somos siete a la mesa, y por recomen­dación de Hofmann él pide —como plato único— bogavante a la Thermidor. Cele­bra el plato con un «muy bueno», aunque le impresione más el Rioja (un Imperial Cune), del que apura tres vasos; dos duran­te la colación y el tercero a título de postre. Cuenta la anécdota referida ya en Acerca­mientos (1970), cuando bajo la influencia de mescalina, al oír el ruido producido al abrir un bote de Nescafé, «sobresaltó como si fuese un tiro de pistola». Terminadas las risas, me atrevo a sugerir que sus experien­cias en ese terreno rozan a veces lo temera­rio; en el caso de la cocaína, por ejemplo, empezó administrándose una dosis casi cien veces superior a la recomendada por Freud. No hace ningún comentario, y aprovechando el silencio pregunto por la cruzada prohibicionista.

Las drogas tienen un gran destino, se­ñor. Un destino tan alto, o más alto, que el que tuvieron durante el paganismo clásico. Pero la ebriedad es tanto más fructífera, es­piritualmente, cuanto más tiempo medie entre los acercamientos. Una vez al mes es mejor que una vez a la semana, y una vez al año, mejor que una vez al mes. No puedo coincidir con Albert (Hofmann), ni con Huxley, cuando trazan una frontera entre drogas, como si unas fuesen por fuerza fuente de miseria y otras de conocimiento. Asimilar el vino —que ahora bebemos tan apaciblemente—, produjo grandes convul­siones en la Antigüedad. Ahí están Las ba­cantes de Eurípides.

Pero ¿qué representa la cruzada? «Una forma de moralidad perversa, una estupi­dez... Es evidente, y ya lo he dicho en di­versas ocasiones, que no deberíamos admi­tir la influencia cada vez mayor del Estado sobre la medicina, con pretextos sociales.»

La conversación se orienta hacia la pró­xima visita de los Jünger a Madrid, donde permanecerán alojados en la embajada ale­mana. Sus viajes anteriores han sido a Ma­llorca, Benicasim y Marbella, bastantes dé­cadas atrás. Menciona que le interesan To­ledo y El Escorial. En cuanto al Prado, piensa que —a priori — lo más tentador es el tríptico del Bosco. Hofmann sugiere el Jardín Botánico, tan próximo a la pinacote­ca, donde recuerda haber leído una frase conmovedora, que retiene en su expresión castellana: «La naturaleza es un libro abier­to, que cada uno debe aprender a leer por sí mismo». Tras hacérsela traducir, Jünger co­menta jocosamente: «No todos los Paracelsos son de Basilea».

Sin embargo, sus ausencias —esos mo­mentos de mirar hacia dentro— van haciéndose más largas y frecuentes. Lleva doce horas de vida social, y quien sostiene ahora la conversación es su cónyuge, culta bibliotecaria que llena el hueco dejado por la primera esposa, Gretha, muerta en 1960 y mencionada en los Diarios como «Perpe­tua». Al despedirse, Jünger me tiende una postal que distribuyó entre los asistentes a la conferencia de prensa. Se trata de la Earias juengeriana, una rara mariposa des­cubierta por él en Sumatra.

Lunes, 23 de octubre.

Un teléfono des­pierta la casa, hacia las ocho de la mañana. Hofmann me dice que su amigo desearía visitar el palacio de los Alba. Difícil de cumplir en principio, la gentileza del editor Jacobo Fitz-James Stuart hace factible ese deseo.

Hacia las seis de la tarde el palacio de Li­ria se encuentra preparado: vitrinas de li­bros y autógrafos han sido descubiertas, las salas están mal iluminadas. Jünger llega poco después, de Toledo, con manifiestas ganas de no perderse un rincón interesante. Lo delatan un paso alegre y el gesto jovial —«senatorial»— con que inicia sus pesqui­sas. No hay luz suficiente para observar bien el mapa de Colón, la primera edición de Don Quijote, el medio quemado testa­mento de Felipe II. Pero el principal hués­ped se provee de una buena lupa.

Inclinado como un entomólogo sobre li­bros y manuscritos, recorre la biblioteca de una punta a otra. Media hora más tarde está en el dintel de la puerta, invitando si­lenciosamente a proseguir la excursión. Ha tomado notas en un cuadernillo, aunque será en el piso superior donde se aplique más en esta tarea. Lo merecen un reloj usa­do por Napoleón I, unos documentos so­bre la muerte de la antigua Cayetana, un voluptuoso Rubens (que Liselotte Jünger, al oído, declara ser copia), una pitillera con el globo de los Montgolfier y dos espléndi­dos Goyas de tamaño natural. Sin embar­go, nada llama tanto su atención como la armadura del Conde-Duque de Olivares, y otra del Alba terrible, devastador de Flandes, aboyada por el impacto de un proyectil en la zona del corazón.

Al entrar en una de las salas topamos con el consabido cordón de museo, que Jacobo Fitz-James hace retirar enseguida, aunque no antes de que el anciano inicie un curio­so movimiento de acceso, levantando la pierna como quien se dispone a pasar sobre una valla en el campo. Le observo, muy sorprendido, cuando al caer el cordón trata de recomponer el gesto y, por un instante, ya no parece tan ágil. Sin embargo, acaba de comportarse como un joven. Y con juve­nil energía, otra vez en la planta baja, seña­la hacia un busto de Dionisos: «¡Esos pám­panos, fijaos en esos pámpanos!».

Su esposa apostilla: «Ciertamente, la sonrisa del rostro no es budista».

Quizá haya sido la última vez que oigo y veo a esta alma del mundo. De vuelta a casa, un repaso a La emboscadura descubre un texto que completa el laconismo colo­quial de su autor:

El Dionisos raptado por unos marineros tirrenos hizo que en torno a los remos se enroscasen pámpa­nos y mirto, y que crecieran hasta envolver el más­til. De aquella espesura surgió luego el tigre que desperezó a los piratas


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