Telarañas en la novedad

EL PAÍS  -  Opinión - 03-05-1985

lamándolo derecho a la inamovilidad en el empleo, un estatuto como el de los siervos medievales podría pintarse con tonos rosa en momentos de paro. Llamándolo protección de la salud pública, los centenares de envenenados anualmente con matarratas o cosa análoga pueden considerarse casos de sobredosis accidental. El arte retórico busca convicción antes que comprensión, y enseña a emplear las categorías lógicas como envases desechables.Todo esto viene de muy atrás. Los primeros textos escritos que se conservan -tablillas de barro cocido encontradas en el gran templo sagrado de Uruk- no hablan todavía de amor, de héroes o de dioses. Las más antiguas reflejan operaciones de préstamo con interés, que bajo la supervisión de sacerdotes-notarios se celebraban en el santo recinto. Los templos antiguos eran no pocas veces bancos, tal como nuestros bancos, son los verdaderos templos de una edad aparentemente descreída. Formidable longevidad posee la alianza del culto oficial y la finanza.

En un orden paralelo, el druida Merlín se dejaba caer con parrafadas sólo comprensibles para un profeta en trance o un especialista en claves, que Arturo y sus colegas oían embelesados. Sin abandonar el surco ya abierto, clérigos y médicos se han servido hasta hace muy poco del latín, con satisfactorios resultados entre fieles y clientes que sólo entendían lengua vulgar. Parecería que a fin de decir ciertas cosas -y marcar las debidas distancias- los meros sonidos son tan eficaces como las palabras, cuando quien escucha ha sido adoctrinado para ver allí frases de un metalenguaje atendido por expertos.
Con lo que tiene de hogar para la verdad, el habla inventó también la mentira. Por fortuna, esa mentira hace también patente una verdad más profunda. El desarrollo de la propaganda enseña que no es necesario recurrir a shazams y abracadabras, al uniforme del agente diplomado, al más o menos burdo sofisma, para provocar la perseguida influencia. Hay adjetivos dotados de fascinación en sí mismos. Monosílabos como bio, jet, post, light o in, por ejemplo, trasladan a una dimensión de grandes logros. Un detergente o unas verduras congeladas perderán porcentajes de éxito si omiten en el envase alguna apostilla donde se indique extra o super. El dentífrico tiene más aceptación si es trifluorado que conteniendo flúor simplemente.

De alguna manera, aceptémoslo, bailamos al son de una flauta como la serpiente del encantador; parejas al tañido de una campana, ciertas palabras-nota orientan el ánimo hacia un objeto, una conducta o un criterio. Y de entre ellas ninguna más rica en resonancias positivas -ninguna más magnética para el público contemporáneo- que la palabra nuevo. No hace falta decir que el coche es super o la ropa extra, que la casa es bonita o el electrodoméstico bueno: basta decir que son lo último en su especie. Ser reciente o último es parangonable al hortera gran lujo especial, a lo auténtico. Administrado con barroquismo, este tipo de invocación aparece en la crítica de arte y en la de libros; por doquier, con toda seriedad, se nos proponen nuevas tendencias escénicas, nuevas orientaciones científicas, nueva juventud, nueva tercera edad, nuevas leyes y hasta Estados nuevos.

Por mucho que el canguro se vista de seda, canguro se queda. Ante la avalancha de novedad me he preguntado qué decimos concretamente de algo cuando lo precisamos así, y sólo encuentro la falta de sustancia. Una cosa es llamada nueva cuando alguien pretender determinarla, pero omite su determinación; cuando quiere ponerla de relieve, pero prescinde de sus efectivos perfiles; cuando quiere alabarla, pero sólo abstractamente, sin indicar allí un contenido real.
Es un reino de mágica implicitud, un mañana que podemos comprar hoy. El mensaje adherido a la novedad susurra a nivel subliminal que su adquirente ha acertado: ese comic, ese bar, ese artefacto, esa jerga, esa actitud y hasta esa compañía no son cosas como las demás, sujetas a la herida del tiempo, sino a trozos del más tarde ofrecidos más pronto, en permanente anticipo. Con cosas nuevas cualquier futuro será mejor. Tras el ascético criterio manriqueño de que todo pasado fue mejor, nos cae en suerte considerar que cualquier mañana será preferible.

Quizá por ello la virginal frescura del objeto nuevo tiene algo de eufemismo para cosas que nacen un tanto usadas, cuando no directamente rancias. Con telarañas espolvoreadas de purpurina, los objetos de esa índole se acusan unos a otros de apolillamiento, de senectud, y a falta de contenido propio, levantan actas de caducidad para afines menos recientes. La sed de novedades sería lo mismo que un ansia de cambiar todo en general -lo mismo que un anhelo liberador-, si no fuera porque ese descontento queda preso en la vaciedad de su principio. El político ahoga por un new deal de alguna especie, y suele obsequiar con un atrás barnizado de adelante. El modisto lanza su colección como reto revolucionario, mientras traje a traje desfilan caricaturas de viejas modas; para paliar el chasco, los más listos sugieren mirar de entrada con nuevos ojos, como sí también las retinas y el gusto fuesen prendas de un día.El culto a lo nuevo es bien reciente. Estalla a comienzos de este siglo, con el modernismo y las vanguardias en sus diversas facetas. La más enjundiosa de ellas fue teológica, y por su Sacrorum Antistitum (1910) el alarmado Pío X impuso a todos los eclesiásticos un juramento antimodernista. Los excomulgados modernistas -extrañamente parecidos a los apologetas arcaicos- pretendían restringir su atención a la búsqueda de consuelos emocionales eficaces, mientras el Vaticano reivindicaba casi hegelianamente la religión como empresa racional. Lejos quedaban casi dos milenios de ver en la razón a una sierva de la fe, bajo el pórtico de aquel "creo porque es absurdo". Cuando varias décadas después apareció el rock and roll, algunas parroquias no se dejaron escandalizar por los meneos de Elvis Presley y ofrecieron sus abovedados recintos a la nueva juventud. Pudieron ser conciertos algo ñoños, con menos exceso que los celebrados al aire libre, pero demostraron (como viene defendiendo el teólogo Boff) que cierta religión no está reñida con las últimas tendencias.

La metáfora de lo nuevo sugiere otra metáfora. En las cápsulas, el contenido está aislado del paladar por un recubrimiento insípido. En las grageas hace las veces de aislante una capa edulcorada. Dulces o asépticamente insulsas -esto es lo que vengo a proponerles-, las novedades nos las tragamos como píldoras para un síndrome a caballo entre el tedio y un ávido paladar. Lo malo es que, debido al recubrimiento, no remedian ni lo uno ni lo otro. Pero fijense que peor sería aún la falta de recubrimiento. Sabrían a auténtico cuerno o a gaseosa nulidad.


El precio de la gloria

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