Viajes Secretos

Archipiélago: cuadernos de crítica de la cultura - 2002

Como «reserva mistérica» llegaron a la posteridad ciertas promesas que hacían los iniciados (mystes) en algunos ritos iniciáticos (mysterioi) de la cuenca mediterránea. Dichas promesas eran un juramento de jamás revelar a nadie el contenido de las ceremonias, so pena de morir como un sacrílego indigno de la vida. Y juramentos de este tipo fueron exigidos por distintos iniciadores —llamados también hierofantes, mistagogos o psicopompos—, que organizaban diferentes Misterios: eleusinos, báquicos, egipcios, mitraicos, áticos, de Andania, Sabazios, Samotracia, etc. De ellos, el rito oficiado en Eleusis fue con alta probabilidad el más antiguo, concurrido y venerable. Entre sus iniciados estuvieron buena parte de los grandes poetas y pensadores grecolatinos, y sabemos que miles de personas acudían allí en peregrinaje cada año. Considerando que Eleusis fue arrasado por obispos del cristianizado godo Alarico, en el 396, y que se fundó antes de los poemas homéricos, he ahí una institución cuya influencia duró al menos mil años.

Omito el detalle de las ceremonias, y las razones por las cuales cabe pensar que estos Misterios se parecían más a una ingesta de hongos psilocibios administrada por chamanes mexicanos o balineses que a los ritos oficiados anualmente en Lourdes, La Meca o Benarés. Los datos que pude obtener al respecto se colacionan en una obra ya publicada[1], y cuando Archipiélago me pide algo sobre el secreto mistérico no es pensando en disquisiciones filológicas o químicas, sino en la luz que una costumbre abandonada puede arrojar sobre hábitos actuales relacionados con cosas idénticas o parecidas. Jóvenes de todo el mundo[2] celebran desde hace casi medio siglo comuniones substanciales en vez de formales[3], con propósitos no tan distintos de los que animaban al peregrinaje eleusino, si bien desde la perspectiva grecorromana esos ritos serían considerados sacrílegos.

Podríamos preguntarnos a qué vino exigir un juramento de reserva, apoyado por leyes que castigaban con la muerte a quien comentara con otro la experiencia, y mucho más a quien osara ingerir en su casa, con algunos amigos, el kykeón eleusino o las libaciones administradas en otros Misterios. El ateniense Alcibiades, que fue acusado de «parodiar» los ritos eleusinos (en una reunión donde pudo estar Sócrates), omitió la respuesta cuando, lejos de defenderse, decidió huir a Persia. Aunque los griegos no tenían un mal concepto de las drogas psicoactivas, que consideraban «espíritus neutros» (nocivos o benéficos atendiendo a cada persona y ocasión), el secreto difuminaba el apoyo botánico de los oficiantes. Eso no implica sostener que un trance de muerte-resurrección inducido con el apoyo de alguna planta les pareciese a ellos —y luego a los romanos— menos sublime o puro porque incluyera algún phármakon, pues su paganismo no veneraba la omnipotencia sobrenatural del culto monoteísta, sino dioses que encarnan elementos físicos. De hecho, al valorar mucho la reserva sobre ingredientes del kykeón, y muy poco o nada una reserva sobre las demás circunstancias del ceremonial, podríamos olvidar que —entonces y ahora— todo tipo de curadores y hierofantes viven literalmente de no ser imitados, exigiendo una especie u otra de copyright para sus ritos y procedimientos.

Mantenidos por castas como los eumólpidas, administradores perpetuos del santuario eleusino, estos Misterios y algunos más —los de Isis o egipcios y los báquicos, con alta probabilidad, pero no los de Mitra o Attis— representan quizá una etapa en la superación[4] del chamanismo previo, abiertamente entregado a operar con plantas divinizadas. A diferencia del brujo tribal, que oficia como terapeuta y mediador mágico de grupos pequeños, el mistagogo o psicopompo se adapta a sociedades complejas con un servicio no circunscrito a dolencias y protocolos. Usa substancias visionarias sin interferir con los cultos civiles y otras costumbres de la ciudadanía, ofreciendo marco mítico-ritual para un viaje anímico intenso, civilizadamente primigenio, que administra de manera simultánea a miles de personas.

Debe poseer pericia —para dosificar, y dirigir el trance con luces y sonidos—, pero se asegura ante posibles raptos incontrolados con el velo del secreto mistérico, que vincula a todos cuantos aspiren a esa contemplación de lo extraordinario. Por consiguiente, no es tanto que la ebriedad sagrada oculte sus resortes como que está prohibido «banalizar» sobre la ebriedad sagrada. Mystes quizá viene de myo, «callar». Tanto éxito tienen la iniciación, y el voto de secreto, que estos cultos sólo perecerán a manos del absolutismo cristiano, basado en una comunión puramente formal aunque fiel a la promesa mistérica, que es comer y beber del dios.

De ahí que sus ministros recen todavía en la misa una oración específica —la Secreta, recitada en voz inaudible para otros— inmediatamente antes de transubstanciar el pan y el vino. No está claro que Eleusis y otros cultos análogos del milenio clásico (del V a.C. al V) sean religiones como un monoteísmo. Pero sí lo está que el monoteísmo abomina de sus antecedentes chamánicos, difundiendo un seco corte entre misticismo y ebriedad. Salvo el vino de la misa, usar otros fármacos psicoactivos —y en especial los de efecto visionario— es sacrilegio; tan sacrilegio como parodiar los ritos eleusinos en casa de Alcibiades. Las drogas dejan de ser espíritus neutros, y eligen primero ser espíritus infernales, cepos luciferinos. La reserva mistérica obtiene así una especie de moratoria indefinida, propia de trato con substancias que «matan el alma», y se mantendrá en sordina durante otro milenio. Por lo que respecta al saber farmacológico concreto, la reserva mistérica dura prácticamente dos mil años. Con el Renacimiento todo cobra vida otra vez, si bien una secularización especialmente inmisericorde ilumina este campo. El «viaje» —antes restringido a practicantes de la brujería— se hace más prometedor siglo a siglo, hasta que en el XIX estalla la gloria del compuesto psicoactivo, en parte gracias a artistas y literatos, y en parte gracias a síntesis pacientemente conseguidas en laboratorio. ¿Ebriedad sagrada? Todo lo sagrada que admiten la Royal Society de Londres, el Collége de France o la Smithsonian Institution, pues ahora es un asunto científico de pies a cabeza, capaz de contribuir al trabajo de etnólogos y estudiosos de religiones comparadas. Sin embargo, la civilización produce sincronicidades.

Del peyote se extrae la mescalina, primer superfármaco visionario, y algunas décadas más tarde el inicial riachuelo de hallazgos se ha convertido en un ancho delta. A finales del siglo XX el amateur de psiquedelia tiene ya tantos ingredientes para su menú como elamateur de gastronomía. Las primeras reacciones al nuevo acervo químico proponen volver la vista atrás, recordando la culta ebriedad sagrada como marco más razonable, y sugieren las mismas reglas que observaban los mystes antiguos: ayuno, abluciones internas y externas, reflexión sobre metas y lugares idóneos, tomas muy espaciadas. Bastantes les hacen caso, y la psiquedelia se convierte en sacramento propiamente dicho hasta que los Misterios mayores —Monterrey, Woodstock, Wight— desembocan en la sórdida ordalía de Altamont. Las autoridades llevan ya algún tiempo persiguiendo la producción y consumo de kykeón, que ahora no contiene ergina o amida del ácido lisérgico, sino la dietilamida de ese ácido (LSD), un fármaco mucho más penetrante y conmovedor.

En vez de reunirse para morir-resucitar, callando todo detalle, millones de ebrios delincuentes —a juicio del legislador— escenifican como trágica payasada la destrucción de sus neuronas y su sentido común, publicitando todos y cada uno de los detalles. Cabe decir que el secreto ha cambiado de depositario. El defensor de la reserva mistérica ya no es quien peregrina en busca de viaje psíquico, sino quien se abstiene de concurrir a los orgiásticos sabbaths mal llamados religiosos, el anti-mystes que custodia una idea no demoníaca o mancillada de lo sagrado, cuyo primer mandamiento exige no invocar a Dios en vano. Constituye sacrilegio punible sostener que la química roce siquiera a un espíritu tocado por lo divino. Y para sostener esta perspectiva aparece un crimen específico —la apología del «viaje»—, que puede castigarse con el mismo rigor que el tráfico. Lo deficiente de la construcción es que no funciona. El público sigue hablando de lo innombrable, los tribunales no osan aplicar el crimen de apología en este campo, y hasta los resueltos a cerrar boca y oidos para siempre cotorrean con el menor pretexto.

Lo único realmente secreto será la composición química de cada partida. En los años 80 el panorama sociofarmacológico estaba muy confuso, aparentemente inclinado hacia un halagueño futuro para la cocaína, con retroceso en las demás drogas ilícitas. La experiencia muestra otra cosa, Todas las drogas, aunque más concretamente cáñamo y fármacos próximos a la MDMA o éxtasis, se han convertido en ritos de pasaje para las generaciones jóvenes, e incluso en costumbres válidas para fines de semana. Esto sucede igual en Manhattan o Quebec que en Bangkok, Varsovia, Buenos Aires, Sidney, Tokyo o Madrid. No es un fenómeno aislado sino global, que rompe con lo visto en décadas previas por ignorar absolutamente no ya la ebriedad sagrada, sino «lo sacro» en sí.

Por otra parte, los trances que se producen —al amparo de música ad hoc, con nuevos horarios y locales para nuevas formas de etiqueta— siguen la pauta de fármacos antes desconocidos, que promueven cierta empatía visceral. No siendo propensos ni a viajes profundos ni a una libido genitalizada, su resultado más común vienen a ser asambleas pacíficamente ruidosas. Como al terminar la misa, pero sin limitarse a ese solo instante, los congregados se abrazan; entre abrazo y abrazo hablan con intensidad, o rechinan los dientes. Los efectos secundarios de MDMA y otros primos suyos tardarán en conocerse. A pesar de haber hecho blanco en la esfera social más inquietante —que son los jóvenes de cualquier estrato económico—, su entrada masiva no ha causado más devastación perceptible que cierta babosidad en los modales, excitada por sentimientos de autocomplacencia.

Todo el mundo dice que se quiere mucho, si bien cada nueva ingesta aporta menos sentimiento y más resaca, pues las enseñanzas de este interesante fármaco se asimilan pronto, y la familiaridad con él produce pocos frutos comparables a los del aprendizaje. Pero antes de decidir si dicho proceso es beneficioso o perjudicial, comparándolo con la ingesta de alcohol por ejemplo, pensemos si hay modo de controlar suministros.

La MDMA y sus análogos son fármacos sin soporte vegetal, cuya síntesis puede hacerse igual en selvas birmanas que en un ático parisino. No por otra razón algunos padres, e incluso algún país —la sempiterna Holanda—, prefieren que esos brebajes de fin de semana o plenilunio tengan cierto control de contenido o calidad. La respuesta, nada imprevisible, del legislador nacional e internacional a estos aguados Misterios contemporáneos es elevarlos a problema número uno de drogas, alejando así toda perspectiva de consumos informados. A pesar de todo, lo llamado MDMA en España es hoy tres veces más barato que hace quince años, y en Pukhet o Hong Kong —donde empieza a apasionar— es tan caro como en la España entonces, con un éxito mundial que tiene pocos precedentes, si es que tiene alguno, en historia de las drogas psicoactivas.

El secreto mistérico servía en la tradición grecolatina la finalidad de mantener muy alto el temor reverencial, ayudando de paso a enaltecer los poderes aparentemente sobrehumanos de mistagogos o psicopompos. El privilegio del secreto dejó luego de residir en lo experimentado, aunque continuara alimentando la fe en nuevas castas de clérigos. El núcleo del asunto previo pareció un sacrilegio particularmente abyecto —la botanolatría, que descubre lo divino no ya en algún animal sino en una mera planta—, derramándose amnesia profunda sobre todas estas cuestiones y posibilidades.

El retorno de lo reprimido, que coincide con el proyecto de sustituir temores reverenciales por pasiones contemplativas o voluptuosas, se fijó primero en substancias capaces de inducir grandes viajes, para establecerse por ahora en substancias adaptadas a viajes mucho menos arriesgados, que a lo sumo castigan vísceras como riñones o hígado cuando son objeto de abuso. Lo verdaderamente secreto hoy, insisto, es qué contenga cada remesa de billetes para alguna excursión psíquica. Secularizado, aunque no menos iniciático, ese trance sigue interesando a jóvenes y menos jóvenes. Al parecer, los misterios prosiguen más allá de cualquier reserva, si bien aprovechan cualquier resquicio de clandestinidad o mutismo para florecer gloriosamente.

[1] Historia general de las drogas, Espasa, Madrid, 2000, págs. 157-170, y págs. 203-227.

[2] Escribo esto desde una isla tailandesa —Koh Samui— que celebra fiestas con miles de asistentes foráneos y nativos cada plenilunio, usando como combustible hongos psilocibios, LSD y pastillas de éxtasis o análogos. Desde enero de 2001 hay además fiestas de media luna, de cuarto creciente y de “luna negra” (black moon), para aprovechar todas las semanas del año.

[3] Es la diferencia entre la hostia cristiana (básicamente un artículo de fe) y la hostia del culto huichol o tarahumara (un poderoso fármaco psicoactivo).

[4] Superación en el sentido de la Aufhebung hegeliana, como proceso que eleva y cancela a la vez.


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